Viernes 1 de Agosto de 2014
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Viernes 09 de Noviembre de 2012 - 11:20 AM

La batalla que perdió la 'mica' en Bucaramanga

Tomada de internet/ Parroyov/ VANGUARDIA LIBERAL
La batalla que perdió la 'mic'a en Bucaramanga
(Foto: Tomada de internet/ Parroyov/ VANGUARDIA LIBERAL)
Y todo empezó por evitar una pulmonía. Antiguamente las viviendas de la ciudad contaban con pozos sépticos y carecían de baños internos. Una crónica a un objeto de aseo que perdió vigencia y que fue escrita hace un par de años. Un texto no recomendable para refinados de la higiene.

Quizás lo mejor sea empezar por decir que este elemento de tan baja reputación en los cachivaches de la casa, no sólo salvó a media Bucaramanga de enfermedades respiratorias en el siglo pasado, sino que en la actualidad su valor puede alcanzar, para algún coleccionista, los $5 millones.

Bacinilla, pato, envase de peltre, porcelana para hacer chichí, 'mica' con poder de bajar calzones, no importa cómo se le invoque por estas montañas, para cualquier generación seguirá siendo la eterna mensajera nocturna de los líquidos corporales.
Pero los días de este inodoro noctámbulo con capacidad de tomar la forma de las nalgas que la poseían, están en el olvido.

Al menos la última generación de abuelos la alcanzó a meter debajo del catre, así algunos no lo quieran reconocer en público.

Noche a noche, nadie negaba la utilidad de esta letrina portátil, el problema radicaba en la capacidad de hacerse invisible a la hora de utilizarla, más si se compartía habitación.

Y por mucha resistencia, no hay oídos que aguanten el sonido lento y delgado de un líquido cayendo sobre ese tiesto de peltre en la madrugada.

Por eso el uso del popular pato estaba sometido a ciertas reglas para garantizar el éxito de una empresa que debía jactarse de la mayor discreción.

Y no se hable de que tales maniobras, casi a ciegas (para esos años Bucaramanga carecía de energía eléctrica y las velas reinaban), representaban todo un purgatorio, incluso para quienes se creían los más diestros.

Y 60 años atrás

Tales instantes, bajo un silencio abismal,  eran toda una odisea, recuerda con cierta gracia, Lorena Pinzón, de 74 años, trayendo devuelta una noche bumanguesa ocurrida 60 años atrás.

“Una prima había llegado de visita de Bogotá. Estábamos en el mismo cuarto, yo tenía 13 años y ella era dos años mayor. Una noche le entraron las ganas y sacó bacinilla. El problema fue que no metió bien la 'mica' debajo de la cama. Quizá de lo dormida, no sé. Al levantarse en la mañana no se acordó de la bacinilla o no se fijó bien y con la pierna la alcanzó a voltear.

“Pegamos el grito cuando se regaron los miaos por todo el piso de la pieza y quedó ese olor penetrante...”, dice la mujer asomando una vivaz sonrisa, como si el tiesto volviera a derrumbarse en su memoria nuevamente.

¿Por qué una bacinilla?

Dicen que bacinilla que se respetara tenía peladuras por fuera, al lado de la oreja, fruto de excesos fisiológicos.

Y su importancia radicaba en que ahorraba algún resfrío que se podía pescar por aventurarse a salir al baño, que en ese entonces era un hueco en la tierra con algo de cal alrededor y un sentadero de palos de madera, para aligerar el riñón o los intestinos.

Este pozo séptico, por los lados del patio de la casa, debía ubicarse tan lejos como se pudiera de la nariz, pero tan cerca como exigiera el sistema digestivo.

El presidente de la Academia de Historia de Santander, Armando Martínez, aseguró que después de los años cincuenta la estructura de la casa contaba con un baño.

“La moda de que uno tenga el baño en la habitación es una invención norteamericana que se impuso después de la segunda guerra mundial y que empezó en Europa. Antes los baños eran huecos en la tierra. Simplemente hoyos.

“En las noches, normalmente a los seres humanos nos dan ganas de orinar. La pregunta entonces es: ¿cómo sale uno a las dos de la mañana por el patio buscando ese hoyo en la tierra? Era lógico que existiera un recipiente para recoger las aguas del cuerpo”.

Para Martínez, esta es una tradición heredada de la España del siglo XIV y XV, que Cervantes la refleja en el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha.

“En la mañana abría  la ventana y se tiraban las aguas. En México, por ejemplo, la calle tenía un canal y la gente antes de lanzarla debía gritar: ¡aguas!, para evitar un accidente.

