Viernes 15 de Diciembre de 2017 - 12:01 AM

Ciudad que mal crece

Columnista: Samuel Chalela

En esta temporada del año todos tendemos a volver; ¿a dónde? A sí mismos, a la casa, y volvemos a nuestra ciudad, ese ente socio político donde se condensa el que fue nuestro primer mundo.

Dice Saskia Sassen, socióloga de la Universidad de Columbia, que aunque en plena globalización parezca contradictorio, la ciudad densa y localizada, es incluso en la era de la tecnología, el punto al que queda reducido el mundo, como si se contrajera: “es el nivel nacional el que pierde pertinencia”.

Pero no cualquier centro urbano, por lleno de torres y centros de comercio que esté, constituye una ciudad en el sentido sociológico. Es el funcionamiento de vínculos e intercambios el que confiere esa “unidad orgánica” –como dice Roncayolo el geógrafo- que dota de autonomía e identidad a una ciudad.

Dicen los alemanes que “el aire de la ciudad te hará libre”, porque el cosmopolitismo permite a cada cual afincar su individualidad, pero la ciudad también crea una manera común de ser. Las urbes de personalidad definida juegan a mantener en equilibrio la ecuación entre albergue de individualidades definidas e imanes de adhesión a un talante colectivo. La ciudad está consolidada cuando se mueve dentro de la historia en conjunto, cuando los fenómenos sociales y económicos no producen un estallido, sino un viraje en bloque, como una embarcación que cambia de rumbo en el mar.

Cabe preguntar ¿hacía donde está virando Bucaramanga? ¿a qué se debe el súbito crecimiento? ¿Está siendo sede de nuevos capitales agro-industriales? ¿es un nuevo centro de industria extractiva? ¿de cuál?, acaso un ¿polo turístico?, ¿cluster tecnológico o informático? ¿solo boom de industria del calzado y la confección?. Sería extraordinario todo eso. Pero, ¿tienen las autoridades y las fuerzas vivas sociales identificadas y medidas las fuentes del crecimiento? Que así sea para que propicien las condiciones.

Pero también para estar alerta: no sea que la creciente traiga consigo a escampar aquí, capitales mal emergidos y oscurecidos; no sea que nos subamos ingenuos y entusiastas a la cresta de una ola de solo aparente prosperidad que ya tenemos tristemente sabido en lo que termina.

Lo que le pasó hace más de 30 años a ciudades pujantes como Cali o Medellín es un desastre que cuesta generaciones reparar. El crecimiento mal habido es como el árbol que crece torcido: cuesta mucho enderezar.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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