
Ambos eran ‘primíparos’. ‘Puntillón’ y el ‘Uruguayo’ llegaban todas las mañanas a la entrada de Urgencias del antiguo Hospital Ramón González Valencia, así como lo hacía un séquito de funerarios, mal llamados ‘chulos’, en busca del cliente que ya no hablaba, no parpadeaba y mucho menos respiraba.
Era ridículo, comenta el ‘Uruguayo’ aún con su acento del sur. Daban pena los pobres ‘pibes’ que desesperados se tomaban de la ropa, se lanzaban improperios y hasta se agredían frente a la mirada atónita de los familiares que lloraban a su recién “muertito”.
‘Puntillón’ dice que a la hora de acostar a alguien en un cajón nadie es amigo de nadie, y él como era el más alto de todos, prefería esconderse para que luego las vendedoras de café y pan no lo molestaran haciendo mofa con su apodo: “Ahí va ‘Punti’, ahí va ‘Punti’ que se clava…”, recuerda.
El ‘Uruguayo’ se daba vuelta y se iba a buscar un tinto mientras lo ‘chulos’ se disputaban el cliente. Asegura que a muchos familiares llenos de dolor les cambiaba el semblante al ver tremendo alboroto y terminaban llorando, pero de la risa.
Él, con la tranquilidad que siempre lo ha caracterizado, ya sabía que en medio de la ‘rebuchina’ –gritería– no conseguiría más que un puño, así que se colaba por los pasillos hasta llegar a la cafetería del Hospital y esperaba el momento indicado para lanzar la pregunta: “¿Ya tiene quién le haga el servicio seño?”.
Era difícil que alguno de los ‘chulos’ pendencieros consiguiera un servicio fúnebre. Los familiares casi siempre los dejaban por funerarios más tranquilos como ‘Puntillón’ y el ‘Uruguayo’. “En ese tiempo el que tuviera más saliva comía más harina”, recuerda el ‘Uruguayo’ que hoy asegura, también es piedecuestano. “…Y yo, con mi acento, pues qué te diré… Como dicen los jóvenes hoy día, tramaba”, cuenta.
‘Puntillón’ afirma que muchos de los ‘chulos’ se iban a los extremos, incluso se daban sus mañas para cambiar las direcciones de las casas o de las funerarias donde debían entregar los cuerpos en los ataúdes. La pelea era bastante sucia.
Pero para este hombre, el destino de los ‘chulos’, los ‘guaras’ o funerarios está escrito. “Mi Dios le da a uno el don del trabajo que va a hacer toda la vida. Esos que ayer se peleaban los muertos y nosotros que también lo hacíamos –para qué se lo voy a negar– seguimos en las mismas, con los mismos carros ‘polichados’ y con el cabello más canoso. Mi Dios le dice a uno en los sueños “quédese con el muertico” y eso terminamos haciendo todos”, asegura ‘Puntillón’.
¿Quién es ‘Puntillón’?
Roberto Gómez Herrera –no Bolaños como dicen algunos– es más conocido en el municipio de Girón y en el mundo de los funerarios de Bucaramanga con el apodo de ‘Puntillón’.
Si ‘Puntillón’ tuviera la capacidad de cambiar la imagen gris de la muerte, la metería dentro de una sala de belleza, la maquillaría a diario con bases y polvos que promocionan actrices como Charlize Theron y Penélope Cruz, le delinearía la boca con lápiz labial máscara rojo pasión y exaltaría sus ojos adormecidos con pestañina y ‘enchurcador’ de pestañas.
Pero como no es el amo y señor de la ‘huesuda’ y mucho menos sabe en qué momento llega a robarse la tranquilidad de los que están emparrandados o con los triglicéridos disparados, él se conforma con que ella lo deje alistar al difunto para su despedida final.
“Hago un pacto con ellos y les hablo. No sé si me escuchan, pero les digo que se dejen arreglar, que la familia los quiere ver bien. Algunos no se dejan y por eso es que quedan con la boca abierta o como si estuvieran bravos”, asegura este funerario.
Desde los 14 años Roberto Gómez supo que sería funerario. Al mundo de las sombras lo indujo un familiar que tenía funeraria y que también embalsamaba a cadáveres.
A pesar de que quería ser policía, pues había prestado el servicio militar, se quedó con el oficio de funerario. Hoy ya completa 36 años frente a esta labor y dice que no se siente cansado, aunque confiesa que la muerte le impresiona desde el primer día que tuvo contacto con ella. “Mi primer muerto llegó de Rionegro con las dos manos amputadas. No podía acercármele, fue una muerte terrible la de este pobre hombre. Poco a poco comencé a tocarlo, se dejó maquillar. Así perdí el miedo”, comenta.
