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Viernes 30 de Diciembre de 2011 - 12:01 AM

Iguales, uniformados y pueblerinos

Columnista: Samuel Chalela

Hay mucho de colonial en esto de convertir los cortes de año en otra ocasión más para uniformarse, para parecernos unos a otros sin marcar diferencia alguna, para hacer lo mismo (viajar, volver a la familia, etc.), pensar igual (propósitos de cambio, solidaridad familiar de ocasión, etc.), y en todo caso no incurrir en ninguna conducta disonante que nos ubique en el temido lugar de la disidencia, de las minorías extrañas.


Este año que pasó podríamos decir que el personaje más destacado fue la indiferencia, hasta en eso (en ser apáticos) nos resulta impensable disentir o diferenciarnos. Los bogotanos, carcomidos de desesperación en el tráfico, siguen sin hacer nada. El sistema con la condena de siete años a los Nule se burla de los ciudadanos afectados y nadie hace nada. Y así podría seguir. Salvo las marchas contra el secuestro y la firme movilización de los estudiantes (a quienes les falta solo un par de años para enfundarse el uniforme de ciudadanos que actúan al compás de las mayorías), todo ha sido indiferencia.


Es una constante que las sociedades primitivas como la nuestra, aún en gestación, con inestables y desdibujados valores superiores que las aglutinen, tiendan a buscar refugio, ante esa falta de identidad, en modelos de conducta iguales. Estados Unidos tiene la libertad individual, los franceses la libertad, la igualdad y la fraternidad. Las sociedades coloniales se uniforman en lo simple, comenzando por las más elementales formas: vestirse igual, opinar igual, ir a los mismos lugares, tener los mismos muebles, organizar familias iguales, etc. La plaza del pueblito se llena de campesinitos que no ven más allá de los ojos de la Virgen del Carmen, y si ven otros horizontes, por falta de espacios de pensamiento, son guerrilleros o terroristas; la ciudad intermedia –incluye Bogotá por supuesto-se llena de empleados medios que gastan la prima en camisas Polo y Lacoste con las que van al club a jugar golf, con una mujer, dos niños uniformados, una cuota hipotecaria y un carro pagado a cuotas. Nadie se organice distinto, nadie se vista de otra forma; eso sería disentir, atentar contra lo gregario. En Londres, la gente busca diferenciarse, en Bogotá o en Bucaramanga, la gente quiere parecerse entre sí, porque no tienen un valor superior que las identifique en lo importante y las haga originales en su cotidianidad.

Autor:
Samuel Chalela
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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