Viernes 02 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

Displicencia cómplice

Columnista: Samuel Chalela

Los asesinatos de líderes sociales, que son sistemáticos y no simplemente casos aislados como viene pretendiéndose, ponen de presente al menos dos aspectos de inmensa gravedad: de un lado, la acción de grupos de exterminio ensañados en la población vulnerable y vinculada a reivindicaciones de tierra –lo cual ya habla del necio anclaje de nuestra sociedad a las viejas estructuras de exclusión- y, por otra parte, la inmensa desidia que hay frente a esta ola de crímenes (van más de 100 desde 2017).

Concurriremos a la pantomima electoral de este año –que no puede llamarse certamen democrático todavía habiendo tanta fuerzas oscuras actuando (corrupción, amenazas, homicidios)- en tan profundo grado de insensibilidad, ignorancia y fragmentación social que cualquier cosa que resulte, no podrá ser la elección que un pueblo hace libremente de su destino: seguimos siendo al fin y al cabo, presas fáciles de los caprichos ilícitos de pocos y, por ende, de la mala fortuna.

La sociedad misma prefiere divagar dando tumbos, sin hablar demasiado, manteniendo las penumbras entre las que siguen ocurriendo los asesinatos, ante la displicencia de la mayoría. Esa displicencia tendría que ser caso de estudio, ¿por qué es que esa ola de crímenes no nos lleva ni al confesionario –a los que predican fidelidad a la religión mayoritaria- ni a la protesta pública, cívica pero firme, para que las instituciones –especialmente la justicia- se movilicen y hagan lo que corresponde? Saber lo que pasa y no hacer nada y ni siquiera pedir que algo se haga, nos hace cómplices o psicóticos sociales.

Ese desdén hacia semejante cadena aterradora de sucesos, articulados, sistemáticos y con móvil común, se muestra en la insólita grandilocuencia de la reacción a la ola de atracos en los barrios ricos de Bogotá –preocupante pero incomparable con los asesinatos en serie de líderes sociales- y en la bobalicona prédica de que “esa es la paz de Santos”.

Como si ponerle el nombre de un presidente saliente e impopular al proceso que innegablemente desarmó al menos a un alto porcentaje de insurgentes armados, justificara la desidia cómplice con que reaccionamos frente al asesinato de campesinos. ¿Cómo podemos reducir la tragedia de tantos a una frase apenas electoral y desfasada?

Estamos condenados a la pequeñez individual y a una constante inestabilidad social, si seguimos creyendo que hay muertos de distintas categorías.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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