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Samuel Chalela
Viernes 31 de mayo de 2013 - 12:01 AM

Borrachos hipócritas

Publicado por: Samuel Chalela

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Pedir medidas contra el consumo de alcohol: que sea más caro, que los productores e importadores inviertan en publicidades persuasivas y disuasivas, que se arrecien los controles en el expendio a menores de edad. Todo eso que pretende proteger a la juventud ¿también será catalogado como autoritario, intervencionista y contrario a la libertad? No, incluso en Inglaterra es asunto de intensísima actualidad. Pero ¿por qué es que tratándose de la letal amenaza del alcohol, los padres y el entorno familiar no asumen ninguna responsabilidad?

Los padres beben frente a sus hijos, presumen de sus hazañas bajo los efectos del alcohol, se hacen los de la vista gorda –o incluso promueven- la borrachera etílica de menores de edad que se juntan en sus casas. Lo del “modelo de conducta” paterno es para aprender a rezar o a seguir incondicionalmente al equipo de fútbol, o para que el niño se acostumbre a que el hombre es el que manda.

El bar está en la sala de la casa, usualmente arreglado en un mueble llamativo y orgulloso, mientras las armas están escondidas en el armario más recóndito –no deberían ni existir-, las películas porno se contrabandean y ocultan, y de las drogas ni se habla, por esa pueril y colombianísima convicción de que lo que no se nombra no existe. Después de todo, cuando un adolescente ebrio viola a una compañera del colegio, una gavilla juvenil de borrachos mata a un hincha del equipo de futbol contrario o el vecino revienta a puños a su mujer los viernes, tenemos la salida fácil de hablar de “delincuentes”, es decir, de referirnos al comportamiento transgresor de los códigos de conducta, pero nunca al “borracho”, ni al veneno etílico que degrada la consciencia.

Es ridículo seguir fingiendo que nos preocupa. Los jóvenes están bebiendo licor desde edades cada vez más tempranas. Lo aprenden con los adultos. Todos lo toleran. Los bares les venden, es más, hay sitios a donde acuden sin que la autoridad haga nada al respecto. Todos saben que para entrar a los sitios reconocidos –y supuestamente seguros- a los menores les venden identificaciones falsas (un buen comienzo para iniciar el prontuario criminal). La Policía se regodea viendo caer entre tumbos a niños y niñas. Es la hipocresía social o nuestra incapacidad para reconocer nuestra autoría como adultos.

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