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Jueves 07 de Febrero de 2013 - 11:53 AM

Cuando Santander tenía tren

Archivo/VANGUARDIA LIBERAL
Cuando Santander tenía tren
(Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)
Escribir un nuevo capítulo en la historia de los ferrocarriles en la región no es descabellado para muchos, y menos después de que se conoció la noticia de que Santander tiene vías férreas para rato. Viajeros, trabajadores de las estaciones y operarios del ferrocarril abrieron el libro de los recuerdos y le contaron a Vanguardia.com lo que era vivir una aventura sobre rieles.

El tren pasó, pero nunca se fue de la región y mucho menos de los corazones de cientos de santandereanos que disfrutaron del ruido de las locomotoras, de los gritos de los vendedores de helados de palito, refrescos y empanadas; de las ráfagas de aire cálido que parecían tumbar las ventanas de los vagones y que por momentos apaciguaban los 36 grados de temperatura que alcanzaba el clima que enloquecía a más de un viajero.

En la mente de muchos permanecen los paisajes marcados por los matices cálidos, el despertar y la puesta del sol en medio de las áridas sabanas que se encontraban camino a la Costa Atlántica y que revelaban su colorido al escuchar el silbo que anunciaba una fiesta: la llegada del tren.

Historias al ritmo de locomotoras

“Viajar en tren era como estar al lado de la novia a toda hora”, dice Humberto Rodríguez Ortiz, jubilado y miembro de la Asociación de Pensionados de los Ferrocarriles Nacionales, sentado con un café en la mano y rodeado de sus más viejos compañeros de aventura sobre rieles.

“Conocí el tren cuando era de vapor; la locomotora dejaba una estela de humo cuando aceleraba, que lentamente se desvanecía en el cielo. El pito del tren movilizaba hasta a los muertos”, recuerda este hombre que llegó a ser jefe de la estación Conchal. “Hoy, a mis 64 años, puedo decir que fui profeta en mi tierra, pues lo único que quería era pertenecer a los Ferrocarriles”, añade.

José Julián Martínez interrumpe la historia de Humberto. Al mismo tiempo lo hace Rodrigo Monsalve y Luis Manuel Colmenares Páez. El único que calla y fija la mirada en una ventana de la oficina de la Asociación es Alfonso Carreño, quien parece escarbar en su memoria, buscando lo mejor de sus recuerdos.

“Comencé a querer los trenes desde 1957, cuando el presidente Gustavo Rojas Pinilla le regaló a cada niño colombiano un ferrocarril y una locomotora de cuerda”, dice José Julián, oriundo de Lebrija.

“Y eso que mi mamá me insistía, ‘mijo no se me vaya para esa tierra tan caliente (Barrancabermeja)’, pero yo vivía cautivado con ese sonido: pu, pu, pu”, cuenta este hombre lleno de emoción.

La gente de pie en las estaciones, las empleadas del servicio buscando diversión en su día libre y las familias paseando con sus hijos las tardes de domingo. Estas imágenes se mezclan con los recuerdos que Rodrigo Monsalve trae al presente.

“El Café Madrid era una de las mejores estaciones del recorrido. Los que vivíamos en Barrancabermeja siempre regresábamos con la cabina llena de plátano, yucas, papayas, guanábanas, sartas de pescado… La que más aprovechaba era Doña Julia, una mujer que nos cocinaba y nos los lavaba la ropa. De paso alimentaba a su familia y nosotros le pagábamos con el mercado”, comenta este barichara.

Tras escuchar a sus antiguos compañeros, Alfonso Carreño, de 63 años, pide la palabra. Narra que se crió en la estación González Vásquez, también conocida como el Kilómetro 16, lugar al que llegó cuando tenía 10 años de la mano de sus padres.

