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Raúl Pacheco
Sábado 27 de abril de 2013 - 12:00 AM

Los ochenta años del maestro Pacheco

Publicado por: Raul Pacheco

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Me parece verlo con su vestido azul claro de solapas gruesas y en punta, camisa blanca y corbatín. El corbatín no se lo ponía nadie en esa época y menos en el colegio. Pero él iba contra la corriente y debía diferenciarse de los demás dejando a un lado la corbata. De lo contrario iba en contra de los cánones del artista. Se graduaba ese año de bachiller en San Pedro Claver, luego de una temporada de vacaciones en el seminario a donde  llegó con la ilusión  de encontrar una vocación que al fin y a la postre le sería esquiva. Al poco tiempo lo expulsaron del seminario cuando  apareció  una carta de Medellín, de una niña que había conocido en sus vacaciones en Cartagena y que por cierto echaba nones. Eso escandalizó  al padre rector quien lo llamó a su despacho  para reclamarle que si él quería ser esclavo del señor debía empezar por dejar a las mujeres y que por lo visto le interesaban más que Dios. Por lo tanto, afuera.  Y terminó  su bachillerato con los jesuitas a cuyo grado no pude acompañarlo pues a mí me habían rajado  con una nota de 1,1 en religión.

Luego se fue para España y acampó en la escuela de San Fernando por donde había pasado Fernando Botero. En Madrid, además de la pintura y la escultura  se dedicó a la poesía, en la cual le iba muy mal. Me imagino que iría con ese mismo vestido azul claro y su corbatín a los recitales que daban en el café  Varela, donde solían recitar a la media noche los versos más malos que por esa época se daban y que muchas veces terminaban en rechifla al poeta de turno. De España pasó luego a Italia donde abandonaría ya la pintura clásica que había aprendido en la escuela de San Fernando,  para irse metiendo en el mundo florentino  y en los grandes pintores del Renacimiento. Pero allí fue corta su estancia y luego terminó en París, llamado por el amor y por el estilo definitivo en su pintura.  

En la pintura moderna lo importante era encontrar su propio estilo, de lo contrario no valía nada. Y el maestro lo encontró en base a una textura que lograba derramando el acrílico sobre el lienzo, dando una base de raíces para sobre esa base dejar correr las figuras planas, sin profundidad, a manera de grande vitrales. Creó una especie de impresionismo muy personal, sin abandonar del todo la figura humana. Le fueron llegando los premios en París en diferentes concursos y exposiciones y su pintura se cotizó en Europa. (Continúa en raulpachecoblanco.blogspot.com).

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