Domingo 21 de Octubre de 2018 - 12:01 AM

La mujer aquella

Columnista: Sergio Rangel

Con sus ojos nublados por la fatiga de leer y el paso inseguro de la edad, con la mente brillante de siempre, Gustavo Galvis Arenas describe a Zapatoca en su columna pasada. Cuenta que se metió al mundo fantástico del “arte conceptual” creado por Rodrigo Espíndola en la Casa del Quijote. A Espíndola le sucedió con el Quijote lo que a “Pierre Bonnard, bajándose del tranvía para seguir la mujer de pelo corto y cuerpo juvenil a la que pintara a lo largo de toda su vida”. Están allí, cientos de Quijotes en todos los momentos de creación espléndida que se le han ocurrido al hombre para vivir y manejar este endiablado mundo. Galvis Arenas después de elogiar lo que logra ver de calles, casas de tapia pisada, ese realismo involuntario de la arquitectura de Zapatoca se duele de la carretera en sus riñones. Tiene razón. Aquí también podemos encontrar “ingeniería conceptual”, no existe en ninguna parte del mundo. Después de esperar los zapatocas siglos para tener una vía, de encontrar el dinero y la voluntad de un Gobernador, se destapa la más grande “chambonada ingenieril”. La tubería del acueducto Piedecuesta a Girón se tendió por la mitad de la carretera y ahora vale los millones del mundo sacarla para poder pavimentar la vía. Nadie asume la responsabilidad ni el costo. Unos a otros como en un juego se pasan la pelota. Y lo grave es que en Colombia aparecen los magos y presdigitadores. Dinero que no se invierte se esfuma. Desde el oriente eterno, Lengerke con sus puños cerrados amenaza golpear ese interior oscuro de las cosas fallidas, que lo llevaron a la muerte sin terminar su obra. ¿Será cierta entonces la maldicion de la mujer aquella, de ojos de antifaz entre arbustos, en su huida hacia Barrancabermeja para que nadie la siguiera? Quisiéramos ver todos los treinta tantos hoteles de esfuerzo, repletos de turistas, comerse un plato sabroso acompañado de un buen vino Perú de la Croix, caminar y caminar huyendo de la temible multitud de la ciudad. Pero por Dios, tampoco enchapemos el frente de las casa con acrílicos como “Watercloset” reluciente.

Autor:
Sergio Rangel
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