su inocencia, Ricardo demandó al Estado por los daños materiales y perjuicios morales ocasionados por la injusta detención. Sin embargo, la pesadilla persiste, ya que no puede ver a la cara a las personas que lo incriminaron sin sentir pánico. El protagonista de esta historia estuvo un más de un año tras las rejas por un crimen que no cometió, acusado por un testigo que nunca se presentó.

Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
Se oyeron varios disparos y el cuerpo del sargento Martínez* de la Policía Nacional, se desplomó en medio de la celebración. Ese día su hijo, quien se recibía como bachiller, tuvo que enfrentar el trágico momento rodeado de cientos de curiosos que vieron, según contaron las autoridades, a dos hombres que lo encañonaron y le robaron su último suspiro por un celular.
Cuando todo esto ocurría, Ricardo*, el protagonista de esta historia, descargaba huevos en una bodega del sector de Chimitá. No se fue del lugar sin firmar el registro de entrada. Jamás imaginó que esa firma, meses más tarde, le serviría como uno de los pases para cruzar la infinidad de puertas que tuvo que atravesar en búsqueda de su libertad.
Un tercer hombre, quien más adelante también terminaría vinculado a este relato, purgaba una pena en prisión y se reponía de la golpiza que un karateca, dueño de una academia de defensa personal, le había dado por pretender robarlo.
Tras varios meses de indagaciones para tratar de dar con el paradero de los asesinos del sargento Martínez, poco se obtuvo. Casi un año de pesquisas, declaraciones y allanamientos llevaron a concluir que el caso debía cerrarse. No obstante, un investigador de la Sijín decidió jugarse su última carta. Retomó el caso, realizó un nuevo trabajo de campo y aseguró haber encontrado una testigo clave que estaba dispuesta a identificar a los motorizados y llevarlos tras las rejas.
Ricardo, antes de entrar a esta pesadilla, estaba comprometido en un supuesto hurto de celular, pero nada había ocurrido. No tenía un proceso formal en su contra. Sin embargo, su rostro, como el del otro implicado en esta historia, figuraba en los álbumes de registro de delincuentes de la Sijín.
Fue entonces cuando todo se complicó. Ricardo y su supuesto “compinche” fueron acusados de homicidio agravado y llevados a prisión, luego de conocerse el testimonio de una mujer vendedora ambulante, que el día de la muerte del sargento Martínez dijo haber visto a estos dos hombres dispararle al uniformado en la entrada del recinto donde celebraba el grado de su hijo.
Tragedia y esperanza
Ricardo fue llevado a la Cárcel Modelo de Bucaramanga. El segundo implicado en este hecho se encontraba en una cárcel de Cúcuta.
Según cuentan los testigos de lo ocurrido, Ricardo, quien hoy cuenta con 25 años, perdió el apetito, bajó de peso y se volvió cada día más silencioso.
En un esfuerzo desesperado por sacarlo de la soledad y la depresión en la que se encontraba, su familia puso todo el empeño en que él recuperara su libertad y sobre todo, sus ganas de vivir.
La suerte en ese momento no jugaba a su favor. Por medio de su abogado se enteró que el investigador de la Sijín entregó direcciones y teléfonos de la supuesta testigo y que en pocos días debía enfrentarla en una audiencia.
Si el día de la muerte del sargento Martínez, Ricardo estaba trabajando y el segundo implicado se encontraba tras las rejas, como lo pudieron comprobar y demostrar sus abogados, ¿por qué el uniformado de la Sijín insistía en que la mujer los había visto asesinar a la víctima por un celular?
Ricardo llegó esposado a la sala de audiencias, escoltado por un guardián del Inpec. Su familia vio su delgada figura de 1.70 metros caminando por los pasillos del lugar, a la espera de lo peor. Pero nada pasó. La testigo citada para declarar ese día nunca apareció y tampoco se reportó.
“El primer sorprendido fue el investigador de la Sijín que llevaba el caso. Se llamó a los teléfonos que supuestamente había entregado la testigo y se le buscó en la dirección entregada y todo era errado”, recuerda uno de los familiares de la víctima.
