Lunes 22 de Diciembre de 2014
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Miércoles 27 de Febrero de 2013 - 10:04 AM

Hombres con una existencia explosiva

Archivo/VANGUARDIA LIBERAL
Hombres con una existencia explosiva
(Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)
Trabajaron muchos años en el anonimato; arriesgaron su vida; desactivaron hasta cuatro bombas en un día. Fueron testigos de cómo la vida de muchos compañeros se extinguió al abrir la puerta o el capó de un carro. Hoy, cuando la experiencia de ser un agente antiexplosivos quedó atrás, ellos insisten y regresan a este trabajo. ¿Por qué lo hacen? Aseguran que es por vocación.

Ese 10 de octubre de 2000, Humberto Martínez Rodríguez se encontraba dentro de un carro bomba destinado, según cuenta, a “borrarlo del mapa”. Incluso afirma que desde algún lugar cercano al puente elevado del barrio Santa Ana de Barrancabermeja, estaban los guerrilleros que le habían dejado “la sorpresa” tratando de activar el artefacto.

Ese día el puente se despejó y algunos canales nacionales grabaron lo ocurrido. Humberto no recuerda cuántas bombas desactivó esa semana, pero afirma que durante la ola de violencia que vivía el puerto petrolero esta era sólo una más.

Este técnico antiexplosivos de la Policía Nacional, pensionado hace menos de un año, recuerda que esta carga fue el primer artefacto explosivo en Colombia que pretendió ser activado por medio de un celular y que tomó por sorpresa a los técnicos antiexplosivos, pues no tenían conocimiento sobre cómo operaban.

A pesar de esto, el bumangués asumió el reto. Sacó su billetera con los documentos de identidad y el talonario de recibos con los que cobraba su salario cada mes y se los entregó a un compañero, que siempre estaba con él en las operaciones y que le decía que quería seguir sus pasos.

“La idea era que mi mamá pudiera reclamar en caso de que yo muriera y que cobrara los salarios que habían quedado pendientes”, revela Humberto en medio de risas.

“El celular les servía como antena receptora de señal y activaba la carga explosiva principal. Escuché cuando el teléfono timbró y pensé que moriría, pero la bomba falló y no se activó. Así que pude intervenirla y desactivarla”, añade este hombre de 43 años.

El sonido del tic-tac acompañó a Humberto durante toda la operación. Al desactivar la bomba pensó que otra se alojaba en el vehículo, pues el sonido no se detenía. “El corazón se me aceleró y dije que de esa no me sacaba nadie, pero cuando miré era el direccional de carro que estaba encendido”, recuerda.

Al salir del vehículo Humberto se vio solo. Sus compañeros, algunos más solidarios que otros, se encontraban a no menos de diez metros de distancia del lugar. “Nada que hacer”, comenta, “así era este trabajo. El que se metía a desactivar la bomba debía estar al frente de todo”, comenta.

Le sorprendió la actitud de su compañero de trabajo, su principal admirador, quien con el rostro bañado en sudor, pálido y tembloroso, le devolvió los documentos, el talonario y los equipos, aclarando que ese era el último día que lo acompañaba en operaciones de alto riesgo.

“Dos cosas más me ocurrieron ese día. Mientras estuve desactivando esa bomba nunca se apartó de mi  pensamiento mi hijo, que tenía un mes de nacido. Además, me tomé la cerveza más rica que he tomado en mi existencia, la que me devolvió a la vida”, añade.

A pesar de…

Humberto Martínez Rodríguez, junto a Javier Sequeda Hernández, de 35 años, y Napoleón Chuscano, de 50, trabajaron durante más de una década como técnicos antiexplosivos en zonas de conflicto como el Magdalena Medio, el sur de Bolívar y Arauca.

Hoy, a pesar de que se pensionaron de la Policía y del Ejército, de haber vivido en la mira de la guerrilla y de ser escoltados por la muerte, retornan a la peligrosa actividad de desactivar toda clase de artefactos explosivos.

A diferencia de muchos pensionados, quienes compran fincas, disfrutan de largos viajes con su familia o se dedican a actividades opuestas a lo que hicieron en sus años de juventud, estos tres hombres, junto a otro grupo de expertos, decidieron seguir en esta dura labor.

