Sábado 26 de Julio de 2014
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Miércoles 20 de Marzo de 2013 - 07:20 PM

Una mañana de encuentros en la ‘feria del amarrado’ de Piedecuesta

Mauricio Betancourt/ VANGUARDIA LIBERAL
Una mañana de encuentros en la ‘feria del amarrado’ de Piedecuesta
(Foto: Mauricio Betancourt/ VANGUARDIA LIBERAL)
Desde hace 40 años, campesinos de las distintas veredas de Piedecuesta se encuentran todos los lunes para intercambiar animales; comprar ganado, cabras, cerdos y aves, domesticar caballos y cerrar negocios en medio de cerveza, guarapo, sancocho de gallina, carne oreada y arepa santandereana.

El olor a carne oreada se mezcla con el del sancocho de gallina que doña María Ofelia Ramírez prepara para la venta. También se atraviesa por la zona de restaurantes de la ‘feria del amarrado’ los olores a estiércol, a tierra mojada, a tabaco y a aserrín, a pasto recién cortado y a orines de vacas, cabras, cerdos y perros.

El vallenato y las rancheras a todo volumen interrumpen las conversaciones de los campesinos, que a las 5:30 de la mañana llegan a este lugar, una finca incrustada en medio del barrio La Castellana y la Plaza Campesina de Piedecuesta, cada vez más acosada por modernas edificaciones y el paso de vehículos.

Llegan los animales: novillos junto a sus madres; toros enfurecidos que se rehúsan a bajar de los camiones; vacas lecheras que mugen en coro; cabras que caminan en fila mientras las amarran a los árboles; cerdos que poco pueden moverse debido a su obesidad, junto a sus crías de piel lisa y rosada, yeguas briosas y caballos sin capar que se estremecen al verlas pasar; gallinas ponedoras encerradas en jaulas y uno que otro perro de raza que busca dueño.

Todos buscan un lugar en los establos y sitios dispuestos por la administración del lugar, antes de abrir la feria y empezar las ventas. Pero nada inicia sin antes compartir un tinto, un guarapito o una cerveza, afirma doña María Ofelia, porque cuando dicen vender, “a estos hombres no los para nadie… Algunos hacen buenos negocios, llegan con los bolsillos llenos y  a veces, para su desgracia, se van sin nada”, comenta.

Así transcurre un lunes de venta en el Coliseo de Ferias de Piedecuesta, día conocido como la ‘feria del amarrado’, una actividad que se desarrolla desde hace más de 40 años en este municipio. Es una pequeña feria ganadera, donde llegan hombres vestidos con botas, sombreros y ponchos a cerrar todo tipo de negocios, incluso, los más experimentados, realizan trueques con sus animales.

El ‘rebusque’

‘El Negro’ y ‘El Nene’ se pasean por los establos buscando qué hacer. Mientras fuman cigarrillos y se suenan la nariz, analizan a los animales y miran a sus dueños, ya que, dependiendo de los trabajos que les hagan, podrán cobrar su sustento.

Estos jóvenes no tienen más de 16 años. Desde niños, según cuentan, fueron traídos por sus padres a este lugar, para que aprendieran el oficio de amansar caballos y controlar el ganado.

‘El Negro’ es el más inquieto de todos. Salta por las tablas de los establos con varios lazos, tratando de controlar un toro que esa mañana no quiere subirse a un camión, luego de la venta. El joven, que en sus ratos libres es trompetistas de una banda de San Gil y de Socorro y de la banda de guerra de su colegio, empuja con fuerza al animal, que lo mira desafiante y se le va encima. Pero él sabe cómo es “la jugada”. Se tira al piso, se tapa la cabeza y baja la voz. “Así se calman los animales”, dice.

‘El Nene’ es más atrevido. Según cuenta su compañero, no le importa “echarle látigo al animal hasta que le saca la piedra y termina haciéndole caso”. Es un joven callado, de baja estatura. “Yo no cuento mis secretos, señorita”, dice mientras amarra un lazo a su cintura.

Algunos ganaderos los miran con desconfianza. Dicen que no trabajan, que solo alborotan a los animales, para luego cobrar por amansarlos. Otros, como Luis Mendieta, dicen que los jóvenes hacen una buena labor. “De acá se han volado muchos animales, que terminan en la carretera o estrellándose con los carros. Los pelaos saben de esto, si no ¿por qué cree que nadie se le mide a esos toros?”, dice este comprador de ganado.

Todos los lunes estos jóvenes, como  Leonor Ruiz, de 72 años, llegan a la ‘feria del amarrado’ a trabajar. Dicen que entre lidiar con vacas, caballos y marranos se ganan en promedio 40 mil pesos. “Lo mínimo que nos llevamos son 20 mil pesos. Nos va bien cuando traen animales ariscos; el trabajo se vuelve más emocionante y peligroso, pero se gana más”, comenta ‘El Negro’, mientras toca el piercing que tiene en el lado izquierdo de su boca.

