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Domingo 22 de Enero de 2012 - 12:01 AM

El ojo de Dios

Columnista: Sergio Rangel

No sé si se pueda definir la suerte de la misma manera como se define el destino. Lo cierto es que Jorge Elías González Vásquez, el chaman tolimense al que le pagaron para espantar las lluvias en el Campeonato sub 20 y en la posesión de Santos, es un “suertudo” como lo cataloga el hombre que le tira cepillo a mis zapatos. No gastó un solo peso en propaganda.  Con la publicidad que se le ha dado en los medios, incluidos Wikipedia y  los de la red que estaban en paro, este campesino será solicitado en todos los eventos mundiales en donde no se quiera que aparezcan las nubes a empapar y espantar la gente. Y será muy bien pago. Pero no crean, para un duro existe otro duro. Otro que hará llover, un juego de poderes. Lo sé por experiencia. En Wilches no llovía una vez. Se metió un verano largo, que fue como un secante de los que usábamos en la escuela para chupar la tinta verde del perfil y palote que rayaban los plumeros. Los pastizales como yesca prendían en las tardes y una candela avanzó sin detenerse hasta la línea del tren. La humasón se nos metió a la casa y en el corral un caballo enloquecido de miedo corrió hacía las llamas donde murió calcinado. Nos asomamos al río y vimos que unas mujeres con sus hijos al hombro atravesaban caminando  a la otra orilla. Fue entonces que nos espantamos. La gente comentaba que era un castigo de Dios, pues Lorenzo montó  una cantina con mujeres que no cerraba de día ni de noche. Mi papá dijo que era mejor hablar con Dios, que él no creía en eso, pero que pagáramos una rogativa al cura y fuimos a la iglesia. Los jesuitas se habían ido hace tiempos, dejaron a un hermano lego en tal abandono que su sotana desteñida y encogida era una minifalda.

No estoy autorizado, no resultaría, no soy cura, soy un simple religioso, un hermano que cuida la capilla, todos se fueron, aquí nadie viene a la iglesia, no prosperan sino las cantinas. Cuando terminó su perorata se volteó de espaldas con las manos cogidas atrás. Mi papá le abrió la mano regordeta que asomaba de su manga raída y le metió un billete. Está bien, haré lo que pueda, dijo. Se fue luego a la primera banca y de rodillas, con los brazos en alto suplicó a Dios la venida de las lluvias. De tiempo en tiempo miraba atrás para saber si nosotros nos habíamos ido. Seguía implorando de manera tan lastimera que vi que a mi padre se le aguaron los ojos; quizás pensaba en las vacas que empezarían a morir. Salimos del templo al rato, en pié puntillas, y en el camino sin que hubiésemos hablado nada, mi padre dijo de pronto. No lo oyen sus jefes los Jesuitas, menos Dios. Bien dijo la última palabra cuando un rayo se clavó en una palmera muy cerca de donde caminábamos  incendiándole el copete. Echamos a correr despavoridos y unos gruesos goterones nos empaparon. Desde lejos, a pesar de la lluvia, vi la palma encendida todavía, era el ojo de Dios.

Autor:
Sergio Rangel
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