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Domingo 23 de Agosto de 2015 - 12:01 AM

Cuando la desvergüenza ataca de nuevo

Es como si fuera una condena. Una maldición que pesa sobre el país y que se presenta de manera sistemática e irremediable cada vez que hay elecciones.

Se trata de todos y cada uno de los desenfrenos e irregularidades que se tomaron la democracia colombiana, conocidos de sobra por la opinión pública y lo que es peor, por las autoridades sin que hagan nada por combatirlos.

La compra generalizada de votos, sobre todo a los segmentos de la población menos educados y con más necesidades económicas; el trasteo de votantes entre municipios para influir en los resultados de forma tramposa; los candidatos cuestionados; los que se presentan en cuerpo ajeno para seguir los designios de personajes discutidos o condenados por la justicia; las promesas vacías que jamás se piensan cumplir; la financiación de los carteles de contratistas a las campañas para sacar dividendos más tarde bajo la forma de contratos amañados; la participación en política de servidores públicos de manera directa y desvergonzada para impulsar a sus propios aspirantes y un gran etcétera, son apenas algunos de los vicios que inexorablemente y hay que insistir, ante los ojos impávidos del Estado, determinan quién gana unas elecciones desde el Congreso, hasta las gobernaciones, alcaldías, concejos y asambleas, como es el caso de los comicios que se aproximan.

Para ilustrar apenas uno de los componentes del largo listado anterior, basta con seguir las informaciones de prensa de días recientes.

Días en que los santandereanos se enteraron cómo desde la alcaldía se cita a personas vinculadas por contratos de prestación de servicios para presionarlas a que trabajen por el candidato que prefiere el jefe del municipio, al tiempo que la Gobernación desde la secretaría de Salud estaría haciendo exactamente lo mismo.

Todo, sin que hasta el momento se haya conocido el más tímido pronunciamiento o apertura de pesquisas por parte de las autoridades del ramo.

En resumidas cuentas, estas elecciones van a desarrollarse igual que en las últimas décadas. Es decir, serán unos comicios en los que una gran mayoría de los triunfadores no lo serán por la calidad de sus propuestas, la preparación exhibida para el cargo o los logros en sus hojas de vida. No. Por el contrario, muy posiblemente, ganarán quienes tengan menos escrúpulos y billeteras más abultadas para poner en práctica esa enciclopedia de trampas y ese manual de engaños tan utilizados para obtener las mayorías en este país.

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