“Esos chinos con muy locos, pero ayudan”, dice Leonor. “Lo que pasa es que por aquí llega mucho ‘avivato’ que quiere llevarse los animales sin pagar o no les pagan por su trabajo. Tiene que estar uno muy pilas”, dice la anciana.

Ese día, a las 8:00 de la mañana, Leonor ya había vendido cuatro vacas. Según contó, por cada una ganó 50 mil pesos. “No tengo finca y tampoco tengo carro para transportarlas, así que no gano mucha plata. Hoy vendí el ganadito a 500 mil pesos cada una y debo arreglar cuentas. Eso sí, aquí le toca a uno ser fuerte y no dejársela montar, porque muchos viejos se aprovechan y sacan fiado. Luego no pagan”, relata la anciana.

Cambios venideros

A las 10:00 de la mañana, Hernando Bueno Vargas, presidente de la junta de la Ganadería Limpia de Santander, Galisán, encargada de administrar la ‘feria del amarrado’, convoca a los campesinos y compradores a una reunión.

Pocos prestan atención. Otros prefieren seguir en sus labores. Sin embargo, la reunión, precedida por el Instituto Colombiano Agrapecuario, ICA, es importante, pues después de 40 años de labores y de mercado informal, los compradores y vendedores de animales del lugar deberán regirse bajo normas.

“Tratamos de ponerle orden a esto, para que nos den la licencia y así movilizar. El tema es delicado, porque todo se hace de manera muy informal”, asegura Hernando Bueno Vargas.

Un hombre de 70 años, aproximadamente, que fuma un ‘chicote’, le comenta a un amigo que esto acabará con una tradición de casi medio siglo y que les van a cobrar impuestos. Sin embargo, su amigo le dice: “Mire compadre que esto es bueno; pone orden, los ‘grandes’ no nos van a tumbar con la platica y de paso nos volvemos más limpios”.

El hombre, como broma, le responde a su amigo: “¿Más limpios? Es que a usted el olor a guarapo no se le quita ni bañándose”, expresa en medio de carcajadas.

Y es que antes de que se organizara el Coliseo de Ferias de Piedecuesta, la venta de animales se realizaba en un sector conocido como La Pesa, cerca al cerro de La Cantera, pues allá quedaba el matadero de reses. “Era muy desordenado todo, pero a pesar del traslado a este Coliseo, la tradición no se ha perdido.

En la ‘feria del amarrado’ no solo se ve la venta de animales. Todo tipo de situaciones inesperadas ocurre en el lugar. Una de ellas fue protagonizada por una pareja de esposos. En medio de una pelea, la mujer se llevó varias reses. Luego, las vendió a un hombre que las llevó hasta el Coliseo un lunes de venta para comercializarlas.

Hasta allí llegó el ganadero enfurecido junto a la Policía, buscando lo que le pertenecía y, además, a su mujer. El más perjudicado fue el vendedor, ya que tuvo que devolver las reses y no ganó dinero en este negocio.

Hernando Bueno Vargas también cuenta que muchos amigos de lo ajeno roban ganado en fincas de las veredas cercanas a Piedecuesta y luego pretenden venderlo en la feria. No obstante, las autoridades logran controlarlos y recuperar los animales perdidos.

“Una de las cosas más bonitas de este lugar es ver a los ganaderos o campesinos haciendo trueque de animales. Uno debe tener mucho ojo para esto, pero según cuentan, no pierden, por el contrario, ganan mucho”, comenta Pedro Quintero Jaimes, técnico de la Asociación Colombiana de Porcicultores y del ICA, que todos los lunes llega al lugar a vacunar a los animales.

Desde hace varios años se adelanta un proyecto para trasladar la ‘feria del amarrado’ hasta una finca en Guatiguará. Pero mientras esto ocurre y la Alcaldía de Piedecuesta y la Gobernación de Santander entregan los recursos que prometieron a los organizadores para mejorar el lugar, personajes como doña María Ofelia, ‘El Negro’ y Daniel Jaimes Rico, un anciano que vende ‘perreros’ o bordones a los ganaderos, aseguran que no se irán de allí.

“Este es un día muy bonito y especial para los que trabajamos aquí. Claro que debemos pasar a la modernidad. Yo, a pesar de ser un viejo, no me quejo de eso. Eso de todas formas los animalitos, los ‘malhablados’, las rancheras y los borrachitos estarán siempre aquí o en lugares modernos”, concluye Daniel Jaimes Rico.

Publicada por
XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
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