Viernes 31 de Octubre de 2014
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Samuel Chalela
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Aterrizados en la triste realidad de que aquí las normas que protegen la intimidad y la seguridad nacional no despiertan ni el 10% del interés ni las rasgaduras de atavíos que levantan las de restricción al consumo personal de la marihuana, se concluye entonces que hay, al menos, que profesionalizar la técnica del espionaje.

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Hasta los mudos hablan de la ineficiencia estatal. El Estado contratando se raja siempre: no hace las cosas bien ni a tiempo y termina pagando más. Y no es un mito, hay mucho por mejorar en la planeación de la contratación y para erradicar la corrupción, pero en este asunto también hay mucha más tela por cortar.

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El “caso base” del currículo educativo pretende promover el razonamiento abstracto, científico y humanista, pero hay además mucho de democracia, cuidado ambiental, identidad cultural y respeto a la diversidad, responsabilidad social y desarrollo sostenible, etc., que está latente en la intención de los colegios y en los documentos del magisterio, pero que no está llegando eficazmente a la real

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La lógica endiablada de los gobiernos locales no resiste un examen de “sentido común”, una verificación de primacía del bien colectivo.

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Cada cual lidiando con el orangután que lleva adentro; la hiena que puede salir a flote. Todos expuestos a la difícil cotidianidad, desde el hostil tráfico hasta las intrigas del mundo actual, los laberintos burocráticos y los retos de supervivencia que enfrenta el individuo urbano. Cualquier relato así se entrelaza fácilmente con violencia.

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Todo lo que el establecimiento no acepta –sea o no inaceptable- porque se aparta del modelo o simplemente disgusta, empieza por ser ignorado. ¿Pobres?, ¿prostitutas?, ¿infectados con VIH?, ¿mujeres que abortan?, ¿desplazados? ¿dónde?, quiénes? Sigue la relegación: que no se vean, que se agrupen y se escondan, así no incomodan.

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Parrandón hubo, aunque las guacharacas no podían ni nombrarse. Pero cuando una caja y un acordeón hacen sonar las notas de “… acordate Moralito de aquel día que estuviste en Urumita y no quisiste hacer parranda…”, ya no queda más qué hacer. Con guacharacas o sin ellas, todos identifican la melodía porque hace décadas suena, es conocida por todos, aunque muchos querían acallarla esta semana.

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La habladuría popular dice que los santandereanos somos temperamentales, bravos y batalladores; se hace chanza con que cortamos la luz con machete y recogemos el agua en canastos, y casi en serio se dice que las mujeres planchan la ropa con la mano. El cuento se va agrandando y ya va en que somos malhablados, pendencieros, guaches y medio matones.

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A muchos nos irritan las prohibiciones y más las que limitan el derecho de cada quien a hacer de su vida lo que le plazca. Tratar de uniformar a la gente en sus convicciones, sus costumbres, sus gustos o su forma de despilfarrar la existencia, es una puerta abierta al totalitarismo que socava la libertad y, por consiguiente, atenta contra la dignidad.

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… no hay sino un paso. Por revuelto que esté el río y por profundas que sean las aguas negras en que nadamos (polarización por negociaciones de paz, degradación política con hackers, calumnias y boicots), lo que más importa es que cada quien pueda decir y diga lo que quiera al respecto. La libertad de expresión le da peso moral a la democracia.

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