¿Por qué lo hacen? “Lo hacemos por vocación. Seguimos con el trabajo altruista que hicimos en zonas de conflicto. Asesoramos en materia de protección a personas e instalaciones que están en riesgo, así como en el manejo seguro de explosivos que tienen que ver con detonaciones controladas”, comenta Javier Sequeda.

Según Javier, quien ingresó a la Policía en la década de los noventa y que fue investigador judicial de la Sijín en Cali, el crecimiento de la explotación de minerales, las obras de infraestructura vial y la restitución de tierras son actividades que requieren labores de desminado y detonación de bombas de manera controlada. Y es allí donde ellos, aseguran, pueden poner a disposición su experiencia y conocimiento.

Una experiencia importante para este grupo de técnicos antiexplosivos se adelantó en campo Rubiales, Meta. Allí, durante una época, todos los días asesinaban a los conductores de los camiones que sacaban crudo y les hacían todo tipo de atentados. “Armamos un equipo e hicimos un barrido para minimizar riesgos y lo logramos. Lo que tenemos es la vida y si la ponemos a disposición de la gente para salvarla de cualquier hecho terrorista, nos damos por bien servidos”, comenta Javier Sequeda.

Napoleón, quien se vinculó a las Fuerzas Militares en 1981 y que 23 años después abandonó el uniforme y los equipos de desactivación de bombas, comenta que el peligro es inminente, porque la guerra entre los grupos armados y los atentados contra la población civil no han sido controlados del todo por las autoridades. 

“El miedo existe en mi vida y es algo que he aprendido a manejar con el paso de los años. Recuerdo que sentía miedo cuando mi familia se quedaba sola, cuando caminaba de mi casa al batallón, porque uno sabe a quien se está enfrentando. El enemigo siempre asecha. Lo peor es que nos espera y uno no sabe dónde”, apunta este militar retirado.

Más allá de una bomba

Además de la bomba que desactivó en el puente elevado, ubicado al nororiente de Barrancabermeja, Humberto tuvo que enfrentar otra dura situación: confesarle a su madre cuál era la verdadera labor que desempeñaba en la Policía, cuando una vecina del barrio le contó que él estaba en la televisión desactivando un carro bomba. “No le había confesado nada a mi familia, les decía que estaba dando instrucción a los policías nuevos”, recuerda.

Caso distinto al de Napoleón. Su familia sabía que él transitaba por territorios escondidos de Arauca donde encontraba bombas de todo tipo y se instalaban minas antipersona cada 100 metros. También sabían que él ayudaba a los comerciantes y campesinos, para que no cayeran en las trampas puestas por la guerrilla y no tocaran cualquier artefacto abandonado.

“En  mi casa sabían que esto era lo que me gustaba: trabajar y proteger a las comunidades. Optamos por el riesgo, para eso estaban nuestros seguros de vida, en caso de que cualquier situación se presentara”, señala Napoleón.

Tanto Javier como Humberto y Napoleón no recuerdan cuántas bombas desactivaron, pero aseguran que muchas personas se aprovecharon de la angustia que vivían poblaciones como Barrancabermeja.

En el Puerto Petrolero, dice Humberto, los llamaban de los colegios y universidades para decirles que una bomba estaba a punto de explotar en un baño o en un jardín, cuando no era cierto. “Detectamos que la gente lo hacía los días en los que jugaba la Selección Colombia o tenían un examen o un parcial importante”, añade el técnico antiexplosivos.

Elegir trabajar con la muerte de nuevo, a pesar de que familiares, amigos y excompañeros de trabajo piensen que es un error y un cuento de locos. Estos técnicos antiexplosivos no se apartarán del tic –tac por un buen rato.

“Nos volvimos expertos y hoy hay muchos aparatos que nos facilitan esta labor. Muchas personas creen que las bombas son como las muestran en las caricaturas: un taco de dinamita, con un cable y un reloj que sonríe. Para muchos es un juego, pero para nosotros es una realidad y sabemos controlarla”, concluye Humberto.

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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