Viernes 22 de Agosto de 2014
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Samuel Chalela
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Lo que viene es desmantelar el reduccionismo ramplón y dejar de caer en el lugar común de que unos están en el lado de los buenos y otros en el de los malos; asumir que la violencia trajo dolor a muchos, y a todos nos deformó el ADN. Ver un poco más allá de las peleas de políticos, salir de la comodidad del sofá.

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Será por santandereanos y porque algo de cierto tiene eso de que aquí somos más parecidos a los andaluces que a los catalanes.

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La pertenencia al sistema democrático que cada ciudadano declara y vive cotidianamente conlleva, más allá del voto, la convicción de estar precedido por una organización política básica que descarta la barbarie, el “sálvese quien pueda”, y lo peor: el como pueda.

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Dos fueron las variables de la fórmula santista para la paz: el diálogo en La Habana donde “nada está acordado hasta que todo esté acordado” y, por otro lado, la continuidad de la estrategia militar, sin claudicación en el uso de la fuerza, ni despeje, ni cese al fuego.

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Solo tres ejemplos de provincianismo, falta de identidad y nacionalismo soso: Shakira, Starbucks y la Selección de Pékerman. Todo lo queremos pintar de bandera tricolor; desorientados sobre lo que somos, queremos que la palabra “colombiano”, que por sí sola es vacía y superflua, sea la que valore la identidad colectiva, sin tener un relato tras esa denominación que respalde el orgullo.

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Si alguien quisiera simplificar la diferencia más notable que cae sobre una actividad cuando es declarada como servicio público, podría resumirla diciendo que es la obligatoriedad de su prestación. Si es servicio público, toca prestarlo sin importar a quién, cómo o por qué.

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La identidad construida en negativo, por lo que “no somos”, es un fenómeno latinoamericano.

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Esta semana todo es fútbol, todo es la fiebre amarilla, la batahola desatada por la pelota de pecas octogonales; el circo contemporáneo.

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Ni alcalde de Bucaramanga o Bogotá, ni infanta de Borbón. El manejo de la “cosa pública” conlleva más responsabilidad y delicadeza. No haré un recuento de los incisos que alertan a los funcionarios y dignidades públicas en materia de contratación. Es sencillo: la mujer del César no solamente debe ser honesta sino también parecerlo.

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“Educar es acompañar a alguien en el camino del desaprender”, me dijo un maestro tratando de explicar cómo la formación tradicional se instaló en el cómodo lugar del señalamiento de hitos del conocimiento, para que los individuos los apilen en su cabeza sin dejar espacio a la desobediencia.

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