Martes 29 de Julio de 2014
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Jueves 08 de Noviembre de 2012 - 09:45 AM

La historia de los caminantes que se perdieron en el Páramo de Berlín

Cortesía: Manuel Guacaneme/VANGUARDIA LIBERAL
En el Páramo de Berlín la temperatura va de cero a los siete grados centígrados.
(Foto: Cortesía: Manuel Guacaneme/VANGUARDIA LIBERAL)
Treinta y siete caminantes de Bucaramanga se perdieron en las montañas del Páramo de Berlín y vivieron momentos de frío extremo, con principios de hipotermia, angustia y miedo. La caminata terminó en una difícil experiencia. Esta es su historia.

Son las seis y media de la mañana del 21 de octubre y 37 caminantes se dirigen en bus al punto conocido como el Limonal, en el municipio de Tona. Una vez allí, inician el recorrido de ascenso hasta el Picacho, ubicado en el Páramo de Berlín, a 3.200 metros de altura sobre el nivel del mar.

La travesía es dirigida por un grupo de caminantes de Bucaramanga, que completaría con este el tercer recorrido de preparación para ascender al Nevado del Cocuy.

Con bolso al hombro, los caminantes conversan, van sonrientes y cuentan chistes, hasta cuando dos personas se agotan. Una de ellas es una joven con poca experiencia en caminatas y la otra una persona mayor. Ambos se muestran agitados.

Enrique Mariño Ortiz, de 62 años, siente que le falta el oxígeno, pese a que había salido en oportunidades anteriores con el grupo de caminantes a sitios más altos que el Picacho, como la laguna Negra de Vetas, que está a 3.900 metros de altura sobre el nivel del mar.

–No había dormido bien la noche anterior y suspendí una medicina importante por efectos nocivos de los químicos. Aún así me sentía con el cansancio normal para seguir la caminata –señala Enrique.

Después de caminar toda la mañana, comienza el recorrido de descenso, luego del almuerzo, sobre las 12 del mediodía. Los caminantes bajan, bajan y bajan durante dos horas, cuando los sorprende la lluvia. Quienes llevan impermeables, plásticos, sacos, bufandas y gorros logran protegerse. Sin embargo, el agua los golpea por todos los rincones y el frío comienza a ganar la batalla. Para no resbalar, algunos soportan el peso del cuerpo con palos, pero se forman lodazales en medio de la maleza, y es imposible no resbalar.

–Prácticamente bajamos como en un tobogán. Nos sentábamos y nos deslizábamos. Luego de descender mucho, pasó la lluvia. Llegamos a una ladera, cuando nos dicen: ¡Perdimos el camino! Y un guía quiso coger por la izquierda y el otro por la derecha –exclama Patricia Prada, caminante.

–No le seguí la cuerda al otro guía y decidimos con otras personas buscar paso nuevo hacia el Picacho. Ahí empezó la angustia –cuenta Manuel Guacaneme, guía que elige el camino hacia la derecha.

Adriana Patricia Gómez, caminante desde hace tres meses, cree que fue una –gran falla– saber que los guías no hicieron la precaminata con una semana de anticipación, para marcar los lugares y hacer el reconocimiento del trayecto.

–Critico a los dos guías que se separaron. Ellos tenían radios de comunicación, pero debió ser más un grupo compacto, porque la gente se puso tensa, y resultó una situación desconfigurada –señala Adriana.

Patricia decide llamar a su papá y le pide que se comunique con la Policía en Berlín, mientras el grupo de caminantes sigue disperso.

–Entra la llamada de un intendente que nos pregunta si sabemos dónde estamos, si vemos árboles, si tenemos celular con GPS. Enrique tenía uno pero no supimos manejarlo. El policía nos decía que si podíamos ver las coordenadas, pero no sabíamos cómo leerlas –acepta Patricia.

Viene la neblina y ahora están sobre la nada.

–Caminamos un buen trecho sin ver –recalca Manuel.

Juan Carlos Jiménez, caminante desde hace 15 años, asegura que de los 37 participantes en la caminata, seis no tenían experiencia y dos hacían recorridos por primera vez en su vida:

–Yo procuré ayudar a los que estaban con más frío y cansados–.

Todos están desesperados. Saben que están perdidos. Lucio Cordero, otro de los caminantes, encuentra dos viviendas en medio de la neblina.

–Saludamos a gritos, pero no hubo respuesta –cuenta.

Son dos casas abandonadas que están cerradas con candado. Hay tres perros encadenados, que tiemblan de frío y hambre. Uno tras otro, todos los caminantes que antes se habían dividido empiezan a llegar dispersos a las casas. Son las cinco de la tarde.