Después de varios meses de sufrimiento, el universo comenzó a conspirar a favor de esta víctima de los falsos testigos. Incluso, el hijo del sargento fue llamado a declarar en una de las audiencias, pero éste, a pesar del dolor que sentía por la muerte de su padre, no pudo incriminar a Ricardo y a su supuesto compinche. “No puedo decir si fueron o no ellos los asesinos de mi padre. No los vi”, testificó el joven en los estrados judiciales.
“Durante la declaraciones en el juicio, el investigador comenzó a trastabillar. Primero dijo que había encontrado a la testigo en los alrededores del lugar donde ocurrieron los hechos, luego que la había entrevistado en el parque de Los Niños, porque casualmente alguien le dio el teléfono de la mujer para que ella confesara”, relató el abogado defensor de Ricardo.
En una de las últimas audiencias fijadas, en la que tampoco se presentó la testigo, el uniformado de la Sijín aseguró que ésta se encontraba en Cimitarra visitando a unos familiares y que por eso no había acudido a la audiencia, lo que generó aún más sospecha en el Fiscal, el juez y los defensores de Ricardo.
Libertad a medias
Un año, un mes y cinco días de suplicio vivió este hombre tratando de demostrar su inocencia. Al fin lo consiguió. La falta de pruebas por parte del investigador de la Sijín, la firma que Ricardo dejó plasmada en los registros de ingreso a la bodega donde descargó huevos el día de la muerte del sargento Martínez y la ausencia de la testigo clave en este proceso, le abrieron las puertas hacia la libertad. Tanto la Fiscalía como la defensa pidieron la absolución y se ordenó su salida de la Cárcel Modelo.
En la vida de Ricardo como de cientos de colombianos que han sido víctimas de los falsos testigos, quedan secuelas. A pesar de que este hombre demandó al Estado por los daños materiales y perjuicios morales ocasionados por la injusta detención, su vida no es la misma.
Tras lo ocurrido, Ricardo se empleó como mensajero de una empresa de construcción y trata de seguir su vida como antes. Sin embargo, su recuperación ha sido lenta y de mucho cuidado, pues sufre de depresión y asegura sentir pánico cada vez que ve cerca a un policía.
“Siento desconfianza y siento que me van a coger de nuevo”, añade.
Ni la familia, el abogado defensor, la Fiscalía o el Juez pudieron comprobar la verdadera existencia de esta mujer. “Al parecer nunca existió, pues nadie daba razón de ella. Se sugirió que podría ser una mujer que tenía problemas por expendios de drogas y que los uniformados utilizaban para procedimientos de esta naturaleza, pero esto jamás se comprobó y la defensa nunca pudo soportar este versión”, concluyó un testigo de este proceso.
*Nombres cambiados a petición de las fuentes.
Falsos testigos, más común de lo que piensa
Tras conocerse que Sigifredo López fue acusado por un grupo de falsos testigos como uno de los actores del secuestro de los 11 diputados de la Asamblea del Valle en abril de 2002, que luego fueron asesinados por las Farc en junio de 2008, la Fiscalía General de la Nación reveló su preocupación por el incremento de estos personajes inexistentes en procesos judiciales; incluso, en investigaciones relacionadas con la Ley de Justicia y Paz.
Como “el error judicial más grande en la historia del país”, calificó López su caso que nació tras revelarse un informe de inteligencia de la Policía Judicial, Dijín. Algo similar a lo que tuvo que vivir Ricardo, luego de que la Sijín de Bucaramanga anunciara que su “testigo estrella” lo había identificado como el autor del crimen del sargento Martínez.
Pero, ¿qué lleva a estas personas a declarar en contra de otros, incluso, de inocentes? Los primeros indicios revelados por la Fiscalía, especialmente por el caso de Sigifredo López, apuntan a que lo hacen para conseguir beneficios jurídicos y económicos, ya que muchos de los falsos testigos involucrados tienen deudas pendientes con la justicia.
Sin embargo, como afirma el abogado penalista Francisco Casas Farfán, tal vez el interés de sacar un positivo adelante, como ocurrió con el caso de Ricardo, o de tratar que la muerte de un policía o de otras víctimas no quede impune, podría estar llevando a las autoridades a involucrar a estos “testigos comodín” en casos donde los que terminan pagando son personas muchas veces inocentes.
*Nombre cambiado a petición de la fuente.













