Jueves 21 de Agosto de 2014
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Martes 08 de Enero de 2013 - 05:06 PM

Las vidas detrás de ‘los invisibles’ que habitan las calles

Javier Gutiérrez/VANGUARDIA LIBERAL
Las vidas detrás de ‘los invisibles’ que habitan las calles
(Foto: Javier Gutiérrez/VANGUARDIA LIBERAL)
Detrás de los mal llamados indigentes, su mal aspecto, su adicción a las drogas y el alcohol, se esconden personas que tienen una historia de vida, pero cuyos protagonistas prefieren ocultar. Sin embargo, existen personas que se dan a la tarea de conocerlos, seguirlos y prestarles atención en el momento que lo necesitan.

Dormido sobre un cartón dispuesto sobre un charco de aceite de cocina y aguas negras, está un joven de 16 años, oriundo de Piedecuesta, en la esquina de la carrera 15 con calle 34, junto a una panadería. Desde muy pequeño escapó de su casa y dice que nunca regresará.  

Por el lugar también pasan dos hombres, uno de ellos, de 22 años, asegura que es de Arauca, que recuerda sus días como soldado profesional, así como el día en que todo cambió, tras la muerte de su mamá. Comparte un trozo de pan con su compañero de calle, que tambalea y se orina, sin parecer percatarse, mientras intenta escuchar la historia.

El centro de la ciudad termina de despertarse a las 7:00 de la mañana. El humo de las busetas cubre todo a su paso. Lo mismo ocurre con los olores que a esa hora impregnan el ambiente. Esto parece no importarle a ‘los invisibles’, quienes con el paso de los años se han vuelto inmunes a la inclemencias del clima, al peligro de las calles, al desprecio de los ciudadanos y a la indiferencia de las autoridades de turno.

Sin embargo, a Jorge Enrique Zafra Tristancho, miembro de la Policía Metropolitana de Bucaramanga,  esta realidad no ha dejado de conmoverlo. Lleva siete años ‘calle arriba y calle abajo’, ofreciéndole una nueva oportunidad a cada uno de los hombres que ve tirados en un andén. Reconoce que no muchos lo han escuchado.

Todos los días los levanta de la puerta de los locales comerciales, de los separadores del sistema Metrolínea, trata, de donde estén. Busca alejarlos de los problemas y hablarles al oído para que piensen, una vez más, en abandonar esta dura vida.

¿Recibe algún pago por esta labor? “Soy policía y por eso es que me pagan, pero no puedo seguir viendo a un ser humano cuya vida se acaba en las calles sin que se haga nada”, asegura.

Los que están en la calle

Según datos entregados por la Secretaría de Desarrollo Social de Bucaramanga, la ciudad tiene identificados 846 habitantes de calle, que tienen documento de identidad y régimen subsidiado de salud. Sin embargo, muchos no figuran dentro de las estadísticas y como algunos de los que hacen parte de esta historia, no les interesa cambiar su vida.

Muchos, en su mayoría jóvenes, afirman que han olvidado cómo llegaron a las calles, que no tienen contacto con sus familias y que algún día, “por gracias divina”, saldrán del infierno en el que viven.

Una de estas historias es la de Carlos, de 27 años, y la de Jeniffer, de 22. Se conocieron en la calle y son novios desde hace seis meses. Jorge Enrique los observa acostados y abrazados, junto al portón de una ferretería de la carrera 15 con calle 30.

Se escuchan los ronquidos de ambos hasta que dan un salto ante la voz de Zafra. “Amigos, buenos días. Por favor levántense, llega el dueño del local y los saca. Vayan a las duchas del parque Centenario y busquen ropa limpia”.

Carlos trata de reconocer la cara del policía, pero el sueño lo domina. Jennifer, por su parte, abre los ojos y salta persiguiendo una chancleta vieja que le hace falta y busca en medio de sus senos unas monedas que guarda desde la noche anterior.

“Carlos, ¿le gustaría cambiar su vida e internarse en un hogar de rehabilitación?”, pregunta Zafra a este habitante de calle. El hombre entusiasmado dice que quiere ir a Hogares Shalom, uno de los pocos centros de atención que recibe a los habitantes de calle y les ayuda en su proceso de rehabilitación; sin embargo Jenifer, furiosa, se aferra al cuello de su amado, lo besa y le grita que no lo dejará ir. “Él es mío y no va para ninguna parte, ¡no jodan más con esa vaina!”, exclama la joven, quien lleva once años deambulando en las calles, lo que le ha dejado un solo un diente en su encía superior.

Zafra se despide de la pareja. “Con ellos el trabajo será duro, pero hay que insistir”, comenta.

