El anestesiólogo Henry Cortés Pradilla se acostumbró a ver morir pacientes de todas las edades durante las cirugías, pero el día que llegó casi inconsciente al hospital y vio las luces del quirófano sobre su rostro, supo que su vida debía dar un giro.

Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
La enfermera jefe María Bernarda Vega, jamás imaginó que un abrazo y un café con leche podrían ser más efectivos que una inyección. Lo comprobó el día que una mujer a la que le diagnosticaron cáncer de colon, le sonrió y le agradeció por haberle cumplido su deseo de disfrutar de la bebida.
A la sicóloga Silvia Serrano Plata, siempre le pareció fascinante la muerte, pero a la vez le tenía miedo. “Las diosidencias” o coincidencias –como dice uno de sus amigos–, hoy la tienen frente a la misión de ayudar a calmar el dolor físico y del alma de pacientes terminales y de aquellos que sufren toda clase de males.
El trío hace parte de la Unidad de Alivio del Dolor y Medicina Paliativa de Los Comuneros Hospital Universitario de Bucaramanga. Entran a las 7:00 de la mañana a cada habitación del centro médico, con un botiquín cargado de palabras de aliento, terapias para sobrellevar la pérdida de un ser querido y conceptos sobre medicina paliativa, especial para pacientes cuyas enfermedades no tienen cura y requieren cuidado permanente.
Son testigos de firmas de testamentos, portadores de malas noticias, de peleas entre esposas y amantes por el cuidado del paciente; de las náuseas, el vómito y el estreñimiento que sufren algunos cuando se enteran que van a morir.
En algo coinciden los tres: “Lo más duro es responder la pregunta que todo paciente terminal hace: ¿Cómo voy a morir, doctor, y a dónde voy a pertenecer cuando me vaya?”.
Humanitarios
Silvia Serrano Plata asegura que ha llorado en la puerta de su casa tratando de dejar de lado los casos. Culpó a Dios el día que conoció a su primer paciente con cáncer –un bebé de 15 días de nacido–, revaluó sus creencias y trató de seguir lo que hacen muchos médicos, “no involucrarse emocionalmente”, pero no lo logró.
“Como esto me apasiona decidí abrazar a mis pacientes, besarlos, escucharlos, hablarles, encomendarlos ‘al de arriba’ –Dios–. Si no nos involucramos, no podemos hacer el trabajo”, dice la experta en sicooncología.
Henry Cortés Pradilla, experto en medicina paliativa, afirma que tal vez la misión más difícil es reunirse con las familias, llegar a acuerdos y convertir al paciente en el “protagonista” de esta dura historia. “Las familias conflictivas generan mucha ansiedad en los pacientes. Por eso debemos oírlos. No somos “lindos, amables o buena gente”, somos profesionales que nos hemos formado para esto”, explica.
“¿Cómo voy a morir? ¿Ahogado, de un infarto? ¿Voy a quedar bonito, morado o verde? ¿Qué hago para dejar asegurada a mi ‘chinita’ y que mis hijos no la dejen en la calle?”. Estas son las preguntas que hace un anciano, preocupado por el futuro de su nieta querida, que Silvia, Henry y María Bernarda deben ayudar a responder, durante horas de terapia con la familia de la víctima.
“Llevo seis años en la clínica como enfermera jefe y nunca esperé enfrentar la muerte de esta manera. El trabajo en equipo nos ayuda. Entendimos que el paciente tiene toda la libertad de expresar lo que siente y de preguntar. Debemos ayudarlo”, comenta María Bernarda.
A la entrega de medicamentos, las juntas médicas y las peleas familiares que estos expertos deben atender, se suma la confrontación religiosa que experimenta el paciente.
La mayoría busca refugio en Dios, vírgenes y santos, pero en el momento en que no ven mejoría, su estado de ánimo empeora. “¿Usted cómo actuaría si tiene las esperanzas fijadas ‘en el de arriba’ y éste, al parecer, le falla?”, pregunta la sicóloga Silvia.
“Si es el destino el que me puso aquí, puedo decir que mi carrera es lo más apasionante que existe y que cada día me encanta más”, remata Henry Cortés.
Por su parte, María Bernarda agrega: “Nosotros humanizamos el proceso de morir. Nuestra filosofía es que no sufren los cuerpos sino las personas”.
La voz de aliento
Mónica Álvarez Gómez, que llegó a trabajar hace cuatro años al Departamento de Pediatría de la UIS, ubicado en el sexto piso del Hospital Universitario de Santander, HUS, nunca antes había tenido contacto con la muerte más allá de los comentarios que le hacía su esposo, Miguel Gerardo Pérez, quien labora como funerario.
Esta auxiliar contable jamás imaginó que más allá de los horarios de los profesores y las matrículas de estudiantes, se iba a encontrar el llanto de un niño con hidrocefalia o cáncer de riñón, que iba a tener que escuchar a una madre desesperada y mucho menos que terminaría vendiendo vasos de agua a 200 pesos, para recoger dinero y ofrecer fiestas infantiles.
