Pocos temas sacan tanto a flor de piel de los colombianos su sentimiento de soberanía y patriotismo como el que se enmarca en la posibilidad de que otro país o entidad reclame la escisión de San Andrés y demás islas del archipiélago, del territorio de este país. Pero desafortunadamente, distinto ha sido el proceder del Estado -a lo largo del tiempo- sobre esa que es nuestra más preciosa joya insular.
El archipiélago de San Andrés y Providencia ha padecido centenariamente la indiferencia estatal. Actualmente tiene agudos problemas en materia de salubridad pública, atención educativa y orden público, y Bogotá no los atiende debidamente. Allá se sufre de la indiferencia del Gobierno Central y de la presencia de narcotraficantes y bandas criminales que, a sus anchas, usan la isla como trampolín para enviar drogas prohibidas a otras naciones.
La falta de interés que por San Andrés, Providencia, Santa Catalina y su archipiélago han mostrado a lo largo de nuestra vida republicana los gobiernos centrales, es inenarrable. Muchas señales de alerta se han dado sobre el tema, pero no se ha enmendado tan resaltante yerro.
¿Cuál es la razón? Muchas, pero sobresale la idea que de Estado ha habido en el país desde el siglo XIX. Se atiende al centro y se desdeña lo que los gobernantes consideran es la periferia. Actualmente, por ejemplo, la prioridad estatal se centra en dotar de infraestructura vial al centro y al occidente del país, en lo que se invertirán más de 20 millardos de pesos; las necesidades del resto del territorio se posponen, se es indiferente ante ellas.
Los problemas vitales de San Andrés islas no están en la agenda de prioridades de la burocracia estatal.
A San Andrés no solo hay que ponerle atención en momentos críticos, anunciar medidas que se quedan en los grandes titulares, sino sanarle las heridas que tiene, darle una opción de desarrollo coherente y efectivo así como progreso social, económico, de salubridad e infraestructura en todos los órdenes.
Las islas le dan a Colombia 350 mil kilómetros cuadrados de mar junto con las riquezas que hay en su seno, es decir, más de lo que cualquier otro departamento ofrece a nuestro futuro. Pero el abandono en que allí se vive en materia de salud, educación, necesidades básicas, es inmenso. Ojalá no pasemos un trago amargo con tan preciada parte de nuestro mapa por la centenaria indolencia gubernamental. Aún se puede enmendar tal falla.

