Región
Domingo 22 de julio de 2012 - 05:13 PM

El noble oficio de los ‘moreros’

Cerca de 300 familias de la vereda Planadas de Piedecuesta pasan sus días dedicados al cultivo de la mora. El fruto, que décadas atrás era sembrado sólo en una finca y que llegó proveniente de la Mesa de Los Santos, hoy es símbolo de la tradición de este pueblo campesino, que se transmite de generación en generación, con mucho orgullo.

El noble oficio de los ‘moreros’ (Foto: Nelson Díaz/VANGUARDIA LIBERAL)
El noble oficio de los ‘moreros’ (Foto: Nelson Díaz/VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE

La mora no siempre fue símbolo de unión en la vereda Planadas del municipio de Piedecuesta. Más de seis décadas tuvieron que pasar para que un hombre de apellido Barco compartiera algunos gajos de su planta favorita y que estos se esparcieran por estas tierras, de las que por aquellos días sólo emergían repollos y cebollas.

Dicen los que recuerdan el negocio que un hacendado de apellido Sandoval fue el que le ofreció una buena suma de dinero al señor Barco por la atractiva planta. Otros, incrédulos, aseguran que Sandoval no tuvo que hacer mayor esfuerzo, sólo comprarle parte de sus terrenos a Barco, sin que éste se percatara de que perdería su más valioso tesoro, traído de la Mesa de Los Santos.

Pero más allá de quién la sembró primero, lo único cierto es que la mora de Castilla se apoderó de las montañas de Planadas, sacó a la cebolla y al repollo, incluso a las vacas lecheras, y se posicionó en todo el territorio, como lo ha hecho el bocadillo en Vélez, el tabaco en Barichara y el pan en Aratoca.

Hoy de sus plantas de poca estatura, enredadas en tejidos de alambres, nacen frutos dulces y ácidos, de transformación multicolor, que pasa del tono verde al rosa pálido, del rojo mertiolate al rojo sangre y del morado al púrpura azulado.

Los niños traviesos, mientras las recolectan, echan no sólo uno, ni dos, ni tres frutos a la boca; toman docenas, que a pesar de generarles uno que otro ‘retorcijón antes de hora del almuerzo, les sube al rostro y les impregna las mejillas, como símbolo de lo saludables que son los muchachitos por esta zona.

Los adultos ya no pelean con las zarzas, las acarician, las tratan de forma suave y les hablan, para que les dé lo que para ellos es el mejor regalo de la naturaleza, una mora o drupa arracimada, que a lo lejos podría ser una fresa por su color, pero que al apreciarla con lupa tiene la apariencia de un pequeño ramillete de uvas que se niegan a separarse.

Los hermanos ‘moreros’

A menos de hora y media de Piedecuesta, escondida en las montañas que se alzan sobre la autopista que comunica a Bucaramanga con Bogotá, existe un desvío que si bien puede llevar a los viajeros hasta la carretera que comunica a la capital santandereana con la ciudad de Cúcuta, también conduce a la vereda de Planadas.

La mañana es celeste. La brisa es fría. La naturaleza se impone sobre el camino de manera uniforme, como si el humano la hubiera podado, pero según los campesinos del lugar “ella ha aprendido a acomodarse solitica”, para convertir sus tierras en un verdadero paraíso.

Los curiosos que siguen el rastro del ‘morero’ nunca se perderán rumbo a Planadas, pues las plantas de mora de Castilla aparecen de vez en cuando por la carretera, indicando el camino a seguir.

Gabriel Sandoval y su hermano Otoniel Sandoval suben casi sin aliento el empinado cultivo de mora de Castilla en el que han trabajado desde las 6:00 de la mañana. Ya han recogido el fruto y han dejado la planta sólo con los que deberán ser recogidos dentro de una semana, cuando ya logren madurarse.

Tienen el rostro, las manos, la ropa, el sombrero y la gorra manchados con mora. Quien no conoce que son ‘moreros’ podrían pensar que vienen de una fiesta estilo tomatina de Valencia, España, pero no es así.

La bonita mañana sólo da un cambio de nubes que pasan frente al sol y que luego siguen su rumbo, permitiéndole al curioso fijar su mirada en el firmamento azul sugestivo que cubre los cultivos.

Si Gustavo y Otoniel no hubieran sido ‘moreros’ serían ‘moreros’. Y no lo dicen en broma, lo dicen con la convicción que sólo tiene el campesino, cuyos antepasados le enseñaron no sólo a trabajar la tierra, sino a valorarla y a comunicarse con ella para conseguir el sustento diario.

Gustavo, tímido y a la vez sonriente, relata que toda su vida ha estado frente al cultivo de moras. Cuando era niño, este cultivador de 45 años recuerda que su padre lo mandaba a recoger cebollas, pero él no regresaba a su casa sin haber echado a la boca unas cuantas moras que crecían libres alrededor de los cultivos de los bulbos.

A medida que él y Otoniel crecían, sus padres les iban entregando su herencia en vida: pequeñas parcelas con unas cuantas plantas de mora de Castilla, que ellos debían hacer productivos en tiempo récord.

Y era fácil, como asegura Gustavo, pues la mora nace a diario, durante todo el año, sin parar, hasta alcanzar grandes picos de producción que dejan la libra en el mercado local hasta en 500 pesos.

“Por aquí nadie se queja del clima, pues como está ahorita estamos bendecidos sacando tres veces por semana varios camiones con mora, rumbo a Piedecuesta y la Central de Abastos, Centroabastos”, explica Gustavo.

Agradecido con la tierra

Planadas se eleva a 2.200 sobre el nivel del mar. Su temperatura no supera los 18 grados centígrados. Sus fértiles tierras entregan más de mil toneladas de mora al mercado local y al resto del país cada mes, que han recibido la suficiente luz del sol, en medio de terrenos quebrados, y que han marcado su dulce y ácido sabor.

No se le haga extraño ver plantas cuyo cogollo florecido  está enterrado en la tierra, pues es la técnica llamada acodo, que los campesinos utilizan para que la planta haga emergen más raíces y por ende, más plantas.

 “Las ‘nevazones’ –cielo nublado– y las heladas son nuestros peores enemigos. La mora es caprichosa, necesita de buen agua y de buen sol, pero nada en exceso”, añade este campesino, padre de cuatro hijos, que según él, esperan sigan el oficio de ‘moreros’ después de terminar sus estudios de bachillerato.

Otoniel, de 35 años, asegura que un agricultor puede recoger hasta 100 kilos de mora en un día. Claro, todo depende del número de plantas que tengan en sus terrenos y del número de jornaleros que pueda contratar para la recolección.

“Nosotros tenemos 2.500 plantas que nos permiten comer, tener todo lo que necesitamos y sacar adelante nuestras familias”, dice Otoniel, quien desde los 14 años es ‘morero’.

Las manos de este cultivador tienen marcadas las huellas zarzas, aruños que parecen provocados por un felino. Además, las uñas y todos los dedos manchados con mora.

Asegura que esto no le importa mucho, que así se la pasan todos en Planadas, que así bajan a comercializar sus productos a Piedecuesta y a cobrar el dinero de la venta.

“Uno le agarra cariño a esto por todo. Trabajamos todo los días hasta las 5:00 de la tarde y satisfechos regresamos a la casa con los hijos y las esposas. Muchos de los que vienen por acá dicen que en Planadas no pasa nada, pero creo que pasa mucho. Tener el fruto colgando de la matica todos los días y vivir de él es una bendición”, añade Otoniel.

Si bien es cierto que los cultivos de mora de Castilla en Planadas han sido amenazados por las heladas años atrás y que los agricultores debían recoger el fruto blando y podrido de sus tierras cada mañana, campesinos como Gustavo no se despegan de él y siguen trabajando por conservar la tradición.

Por algo es conocido como el ‘morero’ feliz, que en época de desdicha gozó como el desaparecido señor Barco, de tener la mejor producción de la zona.

Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE

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