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Viernes 09 de Febrero de 2018 - 12:01 AM

Civilidad laica y universal

Columnista: Samuel Chalela

No sería raro –y opinar también es ensayar teorías- que exista una correlación entre la cada vez más notoria ausencia de las humanidades en los programas escolares y el renacimiento de pasiones nacionalistas y confesionales entre las juventudes activistas contemporáneas. A finales del siglo XIX, cuando la educación estaba sustancialmente enriquecida en humanidades, la generaciones en levante se mostraban más propicias a los cambios, a la expansión de las libertades individuales: ingredientes infaltables en los llamados años locos. Algo tuvieron que ver el latín, la literatura, la historia y la filosofía en el asentamiento de las repúblicas y del racionalismo. Luego todo se revolvió con el reparto arbitrario de Europa y la crisis económica posterior, que terminó mezclando hambre y miedo: una sopa bien adobada para servir de terreno fértil al nacionalismo y a los dogmas.

América Latina presencia una tendencia creciente de argumentación política confesional y nacionalista. Costa Rica, con un pastor a la cabeza de las encuestas electorales, se acerca peligrosa y desvergonzadamente a un choque con la institucionalidad laica. Brasil viene caminando en el mismo sentido. Y en Colombia, ha crecido tanto la importancia del voto cristiano que parecemos haber vuelto a esos oscuros tiempos en que un monseñor desde el púlpito vociferaba por quién sí y por quién no votar, mientras las señoras tenían que confesarse de dormir al lado de un liberal. A tal punto se llega, que solo quien realmente esté dispuesto al suicidio político, se atreve a pararse firme en la raya de lo que venía siendo un principio de los estadistas contemporáneos: política no hace buen juego con religión en sociedades pluralistas. Se habla de valores surgidos de códigos de conducta religiosos para restablecer los principios sociales, como si fueran lo mismo. Cada quien cree en lo que quiere, ni más faltaba, pero los Estados se organizan precisamente para garantizar la convivencia de todos, no de algunos.

Valerse de la crisis migratoria venezolana desencadenada por la tragedia política de ese país, para auspiciar posiciones nacionalistas (en una región donde los Estados nacionales fueron un caprichoso juego de intereses políticos personales) es tan ridículo como traer al juego electoral una ética religiosa localista, mohosa y carente de toda universalidad que además promueve odio y desarticulación social. El código ético social no puede ser religioso, eso está inventado hace siglos.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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