El nuevo Papa debe aceptar la pluralidad de iglesias que hay, devolver la confianza y la fraternidad, definir puntos de encuentro para evitar otra escisión de la cristiandad, como la ocurrida hace 500 años, pues muchos fieles están migrando de la Iglesia Católica, más no del cristianismo, en rechazo a su conservadurismo.
Publicado por: REDACCION EDITORIAL
Mañana, martes 12 de marzo, comenzará el cónclave convocado para elegir al Papa que reemplazará a Benedicto XVI, quien hace pocas semanas renunció a seguir en la cúspide de la Iglesia Católica.
Así, antes de que termine esta semana, el mundo católico tendrá un nuevo Pontífice, quien será pastor de algo más de mil millones de creyentes, a la vez que cabeza y nervio de El Vaticano, en cuyo interior hay una honda crisis que sacude gran parte de su andamiaje, una sorda lucha por el poder, actos de corrupción, intrigas de diverso tipo, graves irregularidades en el Banco Vaticano, sobre lo cual solo se saben trozos de hechos, adobados con especulaciones, suposiciones y deformaciones de lo ocurrido. A ello se suma que en muchas partes del planeta ha habido profundo rechazo a los escándalos provocados por denuncias sobre sacerdotes y obispos pedófilos.
Más allá de los comentarios superficiales e hipótesis sobre el color y nacionalidad del nuevo Papa, qué nombre adoptará, la tarea que le espera es muy difícil, pues implica retomar el rumbo en medio de una profunda crisis.
Su faena entraña cambio urgente para poner las cosas a tono con el giro de los tiempos en materias tales como la contraconcepción, el celibato, la posición y papel de la mujer en el seno de la Iglesia, el trabajo y protagonismo de los laicos, el humanitarismo y tomar posición sobre la dimensión de la Nueva Evangelización.
El nuevo Papa debe aceptar la pluralidad de iglesias que hay, devolver la confianza y la fraternidad, definir puntos de encuentro para evitar otra escisión de la cristiandad, como la ocurrida hace 500 años, pues muchos fieles están migrando de la Iglesia Católica, más no del cristianismo, en rechazo a su conservadurismo.
Hoy, la distancia entre los fieles y la jerarquía católica es profunda, el creyente de a pie clama por austeridad y rechaza el oropel, lujo, apariencia y ostentación que hacen muchos de los purpurados.
El pontificado que comienza es crucial y el nuevo Papa debe ser un pastor cercano al ser humano, hombre de un mundo globalizado, abierto a todos los caminos religiosos, firme en la defensa de los humildes, servidor de la humanidad, no alguien dedicado a detentar un poder sagrado que aleja a los creyentes y aísla a los jerarcas tanto de sus fieles como de la utopía de Jesús.










