Viernes 21 de Marzo de 2014 - 04:46 PM

El bumangués que ayuda a las víctimas en África

Carlos Fernando fue elegido como uno de los 100 colombianos que “hace brillar” el nombre del país en el exterior, según Fusionarte y la Marca País. Habló con Vanguardia Liberal sobre su trabajo humanitario en Siria, Somalia y el Congo.
Suministrada / VANGUARDIA LIBERAL
El bumangués que ayuda a las víctimas en África
(Foto: Suministrada / VANGUARDIA LIBERAL)
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El bumangués que ayuda a las víctimas en África
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El bumangués que ayuda a las víctimas en África
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Al otro lado de la línea Carlos Fernando Bohórquez Mantilla, de 36 años, narra en detalle lo que ha sido su experiencia luego de partir de su natal Bucaramanga a Francia.

Emprendió un recorrido que si bien le ha dado muchas satisfacciones, también le ha dejado muchas tristezas, que afirma han valido la pena para continuar con su labor humanitaria a lo largo y ancho del continente africano. 

Tan solo sus familiares y amigos conocían lo que ‘El Mono’ hacía por las víctimas en países donde el conflicto no cesa desde hace décadas. Pero fue el reconocimiento que le otorgó Fusionarte y la Marca País lo que lo hizo que este abogado santandereano brillara con luz propia.

Fue elegido como uno de los cien colombianos más destacados en el exterior, junto a otros profesionales, cuya labor en áreas como la medicina, la ingeniería, la arquitectura y el arte hoy es digna de admirar y de seguir.

A pesar de que intentó unirse a la política en la ciudad durante los años en los que cursaba estudios en Derecho, y que se imaginó en el rol de abogado, prefirió partir a Europa y especializarse en Derecho Internacional Humanitario en Ginebra, donde terminó estudios en 2007.

Allí emprendió su carrera, la cual lo ha llevado a regiones apartadas, a vivir en medio de un conflicto armado donde las principales víctimas son los niños y las mujeres, a despedirse de grandes amigos extranjeros que han muerto en medio de estas guerras y a sobrellevar el hecho de estar lejos de su esposa -una belga que también se dedica a la labor humanitaria y que conoció durante sus estudios en Ginebra-. 

“Cuando me fui a Francia y veía lo que ocurría en Colombia desde el exterior, se me despertaron las ganas de volver, pero me han enviado a otros lugares donde también he podido trabajar y ayudar a la gente. No tengo idea de cuándo regresaré, pero sé que en algún momento lo haré. Por ahora no tengo una fecha”, asegura. 

Ante el peligro

El conflicto en África, en la región de Chad, Sudan, la República Centroafricana, Uganda y Somalia, se ha convertido en un espiral que no deja de girar y de arrasar con todo a su paso.

El Ejército de Resistencia del Señor, más conocido como el Lords Resistance Army, LRA, liderado por Joseph Kony, ha dejado miles de víctimas. Además, ha generado más de 70 mil desplazamientos forzados y toda clase de violaciones del Derecho Internacional Humanitario, y en especial, convirtiendo a los niños en actores armados.

A Chad fue enviado Carlos Fernando en 2008 por la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Acnur, para adelantar uno de sus primeras labores o emergencias humanitarias. Durante dos años estuvo al este del paísdonde están los campos de refugiados y se desempeñó como oficial de protección.

A los tres días de haber llegado, el grupo de rebeldes armados se tomó Yamena, capital de Chad, y desató su furia durante cinco días. Carlos y su equipo fueron evacuados a Camerún por dos semanas, mientras los ataques cesaban. Fueron días de mucho terror y desespero, pues bajo el fuego no se podía trabajar.

Terminada su labor en esta zona, Carlos Fernando se trasladó al Congo a un campo de protección de niños refugiados de la Unicef. Allí la situación fue igual de traumática.

