Publicado por: Samuel Chalela
Es esa característica que se refiere al serpenteo, a la ondulación; como en el desplazamiento zigzagueante de las culebras, por oposición a la trayectoria lineal o directa de los bípedos. Aquí me refiero a ese tinte ambiguo tan propio de nuestra cultura, reflejado en el discurso, en el mensaje tanto en lo profesional como en lo político, pero por supuesto también en lo cotidiano. Esa labia resbaladiza en la que subyacen, claro, la falta de identidad, la evasión al compromiso y muchas veces la ignorancia. Es el recurso más fácil de una cultura que reniega de lo firme y sobre todo, de lo sustentado.
El que posa de directo cae generalmente en la chabacanería sin contenido, el insulto personal, como en las recientes peleas de los expresidentes Uribe y Pastrana, lo cual es la más vulgar y burda forma de evitar el mensaje directo. El que no tiene argumentos hace dos cosas: repite frases de cajón y compelido a profundizar, insulta. Esto último lo hace popular en las anti-culturas amarillistas.
En la media están los que “doran la píldora” y no resuelven nada (“sí, sí, lo he estado discutiendo con mi gente, al final de la semana hablamos otra vez”); y más allá, los más elaborados, los que tejen un discurso tan alambicado que pareciera difícil de entender, pero en realidad no hay nada que entender, porque es nada lo que contiene. La grosería no implica claridad y la formalidad no tiene que conllevar complejidad.
Es la cultura continental, rezago del colonialismo en el que poner límites, negar o fijar posiciones era un privilegio de clase. Claro, la riqueza del idioma castellano es propicia para la ambigüedad. La simplicidad del inglés, su estructura rígida, aderezada con la practicidad de los pueblos sajones, determina la firmeza del mensaje. Un “sí” nuestro, seguido de un silencio de horas o días, es generalmente un “no” (éste dura milésimas de segundo en pronunciarse), que lo digan los que acuden a buscar un trabajo o a solicitar un derecho. Pero es que un “no” acá abre la puerta a ese regateo (manoseo) que la gente civilizada entiende como falta de respeto. Si hay un choque cultural fuerte de los inmigrantes latinos en países civilizados, es la adaptación a ese presupuesto incuestionable de que lo dicho, es la última palabra.









