Publicidad
Mar Dic 12 2017
20ºC
Actualizado 10:22 pm
Viernes 22 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

Mal camino

Columnista: Samuel Chalela

Más de 20 candidatos presidenciales renegando casi todos de los partidos y buscando firmas merecen un comentario. No es una explosión de virtud democrática, no nos engañemos. Partidos palidecidos y casi exangües, caudillos en cambio energúmenos y sociedad polarizada que reduce cada vez más su capacidad de aceptar la diferencia, son la antesala de la anarquía y de la ley del más fuerte (o el más déspota). Reducir los partidos a aparatos eficientes para mover la maquinaria electoral y solo especializados en ganar elecciones –con mermelada, tamal y plata- asimiló el manejo de organizaciones políticas al de entes empresariales transitorios. Y aunque también la empresa debe tener “alma” y alimentarse del entramado social en el que se mueve, puede subsistir transitoriamente con solo darse procesos eficientes y especializados: es a lo que se refiere Piere Luigi Celli como “esa decadencia de la gran empresa y de su capacidad generadora, también atribuible a esta decadencia de las pasiones que han dejado de tener validez en nombre de un tardío descubrimiento del mercado en su versión más externa y mecanicista (…) (Pasiones fuera de Curso, Celli). ¿Alguien puede apasionarse con esa burocracia incoherente que tiene a Vivian Morales como figura del Partido Liberal? Qué paradoja.

La política es mucho más que la empresa, tiene una relación con la organización social compleja y de altísimo componente idealista. Aunque los partidos ya no lo entiendan, algunas grandes empresas sí hacen uso de la pasión por los ideales superiores para tejer una organización (por curiosidad exploren la experiencia de Howard Schultz CEO de Starbucks y la gasolina de causas humanitarias con que incendia de pasión el simple ejercicio de vender café). Y aparecen entonces los caciques a llenar de odio a los electores, a encender pasiones bajas que suplen la ausencia de ideales y humanismo que los partidos no encarnan.

Entonces el acto de repudiar los partidos que ayudaron a destruir y lanzarse por firmas es la mayor hipocresía e irresponsabilidad. Es demacrar más al sistema, descomponerlo en su versión más primitiva: el caudillismo del culto a la personalidad, un eslabón anterior al despotismo. Si además el instrumento es la instigación al odio, el uso de un “nosotros” contra un “ellos” dentro de la misma sociedad, la debacle deja de ser política para amenazar la subsistencia social. Qué descaro y que mal camino.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
Contactar al periodista
Su voto: Ninguno (1 vote)
Otras columnas
Publicidad
Comentarios
Agregar comentario
Comente con Facebook
Agregar comentario
Comente con Vanguardia
Comente con Facebook
Agregar comentario
Vanguardia Liberal no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia Liberal se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad