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Viernes 28 de Julio de 2017 - 12:01 AM

Rodearse de belleza

Columnista: Samuel Chalela

Cuando oímos que alguien no conoce el mar, sentimos la necesidad de empujarle, de propiciar que lo haga, que tome el riesgo, se endeude, que no pase más tiempo. Es como si pensáramos que no ha vivido a plenitud, que no puede irse de esta existencia terrenal sin ver el azul infinito, o sin enamorarse, o sin haberse emborrachado con los amigos, etc. Pasa eso con aquellas cosas que, aunque podemos subsistir sin ellas, nos parece que son las que dan real contenido a la vida. De ellas vamos llenando el saco: después del mar será la llanura y la ecología; después del amor vendrá el arte, la literatura; después de los amigos, la solidaridad con los caídos.

La proliferación actual de talentos artísticos tiene que ver con la necesidad de llenar la vida de significado y valor cotidiano; es igual hoy que en la prehistórica cueva de Altamira: sigue presente. La diferencia está en la libertad de expresión y en la educación que ahora permite a más desarrollar sus talentos. La ciencia y la tecnología han alcanzado grandes avances en mejorar los niveles de supervivencia: entre el simple alimento y la bebida del hombre de la caverna y la biotecnología y las telecomunicaciones del individuo de hoy, hay una inmensidad de conocimiento acumulado. Sin embargo, la pasión por la belleza, desde las artes menores hasta las cultas, ha sido compañía necesaria de los afanes trascendentes de la humanidad.

El talento para crear belleza, para dar contenido dignificante y trascendente a cada detalle de la vida, no es común. Puede cultivarse, pero los que lo tienen naturalmente dejan en la cotidianidad su impronta en cada acto, por simple que sea: una cartica o una compleja novela, un dibujo en servilleta o un creativo plano arquitectónico. Cultivar y promover el talento artístico, la propensión al buen gusto en los modos, las palabras, los ambientes o la música, es un deber de la educación moderna. Es un derecho humano privilegiar esa dimensión; vinimos al mundo a mejorarlo y no solo a consumir y destruir. Ojalá cada escuela haga de sus artistas un patrimonio valioso y digno de auspicio.

***

Dedico estas líneas a Ana Rosa Ortiz de Botero, fallecida esta semana, pionera empírica en el siglo XX del diseño interior bumangués y poseedora de una sensibilidad estética irrepetible.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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