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Viernes 01 de Diciembre de 2017 - 12:01 AM

Lo que dice la calle

Columnista: Samuel Chalela

No es una teoría original ni un hallazgo sociológico pensar que el acomodamiento físico de las ciudades proporciona una lectura elocuente del espíritu de la comunidad. Un paseo desprevenido por Bucaramanga hoy, proporciona un contraste muy significativo respecto de lo que fue la ciudad que vivimos en los años 70 y mucho más respecto de aquella de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Innegable algún reciente esfuerzo de recuperación de algunos espacios históricosy de mejora de la infraestructura pública, que normalmete tendría efecto de apropiación por la sociedad en sectores decaídos y degradados como el Centro y las estribaciones occidentales de la meseta. No obstante, la ausencia de estímulos de ordenamiento territorial impide una reacción proporcional de la inversión privada para revitalizar esos espacios. A los gritos hablan de ello el viaducto de la novena, el Centro Cultural del Oriente y el Teatro Santander, circundados de propiedades maltenidas, para mala vida y mala muerte. Hay un divorcio entre la acción pública y el interés privado, aquella apuesta por el retorno al casco urbano mientras la gente huye hacia las afueras.

El comercio formal se redujo a agobiantes cajones de cemento (los “shoping malls”) que nada tienen que ver con la original propuesta urbanística bumanguesa de los 70:los primeros centros comerciales de la ciudad abiertos a la calle y entremezclados equilibradamente con barrios residenciales bien asentados (la primera, segunda y tercera etapa de Cabecera), señalaban un camino incluyente de buena incorporación del comercio. Hoy la calle 52 entre carreras 33 y 27, la “Cuadra Picha” y el cerco físico a Cabecera (Primera Etapa), hablan a las claras de anarquía urbanistica, pero sobre todo de que el comercio que le quedó a la ciudad fue el de cuchitril.

La desaparición de las casonas de Sotomayor y Bolarquí es apenas abrebocas del desprecio social por el pasado; ni hablar del deterioro y escasísima intervención del Estado en los barrios coloniales del parque Romero hasta el parque García Rovira y de los ya más republicanos alrededor de los parques Santander, Bolivar y Antonia Santos.

Nos quedó una ciudad que, con casi 400 años de historia, se muestra definida solo por recién llegados. Una triste fotografía en la que los bumangueses aparecemos como desarraigados, individualistas y social y económicamente venidos a menos.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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