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Domingo 14 de Julio de 2013 - 12:57 PM

“Cuando se tocan las puertas del cielo es inevitable dejar de volar”

Tiene 26 años. Ama la poesía y detesta la vida nocturna. Dice que los chulos son los mejores amigos en el aire y que todos los días le pide a la montaña que le siga cumpliendo el sueño de volar por toda su vida. Esta es la historia de una parapentista florideña, hija de una familia de agricultores de Ruitoque Bajo.
Suministrada por Mauricio Olaya/VANGUARDIA LIBERAL
“Cuando se tocan las puertas del cielo es inevitable dejar de volar”
(Foto: Suministrada por Mauricio Olaya/VANGUARDIA LIBERAL)
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(Foto: Suministrada por Mauricio Olaya/VANGUARDIA LIBERAL)
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“Cuando se tocan las puertas del cielo es inevitable dejar de volar”
(Foto: Suministrada por Mauricio Olaya/VANGUARDIA LIBERAL)
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“Cuando se tocan las puertas del cielo es inevitable dejar de volar”
(Foto: Suministrada por Mauricio Olaya/VANGUARDIA LIBERAL)

Sentada en una de las mesas del voladero de parapente ‘Las Águilas’ está Alba Damaris Lillo Corzo. Su piel está dorada por los rayos del sol. Sus labios, carnosos, color cereza, siempre dejan ver una sonrisa que contagia. Y como siempre, aseguran los que la conocen, lleva su cabello negro despeinado por la brisa.

Mirando al norte desde la montaña más visitada de Bucaramanga, en Ruitoque Bajo, aguarda la llegada de un nubarrón. Esa tarde de viernes, para su pesar y el de los que la visitan, no habrá vuelos, pues el dispositivo meteorológico que indica cómo está el clima no deja de girar. “No se puede volar hoy”, dice esta mujer de 26 años.

Pero la brisa y el frío dejan conversar, y sobre todo, dejan que esta deportista de sangre santandereana e italiana abra el libro de sus recuerdos, en el que cada fragmento siempre saltan palabras como montaña, naturaleza, bicicleta, papás –quienes poco a poco se acostumbran a la idea de tener una hija parapentista–, arte, poesía y, en especial, ‘volar’.

Y es que para esta estudiante de Administración de Empresas Turísticas ‘volar’ se traduce en lo que para un humilde mortal podría ser respirar, hablar y escuchar. ‘Volar’ es su vida, es su lenguaje.

No sabe hasta dónde llegará con la ayuda de las alas de su colorido parapente. Por ahora, el viento la ha llevado a los mejores lugares para practicar este deporte en Estados Unidos, Francia e Italia (Roma, Florencia y Venecia), mientras alcanza la gloria, un lugar en el un pódium de los mejores.

A lo mejor lo tenga más cerca de lo imaginado, aseguran los que día a día le siguen los pasos a esta habitante de la vereda Valle de Ruitoque, pues su próxima competencia como representante de Santander y Colombia será sobre el hermoso lago del hotel ‘Haus am see’, de la ciudad de Obertraun, Austria, en la Copa Mundo de Parapente Acrobático, que se realizará en agosto.

Enamorada del cielo

Al cumplir los cinco años, Damaris aprendió a nadar y poco a poco se fue enamorando del deporte. Fue su familia la que la acercó al mundo del parapentismo, la misma familia que luego de un viaje de tres meses lejos de Bucaramanga llegó y la encontró montada en un ‘ave artificial’ prestada, guiada por los mejores instructores de la ciudad.

“Esto es lo que quiero hacer”, repetía la joven. “No podían hacer nada, pues me encargué de recordarles que desde muy niña, con los paseos que dábamos por la montaña viendo a los parapentistas en el cielo, me enamoré de la idea de aprender a volar. En mi familia son apáticos al vuelo. Siempre me pregunto, ¿cuál es el riesgo? ¿Dejar de vivir, de hacer las cosas que quiero?”, comenta.

Cuando cursaba estudios de Derecho, en 2008, Damaris se convirtió en piloto. En su primer despegue voló como pasajera, en parapente biplaza, acompañada de un profesional. Su recorrido se extendió durante dos horas y media. “Fuimos hasta la nube. Ese día le dije a mi instructor, Willy García, que me había enseñado las puertas del cielo... ahora es inevitable dejar de volar”, comenta.

“Una de las cosas que más me hace feliz de volar es aprender a entender el cielo, porque para ser parapentista profesional debes hacerlo”, añade.

Atrás quedaron los códigos y las leyes de Colombia. El capítulo en la vida de Damaris como futura profesional del Derecho se cerró. Empezó a escribirse su historia como administradora de empresas turísticas; no obstante, prefirió saltar y escribir los hazaña como piloto.

Entender la bóveda celeste 

¿Cómo se logra entender el cielo? Según esta egresada del Colegio José Elías Puyana de Floridablanca, hay que saber de meteorología y ser amigo de las aves. “Lo primero que uno ve cuando va a volar en la mañana son muchos chulos en el cielo. Recuerdo que me decían que los chulos volaban sobre algo podrido que había en la tierra, y no es así”, explica Damaris. “El piso se calienta. Empiezan a salir una especie de burbujas de aire caliente y es donde los chulos empiezan a girar. Mientras suben se encuentran con un punto donde el aire se empieza a enfriar, hasta que se forman la nubes. Esto se llama el punto de rocío. Los chulos muchas veces nos guían en esto”, explica la deportista.

El voladero ‘Las Águilas’ es el “nido” de Damaris y de los casi 50 parapentistas que hacen parte de este lugar, calificado por muchos expertos en el tema como uno de los mejores en el mundo para practicar parapente. La montaña de donde despegan las ‘aves humanas’ casi a diario tiene una extensión de 4 kilómetros. Cuenta con distintos puntos para aterrizar en caso de emergencia y con una estación meteorológica, que permite predecir la velocidad y la dirección del viento, si se aproxima la lluvia o si hay nubes llegando al lugar.

 Según los visitantes que llegan a ‘Las Águilas’, en su mayoría extranjeros atraídos por la montaña, el viento en la zona sopla en la misma dirección desde la 1:00 hasta las 6:00 de la tarde, lo que permite hacer la práctica sin ningún problema.

‘Las Águilas’ tienen sus propias normas: no se pude volar a menos de 50 metros de altura de los árboles y de las cuerdas de alta tensión. Además, si se quiere ser instructor, se debe contar con certificaciones.

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