Asegura que su primer contacto con un tren fue como vendedor de empanadas y piquetes en la estación, empleo que compartía con su hermano. “Aguardábamos  a que llegara la algarabía para coger la clientela. Un día, uno de los pasajeros que me compró por la venta del tren me robó cuatro huevos y dos empanadas. La máquina arrancó y no alcancé a cobrar”.

Ningún detalle parece escapársele a este grupo de pensionados. La bandera roja que se agitaba anunciando que el maquinista se detendría en la estación, los momentos en familia en el club construido en la estación del Café Madrid, la cancha de fútbol que le prestaban al Atlético Bucaramanga para que entrenara y los juegos de billar mientras esperaban el turno para montarse a la locomotora.

“El Ferrocarril era muy importante para la región y eso muy pocos lo recuerdan. En estos días fuimos con un compañero a comprar una impresora para la Asociación y la vendedora nos escuchó hablar del tema. “¿Y es que en Santander existía el tren?”, nos dijo. Se da uno cuenta que esto de verdad ha pasado a ser historia patria, y lo peor de todo es que no está en los libros”, reclama Luis Manuel Colmenares Páez.

Los pasajeros fieles

El tren de palito, que llevaba carga y dos coches con pasajeros; el de lujo, el medio de transporte de cientos de familias que planeaban ir a la Costa en temporada de vacaciones; la locomotora pequeña que todos los maquinistas querían tener a su mando, y los de carga, que transportaban ganado, caballos, cebada, arroz, madera y carbón.

Todas estas máquinas circulaban con la lentitud de su peso por los rieles que comunicaban a estaciones como El Café Madrid, Bocas, Palmas, Conchales, Vanegas, Provincia, Sabana, La Gómez, La Cristalina, García Cadena y Puerto Wilches; además, las paradas de Gamarra, Futurama, Patiño, Santa Lucía, Torcoroma, San José, San Alberto, Sogamoso, Péjamo y Barrancabermeja, así como Cuatro Bocas, Viscaína, El Opón, Montoya, Carare, San Juan, Puerto Olaya, Pasonivel, Puerto Berrío y Grecia.

“Recuerdo los juegos y travesuras entre rieles y polines, entre vagones llenos de mercancía que venía y que iba, donde jugábamos a las escondidas. La estación de Barrancabermeja era majestuosa, llena de gente que corría de un lado para otro esperando al que llamaban ‘El expreso del Sol’, que iba y venía de la Costa con pasajeros cargados de maletas, unos huyendo de la pobreza y buscando nuevos horizontes”, recuerda el barramejo José Manuel Vecino.

Guillermina Monsalve, ama de casa, se une a esta cadena de recuerdos: “Siempre iba con mis hijos pequeños hasta Medellín y pagábamos el pasaje más costoso en el tren de lujo. Disfrutábamos de la comida, la buena música, el baile, las literas…No recuerdo cómo se llamaba la estación donde nos bajábamos, pero sí tengo clara la imagen de mis hijos tirando las maletas a la llegada y despidiéndose de la máquina con nostalgia”.

“Existían dos trenes de lujo que fueron muy famosos y que salían desde Bogotá a la Costa, con muy pocas paradas: el Nutibara y Tayrona. Las fiestas eran inolvidables”, asegura el pensionado Rodrigo Monsalve.

Esta misma sensación es compartida por el fotógrafo César Mauricio Olaya, quien asegura que las imágenes del ferrocarril lo llevaban a una especie de películas del oeste americano, donde lo criollo se mezclaba con lo mejor del séptimo arte.

“Me encantaba ver cómo los cadeneros se pasaban de un vagón a otro y a veces caminaban sobre el techo del tren. No sabía cuál era su misión, pero uno los veía todo el tiempo en esa labor. En mi caso, existían dos opciones para llegar a Barrancabermeja: tomar el Copetrán viajando hasta San Vicente y de ahí, hasta Barrancabermeja, o simplemente tomar el tren. Casi siempre prefería la última”, dice César Mauricio.

