Publicidad
Jue Sep 21 2017
22ºC
Actualizado 08:52 am
Viernes 16 de Diciembre de 2011 - 12:01 AM

Estado escuelero

Columnista: Samuel Chalela

El Estado es el ente de regulación social más eficaz –o por lo menos el más socorrido en esta era de la evolución humana-. Lo fue en algún momento la Iglesia, y su autoridad rivalizó y se mezcló con la del Estado por siglos hasta ser vencida; todavía quedan, sin embargo, inexplicables e inconvenientes intersecciones entre los poderes terrenal y celestial (aborto, eutanasia, consumo de sustancias, matrimonio igualitario, género, genética, etc).


De lo público, visto como aquello que tiene emanaciones colectivas, es el Estado quien debe ocuparse con la ley; mientras que lo privado o íntimo atañe a los preceptos morales y de fe. En ambas esferas, la educación y la propaganda son herramientas de unicidad y cohesión que da soporte a los medios coercitivos -sin infundir el "no desearás la mujer del prójimo" ninguna sanción moral a esa conducta sería posible-. La Iglesia lo entendió muy pronto, por eso asumió la educación por siglos y, con el ritual del púlpito instauró un aparato de propaganda poderoso que fue amo y señor hasta la llegada de la televisión.


Por eso la educación es un deber intrínseco a la razón de ser del Estado, para que la instrucción sea limpia, objetiva, abierta. Para que no sea una herramienta de dominación sino de liberación. Debería ser universal y gratuita, además. Pero también es un instrumento dinámico de cohesión para concitar valores sociales, convencionalismos colectivos útiles, cosa muy distinta a las doctrinas políticas. El mal uso que regímenes totalitarios han hecho de la educación y la propaganda oficiales, sensibilizó la participación activa del Estado en esas actividades (vendido el sofá). Pero si se limita al fortalecimiento de "valores sociales", es decir de esas predisposiciones, actitudes o incluso conductas, necesarias para la convivencia libre y pacífica, y por ende, ajenas a cualquier moralismo o adoctrinamiento político, la "propaganda" es no solo deseable sino un deber estatal. La igualdad de oportunidades, el respeto a la diversidad, la libertad individual –como principios de la colectividad-, y hasta asuntos menores como las convenciones y usos sociales como la contención de la violencia, el respeto al peatón, la inviolabilidad del espacio público, son asignaturas pendientes en la instrucción y propaganda oficiales. Una sociedad que ni siquiera pregona y mucho menos practica principios unitivos y básicos de convivencia, está a la deriva y condenada a la barbarie.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
Contactar al periodista
Su voto: Ninguno (2 votos)
Otras columnas
Publicidad
Comentarios
Agregar comentario
Comente con Facebook
Agregar comentario
Comente con Vanguardia
Comente con Facebook
Agregar comentario
Vanguardia Liberal no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia Liberal se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad