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Jueves 24 de Noviembre de 2011 - 12:01 AM

La ciudad cada día se llena más de indigentes

Su mirada melancólica se ha ido perdiendo cada vez más en la profunda oscuridad de su adicción al bazuco. Una mirada encerrada en unas gafas de marco negro y lentes trasparentes de plástico, que posiblemente encontró en medio de la basura o tiradas en la calle; una braga desaliñada y una gorra oscura de estilo militar.
Javier Gutiérrez / VANGUARDIA LIBERAL
Los habitantes de la calle siguen siendo una realidad que, día a día y sin importar la hora, está a la vista de todos. Aunque se conoce la situación y sus implicaciones negativas en la seguridad e imagen de la ciudad, las autoridades aún no coinciden en el número exacto de personas que hay en esta condición y menos en qué programas implementar que solucionen este problema.
(Foto: Javier Gutiérrez / VANGUARDIA LIBERAL)

Una joven, a propósito, de linda apariencia. Con pelo y ojos castaños, cara aún de niña y una voz parecida a un susurro que apenas logra hacerse oír en medio del ajetreo de la Quebradaseca con carrera 14.
Manuela* sólo tiene 18 años y desde hace siete está consumida por las drogas y la vida se le va errando por las calles de Bucaramanga.
A los 11 años comenzó su viaje al sórdido mundo de las sustancias alucinógenas: las mismas sustancias que su papá vendía a otros jóvenes terminaron por engancharla en un sinfín de adicciones y perdición.
Primero las ‘pepas’ o éxtasis, después el pegante, el perico y ahora ‘la bazuca’, como ella misma lo llama.
“Mi papá vendía droga y me mandaba a entregársela a los viciosos. Un día por curiosidad la probé y la curiosidad me mató como dicen por ahí”.
Con su papá ya poco se ve, aunque asegura que él le da todo: “me da plata, ropa y a veces me quedo a dormir allá, pero mi papá no me vende droga”.
Sin embargo, justo antes de continuar su camino con rumbo desconocido, Manuela hace una afirmación dolorosa y contundente: “con lo que estoy viviendo mi papá está pagando la maldad que hizo”.

Vivir la muerte
Ella, al igual que ‘El Flaco’, José Darío, ‘Gelatina’, Luz María, Julián, Ervin y otras más de mil personas en la ciudad, comparten una misma historia: ellos viven la muerte todos los días en las calles de la ciudad.
Su pasado, lo que eran antes de caer en ese profundo abismo del vicio, es lo que los diferencia. Aunque eso parece ya no importar. En las calles todos son ‘parceros’ y comparten la misma cama y el mismo techo: los andenes o cualquier rincón que les brinde abrigo y el cielo azul de Bucaramanga.
Vanguardia Liberal recorrió algunos sectores de la ciudad y además de evidenciar el alto número de habitantes de la calle, conoció un poco más de la vida de esas personas que como sombras, ante la indiferencia y el menoscabo de muchos, frecuentan los parques, aceras, entradas de las iglesias y los separadores de las vías. Les presentamos algunas.

De una familia pudiente, al frío de las calles
‘Flaco’, ‘Patón’, ‘Bobo litro’ son unos de los más de cinco apodos que le han dado en las calles a Juan Camilo*.
Su comienzo en el consumo de sustancias alucinógenas es tal vez como el de la mayoría: fumando marihuana.
De los 27 años de edad que tiene, cinco los ha pasado como habitante de la calle. Entre las sustancias que ha consumido se encuentra además el pegante y el bazuco, entre otras que prefirió no mencionar.
Tras los casi dos mil días que ha pasado durmiendo en andenes, tapándose con cartones o lo que le pueda dar calor en esas noches heladas, Juan Camilo recuerda con algo de vergüenza que hizo tres cursos en el Sena y estuvo tres semestres en la Universidad Santo Tomás estudiando Química farmacéutica.
“Vengo de una familia pudiente… he pensado en regresar a la casa pero es difícil lograr esa meta, muchos obstáculos me impiden volver. Todos los días los veo, ellos me buscan y a veces yo los busco; sé que sufren al verme así, pero es difícil regresar”, manifestó.
Ahora, el día a día de Juan Camilo se reduce a sobrevivir del reciclaje y vender cachivaches para mantener su dependencia al bazuco.

Se necesita más apoyo
Jorge Enrique Zafra Tristancho, agente profesional de la Policía Metropolitana de Bucaramanga y quien ha adelantado trabajos con esta población de la calle, reconoció el problema que existe en la ciudad aunque recalcó que el número de habitantes de la calle no se ha multiplicado.
“En Bucaramanga están los mismos, acá no es que se hayan reproducido. Es más, pienso que antes había un número mayor… Las cifras no deben preocupar tanto, debemos preocuparnos es por ayudarlos y hacer que se sientan en una ciudad con Ley”, manifestó.
El agente sostuvo que es un problema imposible de evitar a corto plazo, en largo plazo se puede lograr convertirlos en personas que reciclan: “podríamos hacer que ellos comiencen a pensar que tienen una responsabilidad, que hay reglas para ellos y tienen que cumplir normas”.
De acuerdo con Zafra Tristancho, se trata de “darles garantías para que se sientan apoyados y sientan que tienen un lugar donde se puedan bañar, cambiar o tener asistencia médica, ellos podrían estar limpios y contarían con un sitio para dormir y suplir sus necesidades primarias”.
En este momento la ciudad no cuenta con este tipo de programas o atenciones para las personas que habitan en la calle.
“Además de que se requiere que instituciones como la Policía y la Alcaldía se comprometan más en unir sus esfuerzos, hay que entender que este es un problema de toda la ciudadanía”, concluyó.

Una depresión lo llevó a la droga
José Darío León tiene 31 años y sin dudarlo un momento explicó las razones que lo llevaron a su estado actual:
“Mi mujer me dejó y por la depresión llegué primero al alcohol, luego probé la droga y quedé pegado”, afirmó José Darío quien cumple cinco años como habitante de la calle.
Aunque en una oportunidad se recuperó de su adicción y llegó a convertirse en uno de los líderes de un centro de rehabilitación, recayó  mientras intentaba sacar de las calles a algunos de sus ‘parceros’.
“He intentado dejar las drogas y las calles, pero es muy difícil... he tratado de muchas maneras pero es muy complicado”, concluyó.

De otras ciudades, a Bucaramanga
El clima agradable y la bondad de los bumangueses convierten la ciudad en un imán para la población en estado de calle. De acuerdo con censos de la Policía Metropolitana de Bucaramanga, el 60% de quienes deambulan por la ciudad provienen de otras regiones del país.
El inconveniente con la abundancia de generosidad, según los expertos, es que tanto las limosnas como la ropa de segunda que reciben de la gente son destinadas a satisfacer su dependencia a las drogas. Es decir, que termina enriqueciendo al ‘microtráfico’ de estupefacientes.
Julián Vergel es ejemplo de ello. Tiene 24 años y lleva siete en las drogas.
“Soy de Ocaña y allá conocí las drogas pero acá fue donde más caí… es una ciudad hermosa, mi pueblo también pero a Bucaramanga no la cambio. Acá tengo gente buena que me quiere ayudar y me colabora”.
Julián, quien se mantiene del reciclaje y de lo que le “toque hacer”, asegura que “Bucaramanga me lleva en la buena, en el centro me quieren mucho”.

Es posible cambiar de vida
Montado en su bicicleta, en medio de lo que se conocía como el ‘Mercado de las Pulgas’ y ahora es ‘La Calle de la Cordialidad’ (con unas cuadras más limpias y un poco menos intimidante que antes), apareció Joselito Jaimes.
Al verlo nadie pensaría que es uno de los pocos que ha logrado salir victorioso en su batalla por salir de la indigencia. Es más, su actual apariencia no demuestra nada de los 23 años que vivió consumiendo bazuco y viviendo en las calles.
“Estuve acá, en la zona de tolerancia, en la cuarta… es duro, ‘berraco’, la droga es cosa seria. Los pulmones, la dentadura, todo me lo dañó la droga”, manifestó Joselito.
De esos tiempos en los que llegó a pesar 42 kilos (ahora pesa 75), recordó: “Ya la marihuana ni el pegante me gustaban, sino la droga más dura, el bazuco... uno no duerme casi pensando en el día siguiente para fumar, duraba tres o cuatro días fumando y pasaba una semana sin comer nada. El cuerpo no me pedía comida”.
Si bien no para de dar gracias a Dios porque trabaja en construcción, tiene una esposa y ha dejado por completo las sustancias alucinógenas desde hace cuatro años, reconoce que para llegar a como está ahora tuvo que pasar por 15 recaídas.
“Al principio, tratar de dejarlo era duro, la comida le sabía a uno a droga. Todo le sabía a droga. Es como si el bazuco lo llamara a uno”, asegura.
Según explica, su visita ese día al lugar que antes frecuentaba para pasar días enteros drogándose tiene otro propósito: “al pasar por acá le da a uno tristeza porque fue algo que uno vivió… a los que anduvieron conmigo les hablo de Dios para que dejen las calles, yo salí gracias a él. Uno pierde muchas batallas pero no la guerra”.

15 años en las calles
“Yo fui soldador, trabajé seis años haciendo comidas rápidas y en lo último que trabajé fue haciendo gelatina… por eso me dicen ‘Gelatina’, no porque tiemble”, manifestó.
‘Gelatina’ tiene 15 años en las calles y quizá es de los que más tiempo lleva en esa condición. Además podría ser uno de los habitantes de la calle con mayor edad, al asegurar que tiene 47 años.
Al dialogar sobre su vida comenta con algo de resignación que “día a día es la misma rutina de siempre: salir, reciclar, venir a vender, aguantar insultos y ofensas de la gente porque está sucio, es vicioso o está llevado, comprar bazuco y salir otra vez”.
Entre sus vivencias, ‘Gelatina’ afirma que en ocasiones ha llegado a pasar hasta cuatro días sin dormir: “muchas veces uno se recuesta en cualquier lado y ahí queda. En el separador, en la 15, en la novena, en cualquier lado”.
‘Papá’, como también le dicen algunos de sus compañeros debido a la experiencia en las calles, aseguró que puso su pie en la indigencia desde que unos amigos suyos le recomendaron pasar las ‘borracheras’ fumándose un bazuco o ‘pistolo’.
En este momento ‘Gelatina’ sigue enganchado al bazuco aunque, con tono algo irónico, aseguró que ahora ni toma alcohol.

Cambiar la imagen que hay de ellos
La trabajadora social, Alejandra Díaz, advirtió que para poder generar un cambio social en el tema de indigencia primero se debe cambiar la manera en que se ve a esta población.
“Debemos verlos como seres humanos con problemas de narcodependencia, se debe generar conciencia de que son personas que están sufriendo y pasando por una situación bastante compleja y delicada”, afirmó.
Díaz explicó que “no se trata de tenerles pesar o lástima, o tampoco de menospreciarlos tratándolos de ‘desechables’. Hay que verlos como lo que son: personas con algunas dificultades que pueden superar su problema”.

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