Sábado 25 de Mayo de 2013
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Domingo 24 de Junio de 2012 - 11:40 AM

La historia que se esconde tras las fibras del fique

Jaime del Río/VANGUARDIA LIBERAL
La historia que se esconde tras las fibras del fique
(Foto: Jaime del Río/VANGUARDIA LIBERAL)
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Siete mujeres, en una casa de bareque de más de 100 años, pasan sus días elaborando sacos de fique. La tradición ha transcurrido por cuatro generaciones y a pesar de que sólo les deja para el sustento diario, ellas se resisten a abandonarla. Así se elaboran los sacos en la casa de las Rodríguez, en Villanueva.

ECarlina Rodríguez de Rondón camina bajo el brillante sol que ese día ilumina las calles color ladrillo del municipio de Villanueva. Su pelo blanco sobresale por los lados de la vieja gorra de jean que solo logra proteger su frente. Con sus manos de 82 años resguarda el resto de su rostro que se expone al astro dorado.

-¿Usted es Carlina, la que fabrica sacos?

-Para servirle sumercé.

-¿Me muestra lo que hace?

-Hay poquitico, pero eche pa’ dentro y le cuento.

La puerta de color verde aguamarina se abre. El amarillo de las paredes del bahareque, las vigas de caña entretejidas en el techo, el piso de baldosas verdes y blancas de los años setenta, el olor a humedad y también a leña y varios sacos tendidos en un rincón listos para ser entregados. Así se ve la sala que da entrada a esta casa de principios del siglo XX, que Carlina asegura le costó 150 mil pesos hace más de 30 años. 

Avanzando pocos metros y aprovechando que Ana de Dios, una de las hijas mayores, no cerró la puerta, entramos a la segunda parte de la casa. Allí se ubican los telares de cintura y los verticales, un torno eléctrico, ruecas y husos para hilvanar el fique y largas trenzas de esta fibra cuyo resplandor se roba las miradas.

Carlina es el reflejo de su casa. Vive internada en medio de las fibras beige-doradas que habitan pegadas a su desteñido vestido, en sus recuerdos y su corazón.

Ella soportó la época de sangre marcada por los enfrentamientos entre liberales y conservadores, la traída al mundo de sus 12 hijos y la muerte de cinco de ellos –todos varones–.  Se mantuvo con la siembra de tabaco, en una finca rentada tras la muerte de su esposo, y acompañó a su madre hasta que ésta cumplió 100 años y cinco meses de vida. Pero nada la pudo separar de la cabuya. Ésta le robó el corazón, y lo mismo hizo con las cuatro generaciones de su familia.

“¡Basta de renegar Carlina!”, provoca gritarle al escuchar sus relatos cargados de resignación y tristeza, porque no pudo hacer nada más en la vida que tejer sacos para guardar papas. Pero la brisa que entra por el patio trasero de la casa se lleva éste y tantos pensamientos y hace que la atención vuelva a las arrugadas y maltratadas manos de esta mujer que ágilmente, sin temor a equivocarse, acarician y entrelazan con sutileza cada mechón de fibra.

Tal vez Carlina y su familia tengan razón, pues son pocos los que hoy tienen una vida digna fabricando y vendiendo sacos de fique en Villanueva, cuando en el mercado existen toda clase de costales más resistentes y baratos. Pero el día en que su labor se apague – y poco a poco está ocurriendo–, sin que se haya hecho algo por recopilarla y contarla, serán muchos los que lamentarán no haber conocido un arte más de las tierras rebeldes de Santander, un arte como han sido los dibujos de los Guanes, los tejidos de Charalá, el cultivo de las hormigas culonas, la chicha y el cabro de Barichara y, por qué no, la preparación de un bocachico frito-sudado de Barrancabermeja.

La tradición

Diez años tenía Carlina el día en que sus padres la sentaron y la pusieron a escarmenar un mechón de fique. Nunca le dieron instrucciones, aprendió observando cómo su familia sacaba la fibra de la planta, la lavaban, la procesaban y la tejía con sus propias manos.

Unos 200 pares de sacos debían quedar listos en el transcurso de la semana, la cantidad suficiente para subsistir. Según cuentan algunos fragmentos de las historia de Santander, el fique tomó mucha fuerza a finales del siglo XIX cuando se dio el comercio del café desde el departamento a otras región. Así que era rentable dedicarse a la fabricación de sacos como lo hacía este hogar.

Con el paso de los años, Carlina y sus hermanos se apropiaron de la tradición y se unieron al negocio. Pero la guerra y los enfrentamientos entre liberales y conservadores sacaron a los hermanos mayores de Carlina de su casa y los mandaron a empuñar un arma. El negocio en aquel entonces se detuvo.

Cuando esta mujer tenía 13 años, la guerra se apaciguó. Años más tarde, Carlina se trasladó a una finca cercana a Villanueva con su esposo a criar a sus hijos. Sus días pasaban en medio del cultivo de fríjoles, tabaco y el arte de elaborar sacos de fique.

Tras enviudar, con siete hijas por mantener y pagando arriendo, el trabajo de Carlina se duplicó. Debía despertarse e iniciar las labores del campo a las 3:00 de la mañana. Entre cinco y seis libras de fique lograba sacar antes de que llegara el dueño de la producción a pedirle cuentas.

El proceso debía realizarlo de forma manual, pues según ella así se trabajaba en el campo: se metía la penca entre garabatos o hierros y se tiraba la cáscara. Poco a poco salían las fibras de color verde pálido.

“‘Bregaba’ muchísimo. Por más que le rindieran a uno no era capaz de sacar una arroba en el día. El fique maltrata mucho las manos y produce una sarna (alergia) tremenda, por el caldo verde que bota la mata. ¡Virgen santísima! A veces nos toca comprar un jabón de ocho mil pesos para quitarnos la sarna. Si no íbamos a terminar arrancándonos el pellejo de tanta rascadera contra la pared”, narra esta mujer.

Desde que Carlina y sus hijas abandonaron el campo y se trasladaron al casco urbano de Villanueva. Ana de Dios, Ofelia, María Luisa y Adela, y sus nietas Paola y Marlín, se refugian en la vieja casa y sólo se dedican a elaborar los sacos. Lejos de ella están Maruja y Rosalba, quienes hoy viven en la vereda de Ruitoque bajo y en el barrio Bucaramanga de la capital santandereana.

De la época de “despencar” la fibra poco queda, pues al comercio de Villanueva llegan los vendedores con las arrobas de hilo beige-dorado, listos para la venta.

Las traen desde el Cauca, pues según esta familia, por la región ya poco se siembra fique para elaborar los costales y cada vez les pagan menos por su producción.

“Hoy día más de uno tiene las uñas largas y quiere quedarse con todo. Toca mirar qué nos dispone Dios, si nos deja más o nos quita todo”, añade la matrona.

Lo que queda

El lunes entran las arrobas de fique a la casa de las Rodríguez. Cada una vale 28 mil pesos. Esta cantidad les permite elaborar ochenta sacos dobles, que luego, si tienen el visto bueno del comerciante, son entregados el día sábado y pagados a 2.200 pesos cada uno.

“La gente detalla mucho el saco, porque lo han desmejorado. Esto pasa cuando el fique escasea y se encarece. El problema es que la gente lo saca muy “ralito” (delgado) y por eso los rechazan”, cuenta Ofelia.

¿Sabe usted cuál es la medida exacta de un saco? Ofelia y Ana de Dios aseguran que un costal, para cargar un bulto de papa, por ejemplo, debe medir 85 de alto y 63 de ancho. Pero Carlina tiene su propia medida. “Usted se pone una punta del saco en la quijada y luego estira el brazo derecho en diagonal hasta donde le dé. Eso sí, si tiene el brazo cortico, pues perdió”, dice esta mujer en medio de las risas de sus hijas y nietas.

Carlina se soba la cabeza en señal de desespero y cuenta que por los lados de Mogotes y San Joaquín han arrasado con varios ficales (siembras de fique), porque el campesino prefiere sembrar café o maíz.

Ella se siente satisfecha con haber transmitido su arte a sus hijas y sus nietas, Paola (13 años) y Marlín (15 años), quienes aseguran que les gusta este trabajo, pero que deben seguir con sus estudios para salir adelante.

Las mujeres Rodríguez se despiden con una gran sonrisa. Aún no han salido de su asombro y no entienden por qué una cámara “grandota” y una grabadora “chiquita” entraron a su casa a revivir tantas “jodas” de su familia.

Lejos de este humilde hogar el panorama es distinto. Si bien es cierto que la siembra de fique ha disminuido en algunas zonas de la provincia Guanentina y que es necesario traerlo del sur del país, su uso se ha diversificado.

El fique que se siembra especialmente en las vereda de Mogotes y Curití está conquistando el mercado de Zipaquirá, Medellín y de Europa, especialmente de España, lugar que además de recibir piezas artesanales elaboradas en esta fibra, la compran por arrobas para elaborar toda clase de objetos, incluso para ser utilizado en la elaboración de pastillas anticonceptivas.

Tal vez Carlina y sus hijas no saben que el fique que llega del Cauca es más resistente que el santandereano y que por eso lo venden para fabricar sacos. A lo mejor estas mujeres desconocen que de estas tierras rebeldes brota una fibra noble y fina, que se deja trabajar hasta convertirse en un colorido bolso, muchas veces de colección.

Tal vez las Rodríguez sí conocen la maravilla de materia prima que tienen en sus manos, pero la falta de recursos y de formación, de un impulso económico, las ha dejado relegadas de las oportunidades que muchos campesinos de su región sí han tomado para mejorar sus vidas.

Dato

Desde 2007, el Ministerio de Agricultura impulsa proyectos productivos para incentivar la siembra de fique en departamentos productores como Santander.  A pesar de que el cultivo del fique se mantiene en la región, su uso se ha diversificado, especialmente en la fabricación de artesanías.

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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