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Domingo 26 de Febrero de 2012 - 12:01 AM

La Provincia

Columnista: Sergio Rangel

Manolo Azuero se queja del centralismo en Colombia. Las cosas que pasan aquí no las comentan los diarios capitalinos, ni la radio, la Tv, ni nadie, dice él con toda razón. Lo que no sucede en Bogotá no existe. Es un fenómeno viejo. Cuyo origen está en que siendo un país de regiones, solamente en la sabana bogotana se da la inteligencia. Por esa pendejadita, se enfrentaron los Federalistas y los Centralistas días después del grito de Independencia. Por esa razón la chusma santandereana fue hasta Zipaquirá a asustar a los lanudos bogotanos; los artesanos tuvieron que matar a un par de alemanes porque reían a carcajadas en el Club del Comercio y, hacer en la alborada del 900 la guerra absurda de los mil días. Si no, no se sabría que Santander existía. Sin embargo, creo que somos inmensamente felices en el anonimato, las cosas maravillosas que suceden aquí deben ser para nosotros y nada más. En la capital, que es medio país, la fama desaparece en minutos, aquí nuestras pequeñas o grandes cosas permanecen. Yo me siento orgulloso de que mi amigo Fabio Torres Barrera haya escrito un bello libro sobre la llegada hace 100 años de las hermanas de la Presentación a Bucaramanga, historia comarcana bien escrita, de edición impecable. Claro que la bífida lengua de su pariente Jaime Gutiérrez el malo, ahora que no hace nada, dice en la Triada que Fabio se comió medio capítulo de la historia. Calla, dice él, que una de las hermanas de origen francés antes de ingresar al convento y venirse a esta tierra de cabros, era trapecista en París. Al pasar por San Gil la mula que montaba la hermana tropezó, lanzándola por los aires, a lo que ella respondió como monja voladora, con un triple giro en el vacío para quedar de pie, cubriéndose rápidamente las vergüenzas. ¿Vio usted ma agilite? le preguntó al arriero que las acompañaba? No vi bien, pero eso que usted llama de esa manera, aquí le dicen culo. Son las delicias de la provincia, llenas de naturalidad, sin los tapujos hipócritas de la tertulia bogotana.


En el arte, las cosas son todavía más espontaneas. Fui al Museo de Arte Moderno a ver la exposición de Camilo Umaña; iba acompañado de la curadora de arte y mostos, Gloria Pardo Ríos, Donaldo Ortiz Latorre, dermatólogo de renombre y también ducho en el resane de los muros de la cultura, Carlos Mario Pinilla, abogado civilista e hijo rebelde de "Qué hacemos con", suficientemente experto para estar informado. Pero se nos pegó una viejita en el recorrido por las salas que fue un desastre. No nos dejó en paz. Cuando estábamos encontrando la cuarta dimensión de las obras, el lejano allá, la señora comentaba: Cómo fue el Dotor Umaña a dañarle las agujas a doña Cecilia, cociendo este traperío, y las cuerdas de nailon y los giradores son de las cañas de pesca de "peladura" de su hermano; cómo se pondrá de piedro cuando llegue del Ecuador. Pero bien. Vimos una obra novedosa, que solamente puede concebir un psiquiatra que conoce los recónditos vericuetos de la locura. Yo diría que verla es una aterradora toma de yagé, una maravillosa excrecencia que libera del anonimato de la provincia.

Autor:
Sergio Rangel
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