Publicidad
Mié Nov 22 2017
25ºC
Actualizado 03:16 pm
Viernes 15 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

El capo que llevamos dentro

Columnista: Samuel Chalela

Hace poco cuando un delincuente nos arrinconó y masacró policías, civiles, políticos y gente de su propia ralea, había una población asustada, presidentes empequeñecidos intentando mostrar dignidad ante fuerzas externas que intervinieron para echarnos un empujón, jueces martirizados, politicos decentes asesinados y el resto alineados oscuramente con el caos que más les alcahuetease -como casi siempre-.

Al fin cayó el capo en un tejado y cuando la euforia pasó, vimos que el tejado también había caído encima del país, dejando derramada toda la corrupción, la plata ilícita y la cultura del atajo y el beneficio propio bien impregnado en la sociedad.

Con Escobar murió solamente el miedo, la convicción de que el control le pertenecía a un solo monstruo; nació en cambio la posibilidad de ser todos capos, o sea se democratizó la ilegalidad, el lado oscuro, apareciendo como una vía al porvenir: “si se sabe hacer”, si “no se da tanto visaje”. Sinceremonos: desde entonces nos acostumbramos a ver nuevos ricos que no traían a cuestas ningún mérito de trabajo pertinaz de ese que en años termina siendo reconocido por el vecindario, a pesar de la humana envidia. Los presidentes ya no fueron objeto de burlas por torpes, seniles o afeminados, sino señalados por vendidos a los narcos, corruptos o hasta por promotores de industrias asesinas institucionales (hay un abismo entre una cosa y otra). Todo se fue degradando: el muerto del techo resucitó convertido en héroe en nuestro relato cultural de telenovelas baratas y crónicas urbanas, antes de que la sociedad al menos se inventara un antagonista: un Rambo Gaviria en un salon de justicia DEA al que achacarle el rescate de valores y la restauración (es lo que suele hacer la historia para rectificar el rumbo). Como anestesiados tocamos fondo: Congreso con individuos salpicados de atroces delitos y ahora la justicia convertida en una cueva de hampones mercachifles.

Acá ya no estamos para remilgos ni delicadezas; ¿cómo así que no renuncian? ¿Que se quedan hasta que se demuestre su culpabilidad? Llegados aquí la simple sospecha aunque no condena da derecho a la sociedad a exigir resultados inmediatos: separación de los cargos o las curules a los señalados de corruptos. ¿O es que en el fondo todos preferimos el eterno manoseo, el “aquí no pasa nada” de este despelote criminal y mafioso?

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
Contactar al periodista
Sin votos aún
Otras columnas
Publicidad
Comentarios
Agregar comentario
Comente con Facebook
Agregar comentario
Comente con Vanguardia
Comente con Facebook
Agregar comentario
Vanguardia Liberal no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia Liberal se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad