Miércoles 27 de Agosto de 2014
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Lunes 18 de Febrero de 2013 - 04:55 PM

Hace 122 años se hizo la luz en Bucaramanga

Nelson Díaz/ VANGUARDIA LIBERAL
Hace 122 años se hizo la luz en Bucaramanga
(Foto: Nelson Díaz/ VANGUARDIA LIBERAL)
Bucaramanga fue la tercera ciudad del país que tuvo luz, por medio de una planta eléctrica, que se instaló en la última década del siglo XIX. ¿Cómo llegó a la capital santandereana este importante adelanto y qué recuerdos y anécdotas se conservan del cambio que vivió la sociedad bumanguesa de aquella época? Vanguardia.com le cuenta.

Fueron 30 bombillas las encargadas de iluminar el Paseo del Comercio el 30 de agosto de 1891, a las 7:30 de la noche. Cuando los ciudadanos de a pie, las familias prestantes, los políticos y empresarios de la ciudad vieron que sus rostros se iluminaron con la luz cálida, saltaron de la felicidad, aplaudieron, bailaron al ritmo de las canciones entonadas por la banda departamental y lanzaron al cielo voladores y cohetes.

¿Acaso se había adelantado la Navidad o era el fin del año? No, había llegado la luz a Bucaramanga y como muchos testimonios que se conservan de la época, alguien gritó: “¡Por fin llegó la civilización!”.

La iglesia no podía quedarse atrás en la celebración. Fue entonces cuando muchos bumangueses que aguardaban en sus hogares la llegada de la “buena nueva” se enteraron, por medio del sonido de las campanas de la iglesia de San Laureano, que todo había resultado según lo acordado por el grupo de alemanes –Julio Jones y los hermanos Rinaldo, Jorge Antonio y Herman Gölkel– que se trazó como meta, en 1887, traer el alumbrado público a la ciudad.

No faltaron los eventos protocolarios protagonizados por el gobernador charaleño de la época José Santos – familiar del presidente Juan Manuel Santos–, uno de los más sorprendidos por la innovación en ese momento, quien calificó el esfuerzo de estos empresarios como “uno de los más importantes descubrimientos inspirados por Dios a la inteligencia humana”.

La romería por el Paseo del Comercio durante las tres noches siguientes no se hizo esperar. Todo marchaba muy bien desde que se encendieron las 30 bombillas, gracias a la planta instalada en Chitota, cuyas turbinas eran movidas por la fuerza de las aguas del río Suratá por parte de la Compañía Eléctrica Anónima de Bucaramanga Limitada, como se bautizó a la empresa que proveía el servicio de alumbrado público.

Pero la alegría fue apaciguada cuando la corriente del afluente se llevó por delante los muros de la planta, destruyendo parte de los equipos traídos desde Estados Unidos y dejando en las tinieblas, de nuevo, a lo que hoy es el centro de la ciudad.

Los empresarios, autoridades y la ciudadanía del común emprendieron una campaña para recoger recursos y regresar el fluido eléctrico a la ciudad, pues todos lamentaban lo ocurrido. Se invirtieron 8 mil pesos, se trabajó durante tres meses aproximadamente y el 20 de noviembre de ese año regresó el alumbrado público al Paseo del Comercio.

No obstante, los miembros de la Compañía Eléctrica se trazaron un nuevo reto, llevar la luz hasta los hogares, sueño que no tardó en hacerse realidad, ya que el 26 de noviembre de 1891, los salones y salas de tradicionales lugares como el Club del Comercio, se vieron iluminados por las pequeñas bombillas.

Bucaramanga, después de Bogotá y Panamá, fue la tercera ciudad de Colombia en introducir la luz eléctrica en las casas y calles. Así lo cuenta el historiador Armando Martínez Garnica en su más reciente libro ‘120 años de luz y fuerza en Santander’, publicado por la Electrificadora de Santander, ESSA.

La llegada de la luz a la ciudad trajo consigo la revolución de la industria santandereana, un cambio en las costumbres de las familias de la región y, sobretodo, fue la puerta de entrada para el cine y para que años después llegaran electrodomésticos como las planchas, las neveras y los televisores.

El pago por el servicio

La llegada de la luz a la ciudad también trajo las nomenclaturas para las casas, los contadores y muchos cambios en la vida doméstica.          

En un principio se cobraba por el número de bombillas instaladas, pero cuando llegaron electrodomésticos como la plancha, la nevera y la licuadora, se hizo necesaria una restructuración y un pago mensual.

Con esto aparece el robo de bombillos, en el año 1922;  incluso se robaban hasta los bombillos instalados en los cementerios. Es entonces cuando el alcalde de turno decreta la adopción de bombillos de colores para los distintos sectores de la ciudad.

