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Viernes 15 de Septiembre de 2017 - 12:01 AM

La parábola del Papa y la mermelada

Columnista: Santiago Gomez

Francisco vino a Colombia. Un hombre de casi 81 años de edad pareció haber hecho más por el país y por su ánimo colectivo en menos de una semana que sus presidentes y congresistas en los últimos 50 años.

Su primer encuentro con las autoridades le permitió “expresar el aprecio por los esfuerzos que se hicieron, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación”, destacando los logros del último año que “hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos”. Pidió por la unidad de la nación “y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, [pidió] persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige poner en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad y el respeto por el bien común”.

Pidió que los líderes evitaran la tentación de la venganza sanando heridas, construyendo puentes y no muros, renunciando a la soledad del enfrentamiento personal. Reivindicó el perdón como valor supremo y promovió la sanación de corazones corroídos por el deseo de venganza después de tantos años de guerra.

Le jaló las orejas a los curas que se creen políticos y a los políticos que se creen Mesías. Exigió que el país no subvalorara los logros de esta paz por culpa de la cizaña, de “personas que dañan, perjudican o estropean aquellas otras entre las que están”, que solo parecieron lavar su conciencia viendo el paso frenético de la caravana papal.

El Papa vino y llamó a la reconciliación, pidió por la tolerancia y la negociación, por un poco de cosas que parecieron haberse perdido entre las proclamas mesiánicas de dos caudillos políticos. Ya saldrán algunos a decir, como siempre que los confrontan con argumentos irrebatibles, que el pobre hombre estaba enmermelado.

Autor:
Santiago Gomez
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