Según cuenta el bumangués, las noches eran aprovechadas por las tropas del líder de LRA, Joseph Kony, para arribar a las aldeas y secuestrar a decenas de niños. “En la selva los drogaban, les involucraban en rituales de magia negra y los mantenían secuestrados. Luego les daban armas y los obligaban a matar civiles, incluyendo a sus amigos”, recuerda Carlos.

De la mano del Ejército del Congo y de líderes de las comunidades, este abogado esperaba a que el fuego se detuviera para ir en busca de los niños. Muchos pequeños lograban escapar durante los enfrentamientos.

“En las bases militares no los entregaban. Los recogía con compañeros de una ONG italiana. Los trasladábamos a centros donde los acogían familias, para luego empezar el proceso de reintegración y repatriarlos con la ayuda de la Cruz Roja Internacional”, narra.

Carlos asegura que en zonas de conflicto los grupos armados al margen de la ley no suelen atacar a los miembros de las organizaciones humanitarias, pero en Somalia los ‘occidentales’ o los ‘humanitarios’ sí eran objetivo militar. Distinto a lo que ocurre en Congo o Chad. “Por lo general había mucho respeto hacia nosotros”, añade el santandereano.

Sin embargo, Carlos fue testigo de la excepción a la regla. “Un amigo murió. Era el jefe de operaciones de Save e Children en Chad. Él iba a hacer una misión al terreno y le salieron unos delincuentes. Le robaron el carro y también asesinaron al chofer”, según narra.

“A una amiga trataron de violarla en su casa una noche… Ocurrieron muchas cosas. Tan solo el año pasado en Somalia, justo 6 semanas después de haber terminado mi misión ese país cuando terminamos labores en el campo de Naciones Unidas, los rebeldes

 Islámicos de Al-Shabab se tomaron el complejo de Naciones Unidas y se genero un combate que duro cerca de cuatro horas. Allí también murieron varios amigos”, recuerda Carlos.

-¿Su familia en Colombia conoce los riesgos que corre?

-No, jamás hablo del tema con ellos.  

“Tiene sentido”

Hace una semana Carlos abandonó Beirut, Líbano. Allí adelantaba labores para una organización danesa llamada Consejo Danés para los Refugiados, (Danish Refugee Council, DRC). Tras varios meses en el Oriente Medio con esta ONG, regresa a Naciones Unidas y Unicef, en las áreas de protección de la infancia y las emergencias humanitarias.

Su especialidad es el área de protección. Su equipo de trabajo lo integran abogados de todo el mundo, especialistas en Derechos Humanos, DIH y sicólogos, entre otros.  En el Líbano tenía a cargo el trabajo con los niños, con gente de la tercera edad y en condición de discapacidad. Su área les brindaba ayuda a las personas y las familias que cruzaban la frontera en Siria y llegan al Líbano, sin ningún recurso.

“Muchos llegan solos. Nosotros los recibíamos, les buscábamos lugares adecuados para que se quedaran. Luego lográbamos que volvieran a encontrarse con sus comunidades y que se diera la reunificación familiar”, comenta Carlos.

Pero no solo la guerra devastadora y la muerte se refugian en sus recuerdos. Dice que los paisajes africanos son muy parecidos a los colombianos, que la comida de esta zona del mundo en nada se parece a la nuestra –allí tuvo que comer orugas y cabra casi cruda–.

En el desierto de Chad hay lugares hermosos. No hay vida pero es hermoso. Es muy salvaje. Cuando empieza la época de lluvia salen miles y miles de insectos. Al menos se ven unos 10 insectos diferentes a diario. La selva en el Congo es muy bonita”, dice con nostalgia.

Lo reconforta su esposa, Alexia Nisen, una belga que también trabaja para Acnur, con la que lleva cuatro años de matrimonio.

¿Qué sentido tiene que un colombiano, que vive inmerso en el conflicto, salga del país y apoye conflictos lejanos y de culturas distintas? Carlos Fernando responde: “La verdad somos varios los colombianos los que trabajamos en el mundo humanitario. Como colombiano se siente uno legitimado para comprender el conflicto, pues llevamos 60 años inmersos en esto. Tiene mucho sentido”.

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