Hay cuatro menores, entre los 9 y los 14 años de edad, pero están tranquilos, porque han hecho caminatas difíciles desde hace cuatro años. Sin embargo, al igual que los tres adultos mayores, tienen principios de hipotermia. Entonces varios caminantes, como única salida, deciden violentar el candado de las casas. Adentro encuentran una cocina artesanal con leña. Los caminantes más experimentados encienden una fogata con fósforos que lograron proteger de la lluvia.

Manuel asegura que no estuvo de acuerdo con que se forzara el candado de la vivienda. Pero por su mente empieza a rondar la idea de que debían pasar la noche ahí. En ese momento, Juan Carlos pide a sus compañeros que guarden agua y comida.

Quienes cumplieron con las recomendaciones de los guías de cargar siempre dos pares de medias, dos pares de zapatos y varios sacos, se cambian de ropa. Los que no, tienen que hacer un abrigo humano.

–Todos buscan abrigo juntándose de a dos o tres para crear calor –recuerda Lucio– me pongo un segundo saco, con otros formamos un fogón humano y alguien dice ¡péguense como pingüinos!

Patricia insiste en que saldrán de ahí ese mismo día por lo que intenta comunicarse otra vez con el intendente de la Subestación de Policía en Berlín, Luis David Jerez Lozada, quien hace una hora había salido con otros tres policías hacia al sitio donde los caminantes debieron llegar a las dos de la tarde.

–Eran como las cinco y media de la tarde, nos preocupaba que en poco tiempo se oscureciera.

Estaba tremendo ubicar a alguien, gracias a Dios, de un momento a otro, logramos comunicarnos –dice el intendente.

– ¡Un avión acaba de pasar por encima de nosotros y veo luces! –le responde por celular Patricia.

–Nosotros también escuchamos el avión casi al mismo tiempo. Eso nos sirvió para saber que estábamos cerca de ellos– afirma el intendente.

Los cuatro policías descienden con linterna en mano por matorrales, sin sendero fijo.

–De un momento a otro vimos unas luces amarillas y blancas. Con las pocas linternas que tenemos y con el flash de las cámaras hacemos señas –asevera Manuel.

A lo lejos grita el intendente Jerez –Somos la Policía Nacional, ¿cómo están?

De inmediato sonaron los pitos que tenían algunos caminantes.

–Fue como si hubiéramos estado en el Titanic –confiesa Patricia.

Son las seis y media de la tarde. El intendente y otro compañero están quizás a 500 metros de las casas donde se refugian los caminantes. En ese momento hay discusión entre quienes quieren salir a buscar a los policías y quienes están temerosos de perderse de nuevo.

–Me voy con otras personas siguiendo la silueta del compañero, porque no veía

–señala Manuel.

–Nos arrastramos por vegetación siguiendo la luz amarilla –recalca Lucio. Y entre gritos –señala el intendente Jerez– logramos encontramos con cinco caminantes.

Otros dos policías se dirigen hacia las viviendas donde están las demás personas, mientras los otros caminantes empiezan el ascenso en zig zag por una montaña durante hora y media.

–Coronamos– señala Lucio, quien llega a las nueve y media de la noche con el primer grupo de caminantes.

En el sitio los revisa la Cruz Roja. Enrique es trasladado junto con los niños a una ambulancia. Él recibe oxígeno. Los demás comen bocadillo, beben agua y son dirigidos a una casa familiar donde les ofrecen mantas y aguapanela.

–Todos los males se pasaron en ese momento. Los que se quejaron estaban bien –apunta Manuel.

Ahí, se resguardan tranquilos, felices, hasta la media noche, cuando se dirigen en un bus de la policía hasta Bucaramanga.

Los 37 caminantes solo piensan en llegar a dormir en sus camas, mientras que

Enrique imagina cuál será su próxima travesía.

–Para mí –afirma Enrique– caminar se ha convertido en una necesidad, porque se ven paisajes muy bellos y cuando había una montaña pensaba en ¡tengo que ser capaz de subirla! Por eso, no voy a parar de caminar.

Control de caminantes

Manuel Guacaneme, miembro de la junta directiva del grupo de caminantes de Bucaramanga que se extravió en Berlín, asegura que no hay una resolución que condicione las caminatas en todo el territorio nacional, porque los senderos son públicos.

Lo que sí deja en claro es que el grupo debe cumplir con guías experimentados, que aunque siempre estarán en riesgo de perderse, debe informar sobre el tipo de geografía a la que se dirigen en cada recorrido, las condiciones climáticas y el tiempo de trayecto. También sugieren el tipo de ropa, medicamentos y alimentación que se debe llevar. Al igual, es obligatorio hacer la precaminata con varios días de anticipación.

Publicada por
Sully Catherine Santos H.
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