Martes 21 de Octubre de 2014
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Samuel Chalela
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El “caso base” del currículo educativo pretende promover el razonamiento abstracto, científico y humanista, pero hay además mucho de democracia, cuidado ambiental, identidad cultural y respeto a la diversidad, responsabilidad social y desarrollo sostenible, etc., que está latente en la intención de los colegios y en los documentos del magisterio, pero que no está llegando eficazmente a la real

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La lógica endiablada de los gobiernos locales no resiste un examen de “sentido común”, una verificación de primacía del bien colectivo.

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Cada cual lidiando con el orangután que lleva adentro; la hiena que puede salir a flote. Todos expuestos a la difícil cotidianidad, desde el hostil tráfico hasta las intrigas del mundo actual, los laberintos burocráticos y los retos de supervivencia que enfrenta el individuo urbano. Cualquier relato así se entrelaza fácilmente con violencia.

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Todo lo que el establecimiento no acepta –sea o no inaceptable- porque se aparta del modelo o simplemente disgusta, empieza por ser ignorado. ¿Pobres?, ¿prostitutas?, ¿infectados con VIH?, ¿mujeres que abortan?, ¿desplazados? ¿dónde?, quiénes? Sigue la relegación: que no se vean, que se agrupen y se escondan, así no incomodan.

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Parrandón hubo, aunque las guacharacas no podían ni nombrarse. Pero cuando una caja y un acordeón hacen sonar las notas de “… acordate Moralito de aquel día que estuviste en Urumita y no quisiste hacer parranda…”, ya no queda más qué hacer. Con guacharacas o sin ellas, todos identifican la melodía porque hace décadas suena, es conocida por todos, aunque muchos querían acallarla esta semana.

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La habladuría popular dice que los santandereanos somos temperamentales, bravos y batalladores; se hace chanza con que cortamos la luz con machete y recogemos el agua en canastos, y casi en serio se dice que las mujeres planchan la ropa con la mano. El cuento se va agrandando y ya va en que somos malhablados, pendencieros, guaches y medio matones.

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A muchos nos irritan las prohibiciones y más las que limitan el derecho de cada quien a hacer de su vida lo que le plazca. Tratar de uniformar a la gente en sus convicciones, sus costumbres, sus gustos o su forma de despilfarrar la existencia, es una puerta abierta al totalitarismo que socava la libertad y, por consiguiente, atenta contra la dignidad.

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… no hay sino un paso. Por revuelto que esté el río y por profundas que sean las aguas negras en que nadamos (polarización por negociaciones de paz, degradación política con hackers, calumnias y boicots), lo que más importa es que cada quien pueda decir y diga lo que quiera al respecto. La libertad de expresión le da peso moral a la democracia.

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Lo que viene es desmantelar el reduccionismo ramplón y dejar de caer en el lugar común de que unos están en el lado de los buenos y otros en el de los malos; asumir que la violencia trajo dolor a muchos, y a todos nos deformó el ADN. Ver un poco más allá de las peleas de políticos, salir de la comodidad del sofá.

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Será por santandereanos y porque algo de cierto tiene eso de que aquí somos más parecidos a los andaluces que a los catalanes.

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