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Domingo 13 de Noviembre de 2011 - 12:01 AM

El culto a los muertos

Columnista: Reinaldo Suarez Diaz

La muerte de cualquier ser vivo no debe pasar desapercibida. Respeto para todos los muertos, honor para quienes se lo merecen, afecto por lo seres queridos y dolor por su partida.

Es normal que nos duela la partida de los seres a quienes hemos amado, que manifestemos nuestro dolor y que “celebremos” solemnemente el destino de sus despojos.

Son variadas la forma de hacerlo según las culturas: unas los entierran, otros los creman en privado o en público, pero hasta aquellas que los abandonan en las montañas para que sean presa de las aves de rapiña, rodean el acto de dignidad y solemnidad. El destino de los restos mortales es diverso; algunos les levantan suntuosos mausoleos, otros se contentan con una sencilla lápida; unos esparcen sus cenizas en los ríos, los mares, el aire, los jardines o los campos, otros los conservan en sus casas como un consolador recuerdo.

No importa aquello que se haga alrededor del cadáver, lo importante es su “significado”, su dignidad, su sencilla solemnidad. Unos se lamentan, otros se recogen en silencio, unos derraman abundantes lágrimas, otro conservan la serenidad. Lo importante es como lo enseña Séneca “no hacer ostentación o alarde de la pena que sentimos”. Se trata de honrar a los muertos, no de hacernos ver, de disfrutar de nuestra importancia, de honrarnos a nosotros mismos.

Por ese motivo tal “celebración” debe estar rodeada de recato y de austeridad. No sin razón tantos grandes hombres desearon una ceremonia y una sepultura dignas pero sencillas.

Donde mayor se ve la ostentación es en las funerarias. Allí debe irse a solidarizarse con el dolor de los vivos, no a hacer vida social. ¿Para qué tantas coronas y alardes inútiles? Muchos que no se dejaban ver en vida corren a ellas a hacerse ver. Sería más significativo contentarse con participar austeramente en la ceremonia de despedida. Tengamos conciencia que los muertos no se favorecen ni siquiera con nuestras plegarias; por lo tanto ellas deben ser de agradecimiento a sus vidas y de honra a sus ejemplos.

Conmemorar el deceso de los seres queridos no debe hacerse para prolongar o renovar el dolor de su partida, sino para afianzar su recuerdo, no olvidar sus ejemplos ni dejar marchitar nuestra gratitud. Particularmente para las familias son efemérides claves para estrechar vínculos y manifestar solidaridad. Ellas no deben estar rodeadas de tristeza sino de serena alegría. Celebremos al muerto haciendo aquello que ellos hubieran deseado hacer.

Y recordemos que “basta que una cosa haya de suceder algún día para que ese día puede ser hoy”. Nuestra vida es frágil y pasajera como lo es la de aquellos que nos rodean.

Autor:
Reinaldo Suarez Diaz
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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