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Viernes 15 de Febrero de 2013 - 12:01 AM

Paparrucha

Sí, un cuento, una engañifa. Y con calumnia mediante. Después de desplegar intrigas, ambiciones, predilecciones, favorecimientos, y quién sabe qué más cosas, se encierran, señalan a uno  -y vaya usted a ver cómo se equivocan- y después le echan la culpa al Espíritu Santo. Dejen quieto al inefable, no abusen de la presencia omnisciente y, entre otras cosas: si el proceso es una votación, entonces ¿a los que votaron en minoría no los inspiró la sagrada paloma? Habrá que mirarlos después por encima del hombro, por no ser merecedores del telegrama divino. Si nos sinceráramos para entender que ese montaje es enteramente terrenal, una necesidad organizacional de un cuerpo colectivo mundano como cualquier otro (económico, profesional,
co-habitacional, artístico o espiritual), nos quitaríamos tanta confusión y seguramente, libres de culpas y temores a la hechicería maliciosamente atribuida a la dimensión espiritual –que nada tiene que ver con hechizos- haríamos del asunto administrativo eclesiástico un trámite sincero, que deje el liderazgo espiritual ajeno a los demás intereses. Un Papa bueno –como lo fue Juan XXIII- puede hacerle tanto bien al rebaño, que ni siquiera cuatro malos pueden borrarlo. Él (Juan XXIII), que removió el mundo con el Concilio Vaticano II y su deseo de avivar a su rebaño para llevarlo a la “reforma permanente”, haría hoy tanto bien, después de ese periodo reciente –ya largo- de insensibilidad, parálisis y oscurantismo de la Iglesia.       

Ya en el mundo actual sobra tanto anillo, incienso, dorados, púrpuras y toda esa parafernalia absurda que combinaba mejor con los cristianos primitivos y su humana intención de lavar con lujos y extravagancias las persecuciones y martirios de los comienzos de la fe del nazareno. Visibilidad como estrategia de cambio en la mente colectiva; válida en su momento para cualquier minoría.

El peso de la vida actual está, sin duda, más aligerado por la ciencia que por las ráfagas de doctrina papal. La proclividad humana a la espiritualidad, está ahuyentándose del “evangelio del amor” cuyo pregón corresponde al inquilino de Roma. Un mensaje simple, introspectivo, se convirtió en un entramado que señala, juzga, se aísla y promueve más el odio y la exclusión. La sustitución de Benedicto podría ser una oportunidad para la reforma y el advenimiento de una era de renovación.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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