Según cuenta Armando Martínez Garnica, para las zonas de tolerancia, cantinas y prostíbulos, eran utilizados los bombillos de color rojo; para las farmacias de turno, bombillos de color azul, y para las casas, la luz cálida. Todos estaban protegidos por mallas o jaulas, que no permitían a los amigos de lo ajeno quitarlos de las entradas de las casas.

“¡Écheme la fuerza!”

Esta frase surgió en los discursos y reuniones que sostenían los miembros de la Compañía Eléctrica y los políticos durante los meses en que se trabajaba en llevar el fluido eléctrico hasta los hogares. Según cuenta Armando Martínez Garnica, se decía que “había la posibilidad de usar la fuerza”, es decir, que se podían mover motores y echar a andar el proyecto, pero muchos se acostumbraron a la palabra ‘fuerza’ y dejaron de lado el término ‘luz’.

Es entonces cuando las mujeres de la época, enloquecidas por la llegada de la plancha eléctrica, que las alejaba de una vez por todas de las pesadas y peligrosas planchas de carbón, adoptaron la frase “écheme la fuerza”. 

“Es cómico recordarlo. Uno escuchaba a la mamá o a las empleadas de servicio que gritaban desde la cocina, “écheme la fuerza que voy a planchar”, cuando en realidad lo que pedían era luz para activar el aparato”, explica este historiador.

Antes de la llegada de la plancha, Bucaramanga fue invadida por la venta de neveras que motivaron la creación de fábricas dedicadas a la venta de hielo. “Lo primero que hicieron las señoras en las casas fue vender helados de palito, que les sirvió para el sustento de sus hogares”, recuerda el historiador Martínez.

La primera fábrica de hielo que se abrió se llamó ‘El Polo’, y fue ubicada en Charco Largo, en lo que es hoy Sanandresito La Isla. Julio Ogliastri fue su propietario, quien se dio la tarea de importar desde Francia máquinas que producía diariamente 20 kilos de hielo.

Gracias al fluido eléctrico, Bucaramanga empezó a consumir bebidas gaseosas que se importaban desde Cúcuta y Medellín, que hoy aún son consumidas como la Bretaña. Esto da entrada a la apertura de la fábrica Hipinto, de Hipólito Pinto, quien se encargó de producir la tradicional bebida de la región, Kola Hipinto.

La licuadora fue otra revolución que se tomó los hogares santandereanos, bajo la marca Oster. Como ocurrió con la palabra ‘fuerza’, el término licuar fue remplazado por ‘osterizar’. “Las mamás nunca decían a las empleadas que les licuara el jugo, sino que les gritaban “osteríceme el jugo del almuerzo”, expresa Armando Martínez Garnica.

Cambios sociales

Para 1930 se da en Bucaramanga la apertura de tradicionales sitios de encuentro como el Café Inglés, situado en la calle del comercio, entre las carreras 15 y 16, así como el Café Centenario y el Sol y Sombra. Es entonces cuando inician las tertulias masculinas, acompañadas de todo tipo de tragos. Todo motivado por la luz.

Estos lugares también tenían espacio para las mujeres, quienes acompañaban a sus esposos y charlaban con sus amigas, mientras se deleitaban con un cremoso helado.

El Club del Comercio inauguró sus bailes de gala, las noches de San Silvestre y las veladas nocturnas, a las que acudían damas de la sociedad de la época a conversar y jugar partidas de cartas.

La llegada del cine también transforma la sociedad de ese momento. Los periódicos de aquellos días narran en sus páginas el raro comportamiento que adoptaron los bumangueses en teatros como El Peralta y el Garnica, pues a pesar de ver películas mudas, nadie se quedaba callado y muchos solo se dedicaban a la rechifla.

Aparecen por aquellos días los desarrollos tecnológicos dedicados al campo, como la descerezadora de café, que hoy sigue vigente y se vende en distintos países de África, y las picadoras de pasto, inventos de los hermanos Penagos.

Arrancan los molinos y las arroceras, cuyos empresarios buscaban asesoría en otras ciudades y fuera del país para sus instalaciones. Muchos, como asegura en su libro Martínez Garnica, hicieron cursos por correspondencia para instalar las máquinas.

“Aparecen fábricas como Chocolate San José, para lo cual fue necesario levantar una hidroeléctrica que se llamó La Cómoda. También aparecieron los electricistas, se da la apertura del bachillerato en la nocturna para los trabajadores analfabetas y se crean instituciones educativas dedicadas al aprendizaje técnico”, concluye este historiador.

Estas y cientos de historias más se conservan en el libro ‘120 años de luz y fuerza en Santander’, que prueba una vez más que es necesario reconstruir nuestra historia para conservar nuestra memoria.

* ¿Sabía usted que Un ingeniero danés, llamado Christen Kirkerup, fue contratado por la Compañía Anónima Eléctrica de Bucaramanga para dirigir el sistema de alumbrado en las viviendas y las calles?

* ¿Sabía usted que Antes de llegar la luz a las calles y casas, Bucaramanga contaba con el servicio de telefonía instalado en 1988?

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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