Un sueño por cumplir

Durante el recorrido por la carrera 15, la avenida Quebradaseca, la ‘calle del cartucho’ (carrera 14 entre calles 28 y 29) y el parque Centenario, el uniformado de la Policía Metropolitana de Bucaramanga saluda a hombres y mujeres habitantes de calle que se encuentra a diario.

“No busco rehabilitarlos o sacarlos de la calle. Lo que busco es que crearles normas, que ellos entiendan que no deben hacer sus necesidades en las calles, que deben respetar el espacio público y sobretodo, que deben estar limpios”, explica Zafra.

Es el turno para hablar con César y Jhon, quienes van apurados con varios cartones, sin rumbo. “Muchachos, ¿para dónde van?”, les pregunta el uniformado. Ambos jóvenes, de 20 y 22 años, se asustan con el llamado y creen que los van requisar. “Señor agente tranquilo, no tenemos nada, estamos buscando el desayuno”, le dicen a Zafra.

Minutos después están más calmados y deciden hablar de sus vidas. César cuenta que es del barrio La Joya y que su familia se cansó de buscarlo. “Uno se busca sus propios males y yo soy ejemplo de que la curiosidad mata, porque así llegué a las drogas”, confiesa en medio de risas.

“Yo me llamo Jhon y tengo una hija de 4 años”, dice el otro joven. “Cuando quiero ver a la niña me interno en un hogar de rehabilitación, me baño, me limpio. Mi exesposa me la lleva… Llegué a las drogas por las penas de amor y porque usted sabe, el diablo es puerco”, cuenta.

“Una buena ducha, un plato de comida y un cambio de ropa les sentaría bien”, afirma Zafra mientras los ve partir.

En la ‘calle del cartucho’, en la carrera 14 entre calles 28 y 29, se ven más cuadros de estas vidas llenas de tristeza y soledad. Allí están los habitantes de calle que se dedican al reciclaje y que mientras esperan a que se abran los locales que les compran cartones, plásticos y botellas, beben aguardiente barato, fuman cigarrillos, se pasan una pipa con bazuco o apuestan unas cuantas monedas.

“Cuando empecé a trabajar en esta calle, muchas personas me dijeron que estaba loco, pero yo sé que no es así. Alguien debe encargarse de este trabajo y si no van a invertir en centros de rehabilitación y profesionales para que los saque de las drogas y las calles, al menos debemos procurar que estén limpios y que poco a poco acepten un cambio”, añade Zafra.

Un joven de 17 años y otros entre 20 y 24 escuchan hablar al uniformado y se ríen. A Zafra esto no le incomoda y asegura que así es casi siempre. “Muchachos, ¿a ustedes no les gustaría tomar una ducha para que alguien los pudiera abrazar y les diera un saludo?”. Algunos dijeron que sí.

En ese momento los gritos de una mujer interrumpen la tranquilidad en la cuadra. Mide aproximadamente 1.70 metros, tiene el cabello corto y de color negro y la dentadura blanca. Solo viste un cachetero y un trozo de trapo atado con un nudo le cubre el pecho. La mayoría de su torso tiene cicatrices, que parecen quemaduras. Zafra se le acerca y la saluda.

“Quite de acá, yo no lo llamé. Qué quiere saber de mí, no le voy a contar nada, no haga estorbo”. Zafra insiste, pero ella no quiere escucharlo. En ese momento el policía nota que la mujer tiene una herida grave en la planta del pie y le dice que si quiere atención médica.

“No se preocupe que yo me curo sola. Todas las mañanas me estoy echando saliva en ayunas para que me sane la herida. ¡No sea sapo!”, le grita.

Ser parte de la solución

Según la Alcaldía de Bucaramanga, en 2012 rescató de las calles a más de 110 habitantes de calle. No obstante, a pesar de los esfuerzos, la alimentación y la atención médica que les brindan, muchos retornaron a las drogas y abandonaron los tratamientos.

Jorge Enrique Zafra asegura que lo que hace falta es cambiar la mirada hacia el habitante de calle.

“Calificamos a los habitantes de calle como seres invisibles, como si no nos importaran, pasamos por su lado y es como si no los viéramos. Tenemos que trabajar y ser parte de la solución y no ser un obstáculo”, afirma este hombre.

“Me angustia no poder sacar a estos seres humanos de la basura donde están. Mientras recorro la ciudad y cada vez que puedo estar cerca de los mandatarios locales, les digo que debemos emprender una campaña y acabar con al entrega de limosna.

“Debemos crear un bono solidario, donde el habitante de calle vaya a un lugar específico y se le entregue comida, ropa limpia y un lugar seguro para dormir.  Es difícil querer salir de la mendicidad si no se tiene una  oportunidad tangible”, concluye el uniformado.

DATO

* 846 habitantes de calle, según la Secretaría de Desarrollo Social de Bucaramanga, fueron carnetizados en 2012 en la ciudad.

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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