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Domingo 09 de Octubre de 2011 - 12:01 AM

La ética de las palabras

Columnista: Reinaldo Suarez Diaz

A través de un escrito de Asabel López publicado en las Lecturas Dominicales de El Tiempo, acabo de conocer la existencia del filósofo francés Michel Lacroix, que ha centrado su reflexión en la importancia del uso adecuado del lenguaje en las relaciones humanas y la armonía social, inspiración que considero fundamental en nuestro medio donde tantas riñas y disensiones nacen del uso inadecuado de las palabras o de su entonación, que pueden ser generadoras de paz o de violencia, de alegría o de sufrimiento, de bienestar o molestia. Las peleas callejeras comienzan a menudo por las palabras.

Mientras puedo leer su obra fundamental “Palabras tóxicas, palabras bienhechoras. Por una ética del lenguaje” (Ed. Robert Lafont), anticipo a mis lectores algunos de sus  pensamientos, basado en el artículo en me mención.   

  Hemos perdido la ética de la cortesía que enseñaba a no herir los sentimientos del otro, a no ofenderlo, a respetar su autoestima. Nos volvimos chabacanes, lenguaraces, mal hablados y sembradores de cizaña y malestar, no de alegría y cordialidad. Toda discusión, todo debate puede y debe ser amable y respetuoso. La herida causada por una palabra puede ser mayor y más duradera que la de un puñal. En cambio la palabra graciosa o amable puede contribuir a calmar los ánimos o evaporar la agresividad. Expresiones banales como “hola”, “gracias”, “por favor”, son esenciales en la armonía interpersonal, engrasadoras del engranaje social.

Como toda palabra que pronuncio tiene una perenne e irreparable resonancia emocional en el otro y en la atmósfera social, debo asumir la responsabilidad moral de mi lenguaje. Atención al aforismo budista: “soy dueño de mis silencios, pero esclavo de mis palabras”. No es conveniente decir siempre lo que se piensa. Aunque no se puede sacrificar la verdad, con frecuencia toca no pronunciarla o matizarla con palabras amables. Es mejor exagerar en la alabanza y galantería que en la grosería y el vituperio. “Pienso que es éticamente válida toda palabra que es útil al otro o a las relaciones interpersonales.”

La amabilidad no significa flojera, alcahuetería, condescendencia. La misión de la palabra es también liberar y sanar. Ser benevolente no es asentir en todo ni agachar la cabeza. También es exigencia ética en ciertas ocasiones asumir un tono fuerte pero siempre respetuoso.  Pero la amonestación no debe ir unida a juicios de valor sobre las personas o a cantaletas. (Continuará).

Autor:
Reinaldo Suarez Diaz
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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