Vanguardia Liberal acompañó a los recolectores de basura durante una jornada de trabajo y esto fue lo que encontró.

Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
Su corazón se aceleró. Su frente se cubrió de sudor, así como su cuello y espalda. Quienes lo vieron ese día aseguraron que sus ojos se brotaron, que su rostro se puso pálido y que el poco rosado de sus jóvenes labios se desvaneció hasta convertirse en un morado poco atractivo.
Era su primer día de trabajo y no podía quedar mal frente al resto del escuadrón de recolectores. Seis meses atrás se había prometido en las filas del Ejército que regresaría a Bucaramanga, que le daría un hogar a su novia y que lucharía hasta el cansancio por tener casa propia. Así que se empleó como obrero de construcción, pero alguien le habló de ser recolector de basura y prefirió lucir un overol de colores verde y amarillo.
Frente a la marcha del carro recolector Gustavo Adolfo Lopera tuvo que detenerse. Faltó poco para que el desayuno que había ingerido una hora atrás terminara sobre las botas del uniforme. Le faltó la respiración y no pudo fijar la mirada en un punto para buscar equilibrio. Los olores ácidos y pútridos se adueñaron de su olfato.
Tras recoger varias bolsas de desechos, de agacharse, levantarse, de oír los gritos de las señoras “¡espere, espere, no me deje con la basura!”, de ser atormentado por los ladridos de los perros y de seguir lo que hacían sus compañeros, Gustavo Adolfo se estabilizó.
El gesto de un pequeño de cinco años asomado por la reja de una casa, batiendo la mano y diciendo adiós, lo reconfortó. Así comenzó su trabajo como operario de aseo de la Empresa de Aseo de Bucaramanga, una labor que lo hace convivir ocho horas del día con la basura, que lo ha bajado 10 kilos de peso y que lo pone a correr en la jornada en busca de la basura ajena. Es así como desde las 6:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde, este hombre de 20 años se gana la vida y contribuye con la limpieza de la ciudad.
El recorrido
Restan 15 minutos para que los motores del carro recolector conducido por José Luis Ortiz inicie labores por barrios como Diamante II, Lagos del Cacique y zonas aledañas a la Plaza Satélite. Lo acompañan Gustavo Adolfo Lopera y Joaquín Escobar Beltrán.
La ciudad está gris luego del fuerte aguacero que cayó el pasado miércoles en la noche. A pesar de que las calles se ven limpias, ellos saben que la labor no será sencilla ese mañana, ya que muchos de los desechos abandonados en las esquinas deben estar regados a causa de la lluvia.
Desde los espejos retrovisores del vehículo Mercedes Benz de 600 millones de pesos, se aprecia la competencia entre Gustavo y Joaquín. ¿Quién recoge más bolsas? Nadie sabe… La forma de maniobrar los desechos despista a los curiosos que intentan contar las veces que se agachan y se levantan.
Cada uno tiene sus claves propias para alertar a José Luis de que la parte trasera del carro está llena. La clave para compactar los residuos es silbar.
José Luis va sentado frente al timón. Se ve tranquilo y cada vez que escucha las señales de sus compañeros oprime un par de botones. Sin embargo, mientras cuenta algunos pasajes de sus doce años como recolector, no despista ningún detalle que pase frente a sus ojos o por uno de los lados del vehículo. Conduce un carro de 15 toneladas, al que le cabe el mismo peso en basura, una responsabilidad a la que muchos le huyen.
A medida que avanza la mañana el tráfico se convierte en una pesadilla. Son pocos los conductores que les ceden el paso o los que esperan a que dé reversa. La mayoría pita sin parar, acosándolos. José Luis asegura que la gente no sabe que este es un vehículo de circulación lenta y que de vez en cuando debe detenerse en la vía para recoger la basura.
Ante esto, José baja la cara y piensa: “soy de caucho y lo que me digan rebota”. Es por esto que muchos prefieren el turno en las noches, pero el frío y el peligro de la calle no los deja trabajar con tranquilidad.
Frente a la iglesia de Lagos del Cacique, tal vez uno de los pasos más complicados por sus calles angostas, José Luis narra que empezó conduciendo una volqueta recolectora del municipio de Floridablanca, que no contaba con ningún sistema especial para la compactación de la basura. “Se quedaba enterrado en El Carrasco varias veces a la semana”, recuerda.
Hoy día dice sentirse alagado de conducir este carro, pues cuando la gente lo mira y se tapa la nariz –por el olor que expulsa–, él puede decirles mentalmente: “Ya desearían estar sentados en un carro de 600 millones de pesos”.