Para Nelson Cárdenas, fotógrafo santandereano, oriundo de San Vicente de Chucurí, lo más impresionante era la transformación de los acentos a medida que se dejaban atrás las estaciones de Santander y se entraba a la Costa: “Cuando aparecían los platanales interminables del Magdalena, y de la boca de niños, de todos los tonos de negro, indio y blanco imaginables, ofreciendo para despertar a los viajeros “boooooli, boliboli; areeepaaa’ehueeevoooo… El mar olía desde mucho antes de poderse ver, el tren que no descansa en su chanchán, y la emoción de ver la raya en el horizonte y tratar de discernir si era cielo o mar”.

Fin de la leyenda

Los trenes archivan toda clase de historias. Como la de Beatriz Martínez, que tuvo que viajar durante más de 12 horas con un diminuto pedazo de hierro en uno de sus ojos, luego de fijar la mirada en la carrilera, o como la de Olga Lucía Hernández, que por estar comprando pescado en la estación de Puerto Wilches, perdió el tren y con él se fueron los regalos de navidad que le había comprado a sus hermanos.

“No olvido la vez que se descarriló el tren cerca de Sabana de Torres y nos tocó caminar alrededor de tres horas para buscar un bus que nos sacará de nuevo a Barrancabermeja. Cuando las máquinas se descarrilaban, podía durar hasta una semana el proceso de arreglar los rieles”, añade José Manuel Vecino.

Si las anécdotas de un viajero tienen valor, las de un maquinista aún más. Rodrigo Monsalve Porras asegura que muchas veces fue testigo de cómo se subía una cuadrilla de la guerrilla al tren pidiendo que los acercaran a otros municipios, y cómo en algunas paradas más adelante, miembros del Ejército le pedían el mismo servicio.

“Nada más inolvidable como el día en que iba frente a un tren de carga y mi familia se desplazaba en un tren de lujo. Mi pequeño hijo, que durante las vacaciones era mi compañero de viaje, se bajó del tren y se subió al otro buscando a sus tíos y primos. No supe en que momento lo hizo, pero por estar esperándolo, se retrasó la circulación de ambas máquinas”, dice el exferroviario.

Finalmente, en 1992, esta importante empresa nacional cerró sus puertas para los viajeros y trabajadores.

En total, los Ferrocarriles Nacionales de Colombia, FCN, dejaron 40 años de historia, que para muchos es imposible de olvidar.

Rodrigo Monsalve cierra esta serie de anécdotas, recordando a Carlos Díaz, un inspector administrativo de esta empresa, más conocido como ‘La Cuchilla’.

Según narra, este hombre no perdía de vista a ningún trabajador. Los sancionaba porque llegaban una hora tarde, porque no portaban el uniforme como debían, porque los maquinistas tomaban cerveza durante las horas de trabajo y recibían obsequios en las estaciones. “Muchas personas le tenían rabia, pero él inspiraba miedo”, asegura el exmaquinista.

Cuando se acercó la hora de la liquidación de la empresa, recuerda Rodrigo, ‘La Cuchilla’ fue uno de los primeros en descubrir los desfalcos que los gerentes y políticos le hicieron a los FNC y quiso investigarlos, pero terminó metido en un gran problema y lo despidieron.

“Traía un tren de lujo desde la estación de Cisneros (Medellín) y me encontré a Carlos en el restaurante. Estaba completamente borracho, arrepentido de todo lo que había hecho, contando que había encontrado en los FNC de Antioquia, su tierra natal, un desfalco de 5 mil millones. Decía: ‘y yo que echaba obreros por una hora de trabajo, vengo arrepentido con Dios y con todo el mundo… Me echaron, pero los voy a dejar encartados para que aprendan… ¡Corruptos, ladrones!’. Más de uno quedó ‘untado’ y frente a los estrados judiciales por las denuncias de ‘La Cuchilla’”, concluye Rodrigo Monsalve.

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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