Su cambio de vida llegó el día que llevaba un proyector hacia una sala de juntas y vio que un niño no podía desayunar. Sus frágiles brazos estaban vendados y su cuerpo estaba envuelto en cables y conectado a una máquina que monitoreaba su corazón.
“Sentí que era mi hijo, que me llamaba llorando y me decía mami. Llegué llorando a la reunión con los médicos. Me dijeron que tenía que ser fuerte, pero estaba destrozada. Decidí darles una mano y sigo con mi misión”, añade.
Poco a poco ha aprendido a manejar las pérdidas humanas. La más reciente fue la de Mayerli, una joven que falleció a las pocas semanas de haber celebrado su fiesta de 15 años y que vivió durante siete internada en el HUS a causa de un cáncer. Mónica recibió la noticia en la madrugada a través de una llamada telefónica. “Por suerte nos alcanzamos a despedir”, recuerda.
“Cuando veo llegar a los niños con sus papás, me les acerco y los saludo. Los visitadores médicos me regalan bombas, crayolas, colores, hojas y juguetes que aprovecho para ganarme su confianza. Al final, termino siendo una amiga y un gran soporte. Algunas mamás me recriminan y me dicen que no les diga “la entiendo”, así que las dejo llorar hasta que se calman”, confiesa Mónica.
Por momentos esta mujer sueña que tiene en sus manos una lámpara de Aladino, que cada vez que la frota, la leucemia de Luis se convierte en un dolor de muela y que una falla respiratoria de Carolina es un resfriado.
En otras ocasiones piensa que quedarse no fue la mejor decisión, que le hubiera seguido los pasos a la antigua secretaria del lugar, quien al escuchar el llanto de los niños y ver los rostros desconsolados de sus padres, agarró el bolso y salió corriendo, dejando sobre el escritorio su renuncia después de medio día de trabajo.
“Creo que la compañía es lo mejor que les puedo brinda. En el fondo de sus corazones, estos padres saben que dieron todo por sus hijos y sienten calma. Para la muerte nadie nos prepara”, añade Mónica.
Una montaña rusa
Yeisi Gutiérrez Sánchez estuvo a punto de renunciar a su labor social el día que una mujer a la que había decidido alojar en su casa tras una larga hospitalización de su hija por complicaciones médicas, se fue de la ciudad sin dejar rastro.
“Por un momento sentí que se me dañó el corazón”, argumenta esta profesora, pues la mujer le dijo que era desplazada y que la niña era producto de una violación. “Un hombre se hizo responsable de la bebé y contó todo lo contrario. Ahora entiendo por qué muchas personas no ayudan a otros”, recuerda Yeisi.
Pero ella dijo “borrón y cuanta nueva”. Prefirió seguir apoyando a los niños que padecen cáncer, cuyas madres son cabeza de familia que deben trabajar todo el día y luego acompañarlos en la noche.
“Más que dinero, los niños con cáncer necesitan mucho amor, compañía y atención. A pesar de su diagnóstico, es gratificante entrar cada mañana a sus habitaciones y escucharlos decir “amanecí bien”, a pesar de que muchos tienen los días contados”, señala.
Yeisi no niega que su vida se ha convertido en una montaña rusa. No logra entender porqué terminó trabajando en el HUS y tampoco comprende los cuestionamientos de su familia, que le insiste que debe alcanzar su éxito como docente y no en lo que hace.
Ella insiste y sigue comprometida con su causa. Busca ayuda con los sicólogos del HUS, quienes le han dado pautas para descargarse emocionalmente con otras personas, contando los casos que ve a diario.
A diferencia de muchos, Yeisi ha entendido que ella “no es Dios”, que ante las puertas de la muerte es difícil dar un paso atrás y más “si no es uno el que tiene que pasar por allí”. Además, dice que poco a poco ha logrado convivir con cada caso y sobrellevar sus emociones. “Uno no está acostumbrado a ver morir niños. La sociedad nos enseña que ellos van a vivir y van a morir viejitos. Al estrellarse con esta realidad hay un choque sicológico fuerte”, confiesa esta madre.
Los días de esta mujer, como profesa el viejo adagio popular, “son de cal y de arena”. Si bien es cierto que las escenas de dolor superan las de felicidad, ella se alía con Mónica en la celebración de los cumpleaños de los pequeños internados en el HUS, y así la carga se hace menos pesada.
Por momentos desfallece y siente el efecto montaña rusa dentro de su cuerpo. Así le ocurrió el día del cumpleaños de Deiber, quien murió después de la fiesta que le organizaron al cumplir los 12 años.
“Lo celebramos con serenatas de mariachis y piano. Fue una fiesta inolvidable, pero siempre me ha pasado que al poco tiempo de la celebración ellos se van para siempre. Puedo decir que lamentable y alegremente uno se encariña mucho con ellos. Son los que más lecciones de vida nos dejan”, concluye esta trabajadora de la Asociación Amigos, que ayuda a personas de escasos recursos en el HUS.