Las peleas con los usuarios no faltan a lo largo del recorrido. Muchos se quejan porque los recolectores no van hasta la puerta de las casas, porque no dejan completamente limpios los cuartos de aseo de los barrios o porque no pasan a la hora que ellos desean. Así que, además de lidiar con las inclemencias del clima, el mal humor de los conductores y los perros –tal vez sus enemigos declarados–, estos hombres deben estar atentos al llamado de sus supervisores, quienes reciben las quejas de los usuarios.
“Después de llegar a Cabecera e iniciar mi recorrido he tenido que regresarme a Lagos del Cacique por una bolsa de basura. Ese día no la vi. Estaba colgada de un árbol, que es donde mucha gente suele dejar sus desperdicios”, añade José Luis.
Perros, vidrios y más basura
Tras una pequeña parada en el sector de Hacienda San Juan, Joaquín Escobar Beltrán de 44 años cuenta que más difícil que lidiar con la basura y los malos olores es lidiar con los vidrios, las jeringas y sobretodo, con los perros.
Los recolectores aseguran que tal vez los perros se molestan porque han visto a sus amos sacar las bolsas y creen que ellos las están robando, pero nadie se explica por qué los ataques. Más de un recolector ha tenido que abandonar sus labores tras ser mordido por los canes, lo que marca el índice más alto de accidentalidad en esta labor.
“Me han mordido dos veces los condenados. Uno se quedó enganchado en la bota de mi pantalón y casi no me suelta. Ya nos produce risa”, relata Joaquín.
Durante el recorrido llama la atención que el vehículo se detenga a recoger ramas de árboles podados, escombros de obras de construcción y residuos distintos a la basura doméstica. A éstos se les conoce con el nombre de basura clandestina, de la cual se recogen en el mes cerca de 5.000 toneladas, y que son arrojadas sin control a las calles.
“Dejan salas completas abandonadas en las esquinas, colchones, mesas, sillas, sacos con escombros… la gente quiere que las recojamos de las esquinas pero no podemos, así que se hacen labores de limpieza general. Los lugares más afectados por esto son los retornos de la calle 45, vía a Chimitá, que debemos limpiar cada 15 días y no dan abasto con tanto mugre”, confiesa Joaquín.
A esto se suman las malas condiciones en las que se encuentran los cuartos de basura de barrios como Estoraques y Ciudad Venecia, donde los usuarios no respetan los horarios pactados para desechar la basura y la depositan a toda hora. “Allí uno se desafía con ratas y toda clase de animales. Lo más triste es cuando lo limpiamos y pasamos a la media hora, ya hay de nuevo basura. Se ha hablado con los líderes comunitarios para que ayuden en este trabajo y nada”, comenta Joaquín.
La disputa con los recicladores también es pan de cada día, especialmente en sectores como Real de Minas y Jardines de Coaviconsa. “Un día un grupo de recicladores se nos vino encima y quiso meter la mano al carro compactador para sacar los residuos”, cuenta este recolector.
Mientras los relatos avanzan, atrás va Gustavo concentrado en su trabajo. Es recursivo, no se le queda nada regado en las esquinas. Cuando ve que no puede recoger los desechos con la mano, se apoya en cartones y lata para juntarlos.
Las pesadas canecas de latas son un tormento para estos hombres. Para su desgracia estos recipientes son los más utilizados en los centros comerciales y conjuntos residenciales para depositar las basuras. Lo mismo ocurre en la Gobernación y la Alcaldía. “La gente las llena y las llena y no se percata que tenemos que alzarlas para vaciarlas. Es complicado. En algunos parqueaderos debemos amarrarlas a una soga y luego tirarla, porque no podemos levantarlas. Esto nos hace perder mucho tiempo”, añade Joaquín.
La despedida
Es hora de abandonar la máquina de 600 millones de pesos y que estos operarios ingresen al Carrasco a dejar su viaje de residuos. A pesar de que el turno se extiende hasta las 2:00 de la tarde, no siempre su labor termina a esa hora. Algunos días, como saben que ocurrirá durante las Ferias de Bucaramanga, deben abandonar las rutas de recolección y bajar hasta dos veces a este lugar para descargar los residuos, porque los carros no dan abasto. Luego deben retomar el recorrido.
“No lo podemos negar, somos “los feitos de los servicios públicos”, pero ¿quién puede vivir rodeado de basura? Tal vez si se pusieran en nuestro lugar tendríamos más consciencia con las basuras”, concluye Joaquín.
Otros datos
* 300 toneladas diarias de basura son recolectadas en Bucaramanga. En el mes, 4.000 toneladas clandestinas como escombros de construcciones, muebles abandonados y maleza también son recogidas de las calles de la ciudad.
* Según la empresa Proactiva, por ley el usuario tiene derecho a que la empresa de aseo recoja un metro cúbico (10 bultos aproximadamente) de desechos como escombros y maleza. Pasado este peso, el usuario debe pagar entre 12 y 15 mil pesos por metro cúbico.