“Hoy los jóvenes no saben cómo era ir al baño en las noches. Todo lo que había qué hacer. Era toda una historia. En la actualidad las cosas son más fáciles, pero años atrás no era tan fácil...”, sentencia Armando Martínez.

¿Y papel?

La decadencia de la bacinilla comenzó con la llegada del agua y el alcantarillado. El carisma de la bacinilla terminó por acabarse.   

En 1930 se le suministraba agua a 200 viviendas con un consumo promedio de 450 litros por segundo. Antes era necesario recurrir al llamado acueducto de “Tres Bes”: bobo, barril y burro (ya que en esos tanques inocentes bumangueses distribuían el líquido en pollinos), en las fuentes de agua de las Chorreras de Don Juan.

Para el sociólogo e historiador Emilio Arenas, la 'mica' fue un elemento imprescindible en cualquier hogar bumangués a principio de siglo, como lo puede ser en la actualidad una bombilla de luz.

“Los pozos sépticos eran unas estructuras muy simples hechas en madera, en loscuales no se conocía el papel higiénico. No, en ese tiempo no existía nada parecido para las clases populares”, enfatizó Arenas.

Y es que el papel higiénico como en la actualidad se le conoce, es un elemento de aseo relativamente nuevo, pues nació en Estados Unidos hace un siglo, y se tomó varias décadas para masificarse en Colombia.

Pero tras una rápida mirada al pasado, tal vez se piense que nunca hizo el hombre un mejor papel que cuando inventó el “suave y absorbente”.

En la antigua Roma se practicó el hábito de la limpieza, que hoy se asocia con el uso del papel. Una esponja amarrada a un palo y sumergida en un balde de agua salada, estaba a disposición en los baños públicos. Los usuarios debían compartir esta herramienta.

En Colombia encontraban muy útiles los libros y revistas de toda clase. Cuando los periódicos se volvieron cosa común en la sala de la casa, pronto se hizo del baño su segundo hogar.

Así lo recuerda, el historiador Emilio Arenas, al señalar que “el papel periódico fue un elemento que acompañó estos pozos sépticos, mientras en regiones rurales la única opción de aseo eran las hojas de las plantas”.

Claro, otra historia, claro está, tenía lugar en las clases pudientes que para nada sometían sus traseros a semejantes rigores, pues utilizaban algodón y tela. En algunos casos las 'micas' o bacinillas, en porcelana hacían juego con la vajilla y los populares escupideros.

Tales objetos lujosos, según aseguró hace unos años Salvador Pinzón Morantes, dueño un almacén de antigüedades de la ciudad, en la actualidad tienen un gran valor comercial si están bien conservados.

“Tengo una bacinilla en porcelana, en regulares condiciones, por la que pido $100 mil, pero una mejor conservada y más lujosa, se puede vender hasta en $5 millones”, a pesar de que en algún momento de la historia rebosara fragante del recinto corporal más bestial.

¿Todos tuvimos una?

Pero echando memoria, para muchos la 'mica' se convirtió en el retén obligatorio, nos guste o no, antes de llegar al excusado como niños independientes.

Y aunque sicólogas como Sandra Milena Serrano Mora, rescaten los buenos beneficios de este elemento para el proceso de control de esfínteres, las misma profesional admite que la popular bacinilla (esa que se consigue de plástico en el centro en $15 mil)  para “los nuevos papás pasó de moda”.

Serrano Mora aseguró que en la actualidad se utiliza una especie de inodoro más pequeño que se adecua con facilidad a la letrina para adultos.

“A los niños les gusta más y es más práctico en términos de transportar desperdicios”, concluye Serrano Mora.

Aún así, según Candida Pérez, administradora del almacén El Viboral, tradicional negocio para la compra de 'micas' desde hace 65 años en Bucaramanga, “si bien ya no se venden muchas como años atrás, al mes estamos despachando 24 bacinillas esmaltadas”.

Las otras, las que recuerdan los abuelos, están pérdidas en el cuarto de las baratijas olvidadas o fueron jubiladas en el lavadero de la casa con una planta de millonaria adentro.

Casi nadie recuerda la última vez que utilizó una 'mica', menos si alguna vez lo sentaron obligado e hizo pataleta, por eso la noticia de su derrota histórica no tendrá mayor sabor.

Pero los veteranos, los que recuerdan las idas al hoyo del patio bajo incipiente la luz de una vela y un frío espantoso, saben muy bien lo que convoca la popular, maltratada y siempre servicial 'mica', conocida por estos lados criollos como “panosa”: pa' no salir de noche’.

Publicada por
JUAN CARLOS GUTIÉRREZ
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