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Domingo 11 de Marzo de 2012 - 12:01 AM

Por las tierras croatas (VI)

Columnista: Reinaldo Suarez Diaz

En el interior centroriental de Croacia junto a las montañas que limitan con Bosnia y Servia se encuentra el Parque Nacional de Plitvice, una maravilla natural de singular encanto, exquisitamente cuidada y dotada con fines de turismo ecológico, visitada por millares de viajeros. De las montañas vecinas y a través de numerosas cascadas se precipitan suavemente cristalinas aguas en 13 lagos escalonados, con una altura total de 132 metros a través de innumerables y variopintas cascadas y montañas calcáreas.


Durante mis periplos por el mundo he tenido ocasión de visitar numerosas bellezas en diferentes lugares. He experimentado el rugiente majestuoso descender de las aguas de Lago Erie que se trasforman de cristalino y sereno espejo en avasallador torbellino al precipitarse verticalmente por un rocoso y profundo acantilado para transformase en el río Niágara, lo mismo que la más suave y serena precipitación de la coloridas aguas del Iguazú dentro de un escenario de verdor incomparable. Me he introducido por las gargantas de los mares de Alaska rodeada de montañas blanquecinamente coronadas por hielos y nieves perpetuas y he contemplado de cerca esos majestuosos glaciares que apabullan no solamente por su espeluznante magnitud sino por sus paralizantes temperaturas.


Pero en ninguna parte he experimentado la amable grandeza, bondad y belleza de la Naturaleza como en Plitvice. Allí nos sentimos consentidos y acariciados por una majestuosa, poderosa y bondadosa Madre. Experimentamos al mismo tiempo nuestra pequeñez ante semejante belleza y nuestra grandeza al ser capaces de contemplarla y descansar confiados en sus brazos. Todo allí está hecho para complacer a nuestros sentidos: los variopintos colores de los arbustos, de las flores, de las rocas calcáreas, de las cristalinas aguas que por allí se precipitan en tranquilos lagos de diversas magnitudes y tonos verdosos, enmarcado todo el paisaje por las cascadas, las blancas montañas calcáreas y el verdor de los bosques de abetos; escuchar las melodías de esos silencios majestuosos sólo interrumpidos por el correr y la precipitarse de las aguas, el volar de los insectos, el canto de los pájaros y el lenguaje de los animales que allí habitan; sentir la suavidad en las aguas de sus fuentes y cascadas, saborear su frescura, las caricias del rocío de la suave brisa y del furtivo sol, y descansar sobre los prados y bajo los árboles.


Nuestro país posee maravillas semejantes pero no hemos hecho suficientes esfuerzos por dotarlas de vías de comunicación y de servicios apropiados para promover mejor el turismo ecológico hoy tan en boga.


Retornando a la costa Adriática y en dirección suroeste se encuentra la histórica provincia de Dalmacia por la cual haremos un breve recorrido comenzando por Zara su antigua capital a cuya azarosa historia me he referido en otro lugar.

Autor:
Reinaldo Suarez Diaz
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