Miércoles 17 de Septiembre de 2014
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Samuel Chalela
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La habladuría popular dice que los santandereanos somos temperamentales, bravos y batalladores; se hace chanza con que cortamos la luz con machete y recogemos el agua en canastos, y casi en serio se dice que las mujeres planchan la ropa con la mano. El cuento se va agrandando y ya va en que somos malhablados, pendencieros, guaches y medio matones.

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A muchos nos irritan las prohibiciones y más las que limitan el derecho de cada quien a hacer de su vida lo que le plazca. Tratar de uniformar a la gente en sus convicciones, sus costumbres, sus gustos o su forma de despilfarrar la existencia, es una puerta abierta al totalitarismo que socava la libertad y, por consiguiente, atenta contra la dignidad.

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… no hay sino un paso. Por revuelto que esté el río y por profundas que sean las aguas negras en que nadamos (polarización por negociaciones de paz, degradación política con hackers, calumnias y boicots), lo que más importa es que cada quien pueda decir y diga lo que quiera al respecto. La libertad de expresión le da peso moral a la democracia.

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Lo que viene es desmantelar el reduccionismo ramplón y dejar de caer en el lugar común de que unos están en el lado de los buenos y otros en el de los malos; asumir que la violencia trajo dolor a muchos, y a todos nos deformó el ADN. Ver un poco más allá de las peleas de políticos, salir de la comodidad del sofá.

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Será por santandereanos y porque algo de cierto tiene eso de que aquí somos más parecidos a los andaluces que a los catalanes.

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La pertenencia al sistema democrático que cada ciudadano declara y vive cotidianamente conlleva, más allá del voto, la convicción de estar precedido por una organización política básica que descarta la barbarie, el “sálvese quien pueda”, y lo peor: el como pueda.

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Dos fueron las variables de la fórmula santista para la paz: el diálogo en La Habana donde “nada está acordado hasta que todo esté acordado” y, por otro lado, la continuidad de la estrategia militar, sin claudicación en el uso de la fuerza, ni despeje, ni cese al fuego.

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Solo tres ejemplos de provincianismo, falta de identidad y nacionalismo soso: Shakira, Starbucks y la Selección de Pékerman. Todo lo queremos pintar de bandera tricolor; desorientados sobre lo que somos, queremos que la palabra “colombiano”, que por sí sola es vacía y superflua, sea la que valore la identidad colectiva, sin tener un relato tras esa denominación que respalde el orgullo.

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Si alguien quisiera simplificar la diferencia más notable que cae sobre una actividad cuando es declarada como servicio público, podría resumirla diciendo que es la obligatoriedad de su prestación. Si es servicio público, toca prestarlo sin importar a quién, cómo o por qué.

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La identidad construida en negativo, por lo que “no somos”, es un fenómeno latinoamericano.

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