Tres mandamientos sigue ‘Puntillón’: Ser generoso con las familias que no alcanzan a reunir el dinero para pagar el funeral de su ser queridos, no preparar ni embalsamar a un familiar y no pelear por el servicio frente a los familiares del difunto.
Antes le molestaba que lo llamaran ‘chulo’, pero ahora ya lo ignora. “Si se fija, este es un trabajo de ocasión. La muerte no hace una lista todos los días y la manda por fax. Además, alguien se tiene que encargar de este trabajo”, comenta.
Para sobrellevar los malos comentarios de los imprudentes, ‘Puntillón’ les responde siempre de forma sarcástica. “Hace poco fui al levantamiento de un muerto en el Poblado, Girón, y una mujer que salió a mirar gritó: “¡Ya llegó el chulo!”. Le respondí: “Señora es mi trabajo, qué quería que llegara una panadería. Insisto esto es de carisma”, dice en medio de risas.
“Mi trabajo no es bonito, debo reconocerlo. Para mí, lo bueno en medio de todo esto es que puedo quitarle un poquito de dolor a la gente. No se puede olvidar que hoy día casi todo el mundo tiene seguro exequial, así que para qué pelear”, apunta.
Desde el sur…
Abandonó la finca de su padre donde pastoreaba ovejas y cultivaba trigo y maíz. A los 15 años se unió a un circo pobre que lo llevó hasta Montevideo, capital de Uruguay, y allí esperó hasta cumplir la mayoría de edad –21 años– para salir a recorrer Suramérica.
Llegó a Colombia y se radicó en Cúcuta. Allí formó una familia y crío a dos bellas muchachitas. Hoy, radicado en Piedecuesta, con una nueva pareja y cinco hijos más, espera encontrar los recursos necesarios para visitar de nuevo a su familia en el país del sur.
Pasan los años y Lucas Eduardo Lafont Santucho, más conocido como el ‘Uruguayo’, no termina de adaptarse a la muerte, pero a la hora de sobrevivir, como asegura, “tocó quedarnos con esto”.
Poco a poco fue conociendo cómo era “el maní del asunto” en materia de muertos, ataúdes, embalsamamientos y demás gajes del oficio. Se quedó como funerario y morirá siéndolo.
No tiene una funeraria propia, es empleado, pero esto no le preocupa, pues como él afirma “para qué inquietarse por lo material si cuando uno llega a un cajón y a una funeraria todo termina. La envida, la falsedad, el amor y la hipocresía, eso es lo único que queda… Nunca he visto el primer entierro con trasteo… Todo lo que tenemos en la vida es prestado”, expresa.
Al igual que ‘Puntillón’, el ‘Uruguayo’ también relaciona la muerte con una peluquería. “Aquí llegan algunos a llorar, otros a chismosear, a rajar del muerto, a decir qué feo quedó… Reparten fortunas y sacan calculadora para saber cuánto les puede quedar después de pagar las deudas en la funeraria. Lo mismo ocurre en la peluquería cuando usted va a arreglarse”, comenta Luis Lafont.
El ‘Uruguayo’ nunca le habla a los muertos y mucho menos los ha escuchado mientras duerme, ya que por cuestiones laborales habita en la funeraria las 24 horas del día. “Ninguno me ha dicho “usted me puso la camisa mal, le voy a halar las patas… A ellos hay que tratarlos con respeto, solamente. Quédese con un vivo y vera que al menos revolcado amanece”, comenta.
Si se le pide al ‘Uruguayo’ grabar en su memoria algo sobre la muerte, asegura que se queda con los momentos más cómicos de los que ha sido testigo durante sus 30 años de labores junto a la ‘huesuda’.
Grabaría para siempre la fervorosa entrega de rebozos que hacen los familiares de las abuelitas que a diario asistían dos y tres veces a la iglesia. Inmortalizaría en su mente el día que tuvo que ajustarle a un anciano en la cintura un lazo con 12 nudos, para que durante su travesía al purgatorio, se fuera azotando y a la vez, espantando a las ánimas.
También archivaría en sus recuerdos el agüero que nunca ha logrado comprender y al que ya no le busca explicación: Ponerle al cadáver cotizas y no zapatos, para que no se canse en su camino hacía el cielo.
“¿Cuál trabajo es bonito? Ninguno. Lo que pasa es que uno se adapta. De todas formas nadie trabaja gratis. Que lo busquen a uno para poder practicar lo que uno sabe como funerario, es lo que me hace feliz, poderle servir a la gente es un gran regalo que la vida me ha dado”, afirma el ‘Uruguayo’.


