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Mar Sep 26 2017
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Viernes 08 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

Un tal Francisco

Columnista: Samuel Chalela

No escribo estas líneas como católico, esquivo muchas veces, escéptico frente a la jerarquía eclesiástica. Prefiero hacerlo como ciudadano, un número más en la sociedad laica, curioso observador histórico. Cualquiera se detendría a ver de qué se trata tanto alboroto.

Para los que ya somos adultos, en la nebulosa están expresiones no siempre descifradas de los cristianos –lejanos o cercanos-: amor, la gracia como Buena Nueva, solidaridad etc. Muchas veces fórmulas vacías, abstractas. Difícil llenar vacíos espirituales solo con palabrejas repetidas cuya acción implícita no siempre es visible. Es más fácil repetir “om”, pararse de cabeza, hacerse vegetariano y dejar toda la otra carreta en un fácil “yo no le hago mal a nadie”. Pero ¿me estaba perdiendo de algo simplemente por no profundizar? Averigüé y ahora un tal Francisco explicó.

El amor propuesto por Jesús fue radical en su entorno histórico: ni a la ley como los fariseos, ni a la contemplación como los ascetas, ni a lo que los otros grupos sociales de su tiempo señalaban. Al prójimo, proponía y, ¿cómo?: como a sí mismo, para más señas. Con perdón (no siete sino setenta veces siete), servicio (como origen de grandeza, como en el lavatorio de pies, sin jerarquías) y renuncia (renuncia a las certezas –pide Francisco-, renunciar también a la capa frente al que pide la túnica, dar la otra mejilla –que es una figura de la negación de la réplica violenta-). La gracia, como Buena Nueva: frente a un Dios judaico capaz de perdonar por merecimiento (al que se ha arrepentido), la revolución de Jesús es presentar la novedad de un Dios que ama también a los pecadores: “Cada cual está ya incluso aceptado antes de que se convierta” explica Küng e insiste Francisco con su “Dios no hace distinciones”. Y finalmente, la solidaridad con la que el Papa renueva la propuesta del Evangelio -que es también política-: no hay relación causa efecto entre pecado y enfermedad o marginación; Jesús está del lado de la mujer (por eso rechazó el divorcio que permitía al hombre desamparar a la que era entonces jurídicamente disminuida), y de los pobres: sin aspavientos de colectivización de la propiedad, se trata de un compromiso por la inclusión de los marginados, de un desplazamiento de la riqueza como ídolo supremo. Francisco la tiene clara, y clara la predica.

Autor:
Samuel Chalela
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