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Domingo 31 de Marzo de 2013 - 12:01 AM

Músicos

Hace unos años, fuimos con el barbero del Socorro a darle una serenata al maestro José A. Morales en su tumba en el Socorro. Es posible que no la hubiese oído allí por la costumbre que tenía de dormir siempre en algún hotel. En el antiguo hotel de Severiano Cala se le oye cantar de madrugada, dicen algunos. Esa costumbre de vivir en hoteles era muy común en solterones y bardos de la época, como nuestro famosísimo poeta Porfirio Barba, el terror de los hoteles, como lo llamaban pues no pagaba nunca. Eran generalmente hombres excéntricos llenos de manías como guardar sus trajes debajo del colchón para que estuviese siempre planchado y salir a cualquier hora de la noche a alguna tocata. En cuanto al sexo, ambos eran de gustos diferentes, al maestro José A Morales le encantaba la mujer campesina olorosa a jazmines, a cebolla recién arrancada y a alpargata de cuero.

A Porfirio lo desvelaban los muchachos, aunque según Fernando Vallejo, lo que más le gustaba era aterrorizar a sus amigos con sus preferencias varoniles. Según el ingeniero Miguel López, a quien le oí una extraordinaria conferencia sobre José A. Morales, siempre se empeñó en hacer de su vida privada un misterio y son pocas las cosas que de él se saben. Él no sabía nota, cosa muy común entre los músicos de la época, pues eran virtuosos que nunca tuvieron oportunidad de asistir a la academia. El abuelo de Miguel López que sí sabía leer el pentagrama en cierta forma despreciaba a esos músicos de oído que generalmente desafinaban, pero que había que tenerlos en las orquestas de cuerdas o de vientos. La tradición musical veleña se le debe, según dicen, a Nicolacito Mosquera, extraordinario tiplista, quien se volvió rico vendiendo tiples. Doña Carmelita Pardo, virtuosa del requinto y del tiple, tocaba por octavas reales, nadie supo cómo trasladaba sus dedos con maestría, pues debido a sus voluminosos pechos el encordado quedaba tapado y solo se oía el brotar de la música. El verdadero músico de escuela en Vélez fue el profesor Francisco Álvarez, padre de los grandes músicos Luis Francisco y Eduardo Álvarez. Él con gran paciencia formó muchos músicos veleños. En sus clases seleccionaba sus alumnos de una manera sencilla. Mientras aporreaba el piano les hacia entonar una cantinela: “los astrónomos con justicia han afirmado que unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”.

Autor:
Sergio Rangel
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