Hace ya rato que los productores de televisión cruzaron la raya de las propuestas arriesgadas y llamativas, para ubicarse del lado del mal gusto y la irresponsabilidad. Pareciera que lo único que importa es el rating.
Ya desde estas páginas se había criticado la decisión del Canal Caracol de llevar a la pantalla la vida de Pablo Escobar, en su producción Escobar, el Patrón del mal, pues lejos de lograr del televidente un rechazo a la figura de Escobar, ha revivido su historia entre halos de leyenda y generado cierta simpatía por el personaje, a quien se ve como una persona capaz de lograr lo que quiere. Una conducta que para muchos, increíblemente, puede ser digna de imitar.
Muchos años le costó al país borrar la huella de sangre y muerte que Escobar dejó, para que ahora su rostro, representado en el actor que lo interpreta, aparezca en la calles de Miami o en los diarios estadounidenses, que ya comienzan a comprar la producción.
Otra vez afuera Colombia estará ligada a las historias de sangre, narcotráfico y violencia de las que le ha costado décadas desprenderse y olvidar. Menudo favor el que le está haciendo el canal con su producción a la imagen del país.
Ante el avasallador rating, ahora se rumora que RCN prepara su versión de la vida de los Castaño, para que las pantallas se llenen de las historias de cómo nació el paramilitarismo y cómo se llegó a la máxima barbarie.
A la nueva fijación de los canales con los personajes que han marcado de sangre y muerte la historia de Colombia, se suma su ya acostumbrada cosecha de “realities”, donde cada vez es más evidente la búsqueda, no de talento, sino de personajes conflictivos y explosivos que garanticen las situaciones de tensión y agresión necesarias para subir el rating.
El límite lo rompió esta vez el canal RCN, con su reality Protagonistas de Novela, en el que permitió que sus participantes llegaran a la agresión física y a los insultos en los que se ponía de presente la discriminación frente a la condición homosexual de uno de los participantes.
Luego el canal quiso enviar en mensaje de “responsabilidad social”, expulsando al agresor, bajo el argumento de que no pueden permitir tales situaciones de violencia. Lo que no se explica es por qué, si en verdad les preocupa tanto no fomentar ni permitir la violencia, emitieron durante casi dos horas los momentos de agresión de los participantes. Se trata de programas que no son en directo, sino que pasan por un trabajo de edición en los que se escogen las mejores escenas. Y es evidente que les pareció muy buena escena mostrar a sus participantes golpeándose e insultándose.
No más. La televisión, al igual que los otros medios de comunicación, tiene una labor de responsabilidad social, que debe tener un límite. Tristemente es bien sabido que en el país muchos se educan por la televisión y aprenden de ella como de un maestro.
A todas estas, ¿dónde está la autoridad reguladora?

