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Viernes 03 de Febrero de 2012 - 12:01 AM

La delicadeza castrense

Columnista: Samuel Chalela

Las crisis de indignación de la opinión colombiana es usualmente muy cursi. Ahora la ira está desatada porque el Tribunal de Bogotá conminó al Ejército a pedir excusas por los abusos cometidos en el operativo de recuperación del Palacio de Justicia.

Claro que los criminales fueron quienes se tomaron el Palacio, claro que el Ejército tenía la obligación de recuperar la institucionalidad, claro que la institución castrense ha sacrificado mucho en su lucha contra las guerrillas; todo eso es insoslayablemente cierto. Pero es que no es el juicio final, donde se define quiénes son los buenos y quiénes los malos, el juez solo está analizando unos hechos irregulares, delictivos, en que pudieron incurrir las Fuerzas Armadas -los buenos, sí- en el operativo. “A los malos los amnistiaron” gritan unos desgarrándose las vestiduras; sí claro, pero esa es una decisión política y el juez, que decide solo en Derecho, no puede decir que las infracciones a la ley por parte de los militares no tienen sanción, porque a los malos los amnistiaron. Que Petro es alcalde de Bogotá hoy y era un guerrillero del mismo grupo que inició la tragedia del Palacio de Justicia de 1985, se quejan otros; pues sí, es alcalde, porque lo eligió el pueblo, es alcalde porque se “desmovilizó” y porque hizo una carrera política; que vaya a ser un mal o un pésimo alcalde es otra cosa. El juez no está haciendo un juicio de la historia, está simplemente cotejando unos hechos de las fuerzas militares con las prohibiciones legales. Y aunque se hayan cometido en el mismísimo infierno, al lado de los peores criminales, no dejan de ser faltas reprochables.

Recibir una disculpa de las Fuerzas Armadas no significa humillarlas ni lapidarlas. Tampoco solicitar explicaciones a un expresidente; eso lo entiende el propio Betancur quien las ha dado muchas veces y manifiesta su disposición para hacerlo de nuevo. Este y cualquier otro expresidente debe explicar sus decisiones de Estado y, mucho más otras que no fueran de Estado, como los actos de corrupción, abuso de poder y persecución con fines personalistas.

Es esta nueva ola de renacimiento de sacralidades, dioses sepultados, intangibilidades superadas, la que nos tiene convencidos de que cuestionar es insultante, disentir es sedicioso y reconocer es humillarse. Eso ya no lo predican ni los obispos con las verdades de fe.

Autor:
Samuel Chalela
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