Hay quienes consideran que este país parece castigado por un maleficio. Sí. Por una especie de costumbre rayana ya en la tradición, según la cual los frecuentes atentados, los escandalosos crímenes, los innumerables delitos y en fin, la violencia indiscriminada que aqueja a esta sociedad, muy pocas veces por no decir jamás, tiene un responsable que sea identificado y castigado por la justicia.
De hecho, la situación de caos permanente ha quebrantado ya tantos pilares de cualquier nación que se precie de ser civilizada, que en Colombia se dispara desde todos los puntos cardinales del espectro político. Todo, sin que al final se sepa quién o de dónde provienen los más escabrosos excesos que con tanta frecuencia golpean a esta sociedad.
El suceso más reciente lo constituye sin duda alguna el atentado terrorista contra el exministro Fernando Londoño, sobre el cual si bien se tienen indicios sobre la autoría de las Farc, tampoco puede descartarse de plano la responsabilidad de la ultraderecha.
Y no puede descartarse, precisamente por eso, porque en Colombia la agenda de los fanáticos de izquierda y derecha se vale de las balas para desestabilizar las instituciones, impulsar sus intereses o simplemente impresionar a la opinión pública.
El suceso, entonces, plantea una vez más una pregunta cuya respuesta a pesar de que se conoce, poco ha importado a los altos círculos del Estado.
¿Quién o qué es el patrocinador directo, o en otras palabras, de dónde sale la gasolina necesaria para que esa llamarada de delitos que afecta a los colombianos desde hace décadas, se niegue a perder fuerza?
La explicación consiste de una sola palabra: impunidad.
Es que mientras en este país los crímenes más aberrantes queden en la oscuridad o como máximo, se identifique a sus autores décadas más tarde, cualquier sector delincuencial se sentirá con la confianza suficiente para asesinar desde candidatos presidenciales como Luis Carlos Galán, hasta ejecutar atentados contra altos servidores del Estado como ministros, magistrados, congresistas y un largo etcétera.
Desde el asesinato de Álvaro Gómez, pasando por el grave atentado en 2005 contra el entonces senador Germán Vargas Lleras, muy parecido al de la semana pasada por cierto; y terminando en un largo listado cuyos responsables no se conocen, la inmunidad de la que gozan los violentos garantiza que estas historias volverán a repetirse.

