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Sábado 24 de Marzo de 2012 - 12:01 AM

La inseguridad en Bucaramanga

Columnista: Raul Pacheco

La inseguridad en Bucaramanga se volvió cosa de todos los días. Si usted quiere dar un paseo por el centro, para meterse en el barullo de la 35, pasar luego por la 36 y sectores aledaños, debe primero que todo aligerarse de sus cadenas de oro, de su reloj, de cualquier prenda que sobresalga, porque de lo contrario corre el peligro de que lo dejen sin nada. Por los alrededores de los grandes almacenes, Éxito y Carrefour, merodean toda clase de maleantes a la espera de que alguien caiga. Y claro, cae una señora a la cual intimidan, le dicen que son de la Policía y que están haciendo una inspección para evitar que roben sus carteras y tarjetas de crédito y dándose  sus mañas, que van desde la presión sicológica hasta las drogas, logran que les entreguen las tarjetas y les pidan la clave y vayan hasta el cajero y les saqueen la cuenta. Y ni un policía por allí. Todo dentro de la mayor tranquilidad y de la mayor cortesía.


Y si se va a poner el denuncio, debe ir hasta el comando de la Policía en el centro, no obstante que el robo se haya producido en Cabecera.¿  Allí qué encuentra?. Una estrechísima sala en donde no cabe la gente, atendida por un solo empleado que se defiende repartiendo boleticas con el turno, para darle por lo menos a la clientela ilusión de que en alguna hora lo van a atender, mientras que el paciente de turno tiene que contar sus cuitas a boca de jarro, ante todos los demás que empiezan a saber cómo se llama, qué le ha ocurrido,   cómo fue el cuento y todos los datos que deben ser objeto de reserva y allí se exponen al público. A medida que pasa el tiempo, la gente que espera empieza a cansarse y se va, dándole por una parte aire al empleado, que ve disminuido el turno y que ve también cómo la justicia empieza a esfumarse.  Pero los pacientes que quedan no quitan los ojos del empleado que teclea y teclea, hasta que también se cansan, pierden  la paciencia y se van. Y cuando salen  a la calle, desilusionados porque al estado le importe una higa el haber sido robados  a mansalvaen plena calle concurrida, a la vista de todo el mundo, ven que la delincuencia no descansa y aparece de pronto un raponero y les manda la mano al cuello y se lleva entre los dedos la cadena de oro, de plata o de plomo y tras de él, el pobre transeúnte  que cree ingenuamente que lo va a  alcanzar, para encontrarse con que el ladrón se esfuma por el lugar más insólito posible y se lo traga la tierra y no lo vuelve  a ver  nunca.


Luego  les dicen que eso es mejor ir a la Fiscalía y se van para allá. Y allí encuentran que las empleadas les dicen que es mejor que vuelvan otro día porque están colapsadas. Pero se quedan y por fin las atiende una empleada, quien les oye el cuento y cuando terminan de contarlo, le dicen que qué pena, pero “ya se acabó la hora de atención”, porque solo se atiende hasta las cuatro de la tarde.

Autor:
Raul Pacheco
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