Viernes 06 de Julio de 2018 - 12:01 AM

Sangre fría

Columnista: Samuel Chalela

No se puede hablar de otra cosa. Esa es la idea de estas líneas. No es moralmente aceptable que las voces vivas de una sociedad callen frente al asesinato y la amenaza sistemáticos de ciudadanos, campesinos, maestros. Que estén cayendo a diario líderes sociales, mujeres, sus familiares o personas que impulsaron la campaña electoral derrotada en urnas, no es un hecho marginal. Las redes sociales están denunciando el hostigamiento, haciendo visible lo que, sino fuera por ellas, sería una breve cuartilla de prensa que sepulta en una muda queja el dolor y el horror de las comunidades desprotegidas.

No es solo hablar de la barbarie, hacer seguimiento y denunciarla, sino actuar. El gobierno (el saliente y el entrante) tiene que sentir que la sociedad exigirá que el Estado actúe y que no se dejará distraer con pan y circo, mientras hay una vulgar campaña de exterminio en acción.

Plantones, marchas y cualquier manifestación del legítimo derecho de protesta civil para que el aparato estatal cumpla con el deber de garantizar la vida, de eso nos debemos ocupar al menos.

La indolencia es el peor síntoma descomposición social, la más elocuente muestra de falta de identidad y de carencia de sentido colectivo. Ante la indiferencia frente al cruel asesinato de estos colombianos, el frenesí que despierta un gol de la selección queda reducido a un ridículo y profundamente vano nacionalismo que no representa en realidad una fuerza colectiva capaz de transformar.

Se necesita mucha sangre fría para matar inocentes; pero no poca para pavonearse por los medios, las redes sociales o las conversaciones cotidianas, con aspavientos por el plástico en el océano y los perros maltratados, y sin una sola palabra por el genocidio que enfrentan nuestros connacionales en zonas tan castigadas como Urabá, Nariño, Cauca y Chocó. El paramilitarismo sigue vivo y ahora envalentonado, pero lo está en parte porque los demás (el Estado, las instituciones y la sociedad civil), no queremos ponerle el pecho ni el bolsillo a la construcción de una sociedad equitativa.

La idea generalizada de normalizar la cotidianidad es que otros hagan el trabajo sucio, que los pobres no se vean, que los desaparecidos sean ajenos y sus familias se resignen sin reclamar, que otros se ocupen, y mejor si simplemente lo hacen metiendo cruelmente los restos de nuestra pequeñez debajo del tapete.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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