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Lunes 31 de Julio de 2017 - 12:01 AM

Las secuelas inadvertidas de la mentira

Columnista: Ricardo Trotti

Nadie está exento de engañar o ser engañado. Convivimos en esa dualidad, entre verdades y mentiras, entre el bien y el mal, herencia que nos viene desde el Génesis con Adán y Eva, Caín y Abel.

La corrupción es el correlato más directo de las mentiras, y la cárcel y la deshonra pueden ser sus correctivos más efectivos. Sin embargo, no siempre por falsear, exagerar, embaucar, estafar o calumniar se sufre la consecuencia, incluso cuando la tiene, de pasar inadvertida la secuela más dañina de la mentira: la traición de la confianza pública.

Lo demuestra esta nueva época de la posverdad, en que las emociones y los “hechos alternativos” pesan más que la objetividad y la verdad lisa y llana.

Las sanciones que el gobierno de EE.UU. aplicó contra 13 funcionarios venezolanos por lavado de dinero y colusión con el narcotráfico, son correctas y necesarias, con el objeto de presionar a Maduro a abandonar su reforma constitucional. Sin embargo, uno se pregunta porqué recién ahora se aplican estas sanciones congelándoles activos inmobiliarios y cuentas bancarias en Miami, cuando estos ilícitos son tan añejos como la revolución bolivariana. Si el gobierno y los bancos estadounidenses ya sabían de estos ilícitos y nada habían hecho, ¿no serían responsables y cómplices de haber jugado políticamente con estos delitos?

Las mentiras también pueden ser destructivas, como las de George Bush que invadió Irak por armas de destrucción masiva que nunca encontró; pueden ser calumniosas como las del ex presidente Álvaro Uribe que desautorizó las críticas de un periodista calificándolo de violador de niños; y pueden ser tolerables, como la del cantante Carlos Vives que fingió que le arrebataron un largo beso que casi le cuesta el divorcio, para que días después de la alharaca mediática anunciar su sencillo “Robarte un beso”.

Miremos donde miremos, las mentiras abundan, en distintos tipos, niveles y cantidades. Nos estresan y consumen. Pero sin correctivos adecuados nos destruyen la confianza.

Autor:
Ricardo Trotti
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