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Viernes 01 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

De Francisco, Píos e impíos

Columnista: Samuel Chalela

Es raro que la mayoría de los católicos no quieran conocer la historia reciente de la Iglesia; lo oscuro lo niegan y lo lúcido y edificante simplemente lo ignoran, para quedarse en un limbo de novenas y oraciones mágicas, velitas y ritos.

Aunque respetable –cada quien vive a su manera su espiritualidad- esa actitud es reduccionista e injusta con una fe de raigambres profundas, que en la era de las comunicaciones podría revolcar positivamente al mundo. Es raro y no lo es, porque la religiosidad contemporánea está anclada, se devolvió a lo medieval. Así viene el cuento en el cristianismo:

Es 1870, hace 150 años, poco, en la larga historia del cristianismo). Es el año del Concilio Vaticano I en el que se declaró la infalibilidad del Papa por Pío IX; una idea útil para monopolizar la fe en cabeza de un hombre y por tanto reaccionaria y difícilmente sostenible. Ya en 1300 la ideíta había sido considerada herética (una obra del demonio) por el propio Papa de entonces.

Vino Juan XXIII, el Papa bueno (1958) se abrió a la feligresía para ser hermano y cercano. Se mostro feo y regordete, bonachón y sencillo y convocó al Concilio Vaticano II, con la idea de dejar una iglesia contemporánea, ecuménica, promotora de una fe renovada, acorde con los tiempos. No contaba con que la curia anquilosada y retardataria pondría plomos en los zapatos de la renovación. ¿Cuántos cristianos han leído el hermosísimo “Pacem in terris” de Juan XXIII? (San Juan XXIII, para más señas).

Llegó el mediático Juan Pablo II, amado por las bases cristianas, pero un retroceso funesto para la modernización de la Iglesia. Sus posiciones ultraconservadoras sobre el uso del preservativo en plena epidemia del SIDA, su rechazo a la participación de la mujer y muchos otros desaciertos, así como su decidido impulso al Opus Dei en la curia en detrimento de los progresistas jesuitas, volvieron letra muerta las novedades del Vaticano II e impulsaron una restauración de la “Tradición” (bandera de “la Obra”). Veintisiete años de regreso al medioevo.

Ahora Francisco encarna una nueva esperanza; voluntad y letra para refrescar la Iglesia, para acercarla a la feligresía con verdades simples del evangelio, sin tanta doctrina canónica, un líder espiritual, ecuménico, humilde, si es que logra esquivar a la curia heredada que todavía sobrevive.

Autor:
Samuel Chalela
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