Sábado 20 de Diciembre de 2014
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Miércoles 14 de Noviembre de 2012 - 04:10 PM

Los cazadores del oro que esconde Bocas

César Flórez/VANGUARDIA LIBERAL
Pedro transita a diario los túneles del sector de Bocas buscando oro. Como él, desplazados que viven en el Café Madrid y del Pablón, bajan cada día al río Lebrija en busca del metal.
(Foto: César Flórez/VANGUARDIA LIBERAL)
La búsqueda de oro que llevó a los europeos en 1492 a cruzar cinco mil kilómetros de desconocidos océanos, a enfrentarse a extrañas criaturas de la América Meridional y a escribir las Crónicas de Indias, 500 años después fascina a campesinos, desplazados y habitantes del norte de Bucaramanga, quienes buscan en las montañas y ríos que atraviesan esta zona el metal dorado.

Noto todo es pobreza, desolación y malos olores en los alrededores de las casas de tabla del Café Madrid, en el norte de Bucaramanga, ubicadas a escasos metros de los túneles por donde pasaba el sistema ferroviario, en el sector conocido como Bocas. 

La magia se apodera del lugar y de algunos habitantes que desprevenidos transitan por las calles o se posan en las esquinas, sin nada por hacer, y que escuchan a los forasteros preguntar: “¿Es verdad que estas montañas y este río esconden oro?” 

Algunos, sin saberlo, imitan al desaparecido noble italiano Antonio Pigafetta, el principal geógrafo y cronista sobreviviente de la Expedición de Magallanes –mencionado por Gabriel García Márquez durante su discurso el día que recibió el Nobel– y le dan rienda suelta a sus relatos.

Los campesinos, desplazados y desempleados de esta zona, a diferencia de Pigafetta, no hablan de haber visto “cerdos con el ombligo en el lomo”, y mucho menos de un “engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo”, hablan de sus aventuras por el río Lebrija, la belleza que lo envuelve a pesar de su contaminación y de las riquezas que este, al igual que sus montañas, les brinda.

Los ‘buscadores de tesoros’ de Bocas hablan del oro que emerge de la naturaleza, de la posibilidad que les da el metal de tener un sustento diario y especialmente de la envidia que los está enfrentado por un tesoro que no tiene dueño y que, de vez en cuando, los hace recurrir a toda clase de artificios con tal de quedarse con unos cuantos gramos.

Lo asegura Isidoro, quien habita en una casa de tabla forrada en plásticos y encerrada por la maleza. Él dice que últimamente el oro desaparece de sus paños después de que es sacado de las montañas o de las playas. Afirma, como muchos de los que trabajan sacando el metal de manera artesanal, que todo es producto de una maldición.

“Llega uno a la casa, destapa los paños y no hay nada. Nos echaron un conjuro que no sabemos cómo quitarnos. Es un hombre que prefiero no mencionar, pues es tanta su maldad que tal vez con invocarlo, hoy no encuentre nada de oro en la playa”, asegura este hombre. 

Cuenta el minero artesanal…

“Ser minero es mágico. Si una peña tiene oro, me llama. Es una energía especial que muy pocos tenemos. No crea, se sufre mucho al tener este don, es como llevar un pesado amuleto colgado en el pecho. Se sufre, pero también se maravilla con el brillo del oro.

He sido minero desde los 14 años. Soy de Casanare y terminé por cosas de la vida comprando terrenos en la Serranía de San Lucas, zona del sur de Bolívar, donde el destino me impulsó a ejercer esta labor.

Tenía una extensión de 1700 hectáreas hasta 1995 cuando la guerrilla me quitó todo y me desplazó. Recuerdo que sacaba dos kilos de oro cada ocho días y esto me permitía darles empleo a muchas personas.

Por querer pelear por lo que era mío y por no participar en ‘chanchullos’ de los políticos, casi me matan. Tuve que buscar refugio en la frontera de la amazonía brasilera, donde estuve 13 años y logré nacionalizarme.

Allí conocí a mucha gente que trabaja en esto oficio y le hablé del oro que tenemos por estas tierras. Un  hombre se hizo mi socio, pero no encontramos respaldo en ese país para ejercer la minería.

Pero vea, no me lo van a creer, busqué trabajo formal y no me dieron. Todo porque tenía 40 años. Seguí la ruta de lo legal, me empleé en una finca aprovechando los conocimientos que tengo como técnico agropecuario, pero me ofrecieron 10 mil pesos por mi labor diaria. ¿Eso a quién le alcanza?

No me pregunten por qué. Tal vez por el llamado de la naturaleza, terminé en Bocas, transitando a diario por la orilla del río Lebrija y los viejos túneles plagados de murciélagos, animales muertos, mariposas y un aire cálido y frío. Aprovecho la playa del río para bañarme y sacar oro. Logró llevarme a mi casa entre 30 y 40 mil pesos diarios y así mantengo a mi familia.

El panorama es gris para muchos de los que ejercemos esta labor, pues un desgraciado, un brujo y hechicero, que vive al otro lado del río, pasando el segundo túnel antes de llegar a la vereda El Conchal, se ha encargado de espantarnos el tesoro. Apenas nos siente en la orilla del río o nos ve recostados a la loma, saca cosas raras al potrero y el oro se esconde. Parece increíble, pero es así. No se conforma con cuidar a sus vacas, se quiere quedar con todo.

Además de los conjuros, nos manda a la Policía en caballos, a funcionarios de chalecos y gente en camioneta, que al ver que tienen que cruzar el río, se devuelven. “¡Qué va!”, decimos muchos, a lo mejor hacen la ‘paparrucha’ de venir hasta acá, porque saben que por esta zona hay varios mataderos clandestinos de caballos y fincas con bestias encerradas, y de paso legalizan sus ‘vueltas’. Quién sabe. Claro que esto es otra historia.

No crea, nosotros también nos defendemos. Yo, por ejemplo, cargo un péndulo que me indica dónde está el oro, dónde debo buscarlo y esperarlo. No soy envidioso, comparto mi recorrido con los campesinos que también vienen a escudriñar. Si hay para uno, hay para todos.

Creo que hemos descubierto un método para bloquear las malas energías del fulano malintencionado que nos quiere dejar sin el sustento. Cuando se azoga (amalgama) el oro con el mercurio y se hace una pequeña bolita, de inmediato hay que pasarlo por el fuego unos segundos. Así, cuando se lleve a la casa, aparece intacto en el paño y queda listo para la venta. El calor del fuego corta las malas energías”.

¿Especulaciones o realidad?

Campesinos y desplazados como Isidoro y Pedro, quien narró la anterior historia, aseguran que esta actividad es inofensiva, que no perjudica a nadie y que sólo quieren ganarse la vida.

La situación, aunque no ha pasado a un conflicto mayor, tiene en alerta a las autoridades policivas y ambientales, quienes aseguran que los riesgos en materia de seguridad y de daños al medioambiente son altos.

Según el ingeniero de la Subdirección de Evaluación y Control Ambiental de la Corporación Regional Autónoma para la Defensa de Bucaramanga, Cdmb, Carlos Lazo, se realizó una visita a un terreno azotado por los explotadores ilegales de oro y se encontró un deterioro significativo en varias montañas, lo que en época de lluvias generaría derrumbes y desestabilización de las zonas aledañas al río Lebrija.

Por su parte, el comandante de la Policía Metropolitana de Bucaramanga, el general José Ángel Mendoza, asegura que un ciudadano, dueño de uno de los terrenos explotados, denunció la invasión de sus predios y el caso es materia de investigación por la Sijín.

“Desde hace un mes se le hace seguimiento al caso, pero hasta ahora no hemos encontrado a ninguna persona invadiendo el lugar o buscando oro. Al parecer, es una actividad que se hace de manera artesanal. No se ve el rastro de grandes máquinas”, añadió el General Mendoza.

Mientras se resuelve la situación, Isidoro, Pedro y otros ‘buscadores de tesoros’ aseguran que insistirán en su labor, pues la tierra aún no les ha entregado la recompensa, ese premio que aunque casi se agotó con la llegada de los europeos al territorio de América del Sur hoy, 500 años después, sigue embrujando a los que caminan por la vieja la vía del tren, en busca de su brillo.

¿Sabía usted que…

Según la Contraloría General de la República, el 80% de las minas de carbón, oro y materiales para la construcción que existen en Colombia son ilegales